¿Deberíamos cambiar nuestra forma de entender la justicia y el envejecimiento?
El envejecimiento de la población reclusa está obligando a replantear, cada vez con más urgencia, la forma en que la sociedad entiende la justicia y el castigo en las etapas finales de la vida. Tanto desde el ámbito institucional como desde la investigación y la intervención social, crece el consenso en torno a una idea: la prisión no puede seguir siendo la respuesta automática ante realidades complejas, especialmente cuando se trata de personas mayores.
Desde Cruz Roja lo expresan con claridad al señalar que “el envejecimiento en prisión obliga a replantear cómo aplicamos la justicia en las etapas finales de la vida”, defendiendo un enfoque que reconozca que “la edad avanzada y la dependencia modifican radicalmente la vivencia del encarcelamiento”. En este sentido, insisten en la necesidad de avanzar hacia “alternativas adecuadas para personas con enfermedades graves o deterioro cognitivo” y de garantizar derechos básicos como la salud o la accesibilidad en cualquier contexto. Para la organización, la edad debe convertirse en un elemento central en la toma de decisiones, tanto jurídicas como penitenciarias.
En una línea similar, Concepción Yagüe Olmos, exsubdirectora general de Instituciones Penitenciarias, plantea una crítica más estructural al modelo actual: “la prisión es una especie de saco donde van a parar todos los juguetes rotos que la sociedad ha ido generando. El lugar donde acaban los problemas sociales que no hemos sabido resolver”. A su juicio, aunque la cárcel seguirá siendo necesaria en algunos casos, es imprescindible “repensarla desde otra perspectiva” y, sobre todo, evitar el uso innecesario del encierro. “Se debería evitar ‘prisionizar’ a personas que podrían estar fuera”, afirma, defendiendo con contundencia el desarrollo de medidas alternativas y regímenes abiertos. Yagüe advierte además de una “deriva punitiva en la sociedad actual” que impulsa más condenas y mayor penalidad, pese a que “eso no soluciona el problema”.
Por su parte, la socióloga Ana Ballesteros Pena pone el foco en la dimensión social y cultural del fenómeno. A su juicio, existe una tendencia profundamente arraigada: “cuando hay un conflicto o hay algo que rompe ciertas visiones sobre el vivir en comunidad, la respuesta es la prisión”. Frente a ello, plantea la necesidad de cuestionar ese automatismo: “tenemos que repensar si realmente esa es la respuesta a esos conflictos o si tenemos que buscar otras vías alternativas”. Ballesteros va más allá y sostiene que reducir el uso de la cárcel sería posible “con voluntad y con conocimiento”, lo que permitiría aliviar “las consecuencias negativas en términos sociales, económicos, de salud y de aislamiento”.
En conjunto, las tres voces coinciden en señalar que el envejecimiento en prisión no solo es un reto penitenciario, sino un espejo de las limitaciones del modelo de justicia actual. Un modelo que, cada vez con más evidencia, muestra que el castigo privativo de libertad no siempre es la respuesta más eficaz ni la más humana.
