Dolor crónico y obesidad: dos enfermedades que aceleran la pérdida de autonomía con la edad
El dolor crónico, la obesidad y el envejecimiento saludable forman parte de un mismo proceso biológico sobre el que es posible intervenir antes de que aparezca la discapacidad. Esta es una de las principales conclusiones del Curso de Verano 'Dolor, obesidad, nutrición y longevidad saludable', organizado por la Sociedad Española del Dolor (SED) en Santiago de Compostela, donde especialistas de distintas disciplinas coincidieron en la necesidad de abordar estos problemas desde una perspectiva integral que combine prevención, hábitos de vida saludables y atención personalizada.
El encuentro, en el que también participó la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG), puso el foco en uno de los grandes desafíos sanitarios del siglo XXI: lograr que el aumento de la esperanza de vida vaya acompañado de más años de autonomía, menor carga de enfermedad y mejor calidad de vida.
En España se estima que cerca de nueve millones de personas conviven con dolor crónico. En muchos casos, esta situación limita la movilidad, favorece el sedentarismo y acelera el deterioro muscular y articular, alimentando un círculo vicioso que incrementa el riesgo de obesidad, fragilidad y pérdida de independencia, especialmente entre las personas mayores. El presidente de la Sociedad Española del Dolor, Hermann Ribera, defendió durante el curso un cambio de enfoque en el tratamiento del dolor. A su juicio, los hábitos saludables "no son meras recomendaciones de bienestar", sino herramientas capaces de influir en los mecanismos biológicos relacionados con la inflamación, el envejecimiento y la cronificación del dolor. Por ello, insistió en que el dolor crónico no debe asumirse como una consecuencia inevitable del paso de los años, sino como un problema sobre el que es posible actuar mediante intervenciones respaldadas por la evidencia científica.
En la misma línea, el director del curso y especialista en Medicina Física y Rehabilitación, el doctor Xoán Miguéns, recordó que la inactividad física constituye al mismo tiempo una causa y una consecuencia del dolor. Cuando una persona reduce su movilidad debido al dolor pierde masa muscular, disminuye su capacidad funcional y aumenta el riesgo de desarrollar obesidad, lo que a su vez agrava los síntomas. Romper este círculo requiere, según explicó, programas de ejercicio adaptados a las características y limitaciones de cada paciente, orientados a mantener la movilidad y preservar la autonomía.
Los especialistas coincidieron en que la prevención debe ocupar un lugar prioritario en la atención a las personas mayores. Mantener una alimentación de perfil antiinflamatorio, realizar actividad física de forma regular, dormir adecuadamente, controlar el estrés y conservar una vida social activa son intervenciones que contribuyen no solo a reducir el riesgo de dolor crónico, sino también a retrasar la aparición de la fragilidad y favorecer un envejecimiento más saludable.
Otro de los aspectos destacados durante el encuentro fue el papel de la epigenética. El catedrático de Farmacología de la Universidad Rey Juan Carlos, Carlos Goicoechea, explicó que factores como la alimentación, la obesidad, el estrés o el propio dolor pueden modificar la forma en que se expresan determinados genes sin alterar el ADN. Estos cambios ayudan a entender por qué una misma enfermedad evoluciona de forma diferente entre pacientes o incluso por qué una persona puede responder de manera distinta a un tratamiento según las circunstancias que rodean su estado de salud. En este contexto, el especialista defendió que comprender estos mecanismos permitirá avanzar hacia terapias más eficaces y personalizadas, además de reforzar el papel preventivo de los estilos de vida saludables en la evolución del dolor y otras enfermedades crónicas.
LA IMPORTANCIA DE LA ATENCIÓN PRIMARIA
El curso también sirvió para estrechar la colaboración entre la Sociedad Española del Dolor y la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia, convencidas de que la Atención Primaria desempeña un papel decisivo para afrontar el envejecimiento de la población. Ambas entidades consideran que preservar la funcionalidad debe convertirse en uno de los principales objetivos de la práctica clínica, más allá del tratamiento de enfermedades concretas.
En este contexto, la presidenta de la SEMG, Pilar Rodríguez Ledo, recordó que la mejor estrategia no consiste únicamente en aliviar el dolor cuando aparece, sino en prevenir la fragilidad y preservar la funcionalidad desde edades tempranas. Durante el encuentro presentó distintas líneas de investigación sobre longevidad saludable orientadas a identificar los factores que permiten llegar a edades avanzadas con buena calidad de vida, con el objetivo de trasladar ese conocimiento a las estrategias de prevención dirigidas al conjunto de la población. Puso como ejemplo el proyecto Renace (Registro Nacional de Centenarios), un estudio que se está llevando en Galicia que pretende identificar los factores que permiten alcanzar edades muy avanzadas con buena salud y autonomía, que se complementa con Regace, el Registro Galego de Centenarios, impulsado desde la Atención Primaria para conocer mejor los determinantes biológicos, sociales y ambientales asociados a un envejecimiento exitoso.
Los expertos coincidieron en que la creciente longevidad obliga a replantear el modelo asistencial, orientándolo hacia la prevención de la dependencia y la conservación de la capacidad funcional. En ese escenario, el abordaje conjunto del dolor, la obesidad, la nutrición y la actividad física se perfila como una de las estrategias con mayor potencial para mejorar la calidad de vida de las personas mayores y reducir la carga que las enfermedades crónicas suponen para los sistemas sanitarios. El mensaje compartido por los especialistas es claro: vivir más años ya no es el único objetivo. El verdadero reto consiste en conseguir que esos años adicionales se vivan con autonomía, bienestar y el menor impacto posible del dolor crónico.
