Inicio-A FondoPaz Martín: “Tenemos que superar la idea de que envejecer significa pasar a ocupar espacios separados del resto de la sociedad”

Paz Martín / ARQUITECTA ESPECIALIZADA EN LONGEVIDAD. ESTUDIO FÜNDC

Paz Martín: “Tenemos que superar la idea de que envejecer significa pasar a ocupar espacios separados del resto de la sociedad”

La arquitecta expone en esta entrevista que "la longevidad no debería entenderse únicamente como un desafío demográfico. Es también una oportunidad para repensar cómo queremos vivir, cómo queremos relacionarnos y qué tipo de ciudades, viviendas y espacios de convivencia queremos construir para las generaciones futuras"

Pregunta.- ¿Qué tipo de territorios y espacios estamos construyendo para esta sociedad envejecida que va en aumento?

Respuesta.- Creo que todavía construimos territorios sin haber asumido plenamente lo que significa vivir más y durante más tiempo. Por eso, deberíamos centrarnos no tanto en la población mayor como en el fenómeno de la longevidad y en el reto que este plantea ala arquitectura y al urbanismo: cómo transformar nuestros espacios para responder a vidas cada vez más largas y diversas. Estamos viviendo una situación completamente nueva desde el punto de vista histórico. A principios del siglo XX, la esperanza de vida se situaba en torno a los 39 años y hoy hablamos de cifras cercanas a los 85. Nunca antes habíamos tenido que afrontar una sociedad en la que tantas personas fueran a vivir tantos años y, además, con una buena calidad de vida durante buena parte de ellos. Sin embargo, nuestras ciudades, barrios y viviendas siguen respondiendo, en muchos casos, a un modelo de sociedad más joven y con capacidades relativamente homogéneas. La arquitectura ha respondido muy bien a las necesidades productivas y representativas de la sociedad, pero todavía tiene pendiente asumir plenamente su dimensión social. Hay, además, una cuestión cultural. La vejez, la enfermedad o la dependencia parecen no tener cabida en una sociedad que continúa otorgando un valor especial a la juventud, la movilidad y el éxito. Durante mucho tiempo hemos situado hospitales, residencias y otros equipamientos vinculados a la dependencia fuera de los centros de nuestra vida cotidiana, como si también quisiéramos apartarlos de nuestra conciencia. Por eso necesitamos un cambio de paradigma. No se trata de construir territorios para personas mayores, sino territorios para todas las personas, capaces de acompañarnos durante las distintas etapas de nuestra vida. La longevidad no debería entenderse únicamente como un desafío demográfico. Es también una oportunidad para repensar cómo queremos vivir, cómo queremos relacionarnos y qué tipo de ciudades, viviendas y espacios de convivencia queremos construir para las generaciones futuras.

P.- ¿Cuál es el mayor desafío urbanístico actual en este escenario de envejecimiento poblacional?

R.- El gran desafío es anticiparnos. Una ciudad, un barrio o un edificio tardan muchos años en desarrollarse y permanecen durante décadas. Si sabemos que la población va a ser cada vez más longeva, tenemos que preguntarnos ahora cómo queremos vivir dentro de 20 o 30 años. La proximidad es fundamental. Los servicios cotidianos –comercio, salud, transporte, espacios verdes, equipamientos culturales y lugares de encuentro– deberían estar suficientemente cerca de las viviendas. También debemos prestar mucha más atención al diseño y al cuidado del espacio público. Una ciudad amigable necesita aceras suficientemente anchas, libres de obstáculos y bien mantenidas; bancos y zonas de descanso; sombra y arbolado; aseos públicos accesibles; iluminación y señalética adecuadas; refugios climáticos y una red de transporte público accesible. No son necesariamente grandes inversiones. Muchas veces hablamos de pequeñas decisiones de diseño y mantenimiento que pueden tener un enorme impacto sobre la autonomía. También tenemos que hablar de la señalética. Hemos confiado demasiado en que la tecnología resolvería nuestros problemas de orientación y, mientras tanto, hemos descuidado la señalización tradicional. La ciudad debe ser legible, comprensible y confortable, no solamente accesible.

P.- Ya sea en el rural o en las ciudades, la soledad es un problema patente. ¿Puede la arquitectura contribuir a combatirla?

R.- La arquitectura y el urbanismo no pueden solucionar por sí solos la soledad, pero sí pueden crear las condiciones para que las relaciones ocurran. El espacio público puede funcionar como una extensión del espacio doméstico y es fundamental para la socialización. Un banco con una altura razonable para poder sentarse y levantarse fácilmente, con apoyabrazos y respaldo, una plaza con espacios para sentarse y vegetación, un comercio de proximidad amable, un parque accesible y bien iluminado, o una acera amplia con espacios de descanso y fuentes pueden convertirse en lugares de encuentro. Pero también deberíamos prestar mucha más atención al diseño de los espacios intermedios, aquellos en los que se produce la transición de lo privado a lo público. Un edificio con zonas comunes amplias donde poder sentarse, bien iluminadas y con vegetación, puede ofrecer oportunidades de encuentro en las que coincidimos con nuestros vecinos sin que necesariamente exista una actividad organizada. También tenemos que superar la idea de que envejecer significa pasar a ocupar espacios separados del resto de la sociedad. Me interesan mucho los modelos intergeneracionales porque permiten superar esa segregación por edades. En este sentido, los equipamientos suponen un gran reto que todavía no hemos abordado suficientemente. Una buena biblioteca pública o un polideportivo, con una programación adecuada para todas las edades, son buenos ejemplos de espacios de inclusión donde pueden encontrarse distintas generaciones. Pero también deberíamos empezar a pensar en edificios con programas más ambiciosos que ya están teniendo buenos resultados allí donde se implantan, como la combinación de una escuela infantil y un centro de día, o de viviendas para jóvenes y personas mayores. Por último, hay algo fundamental: las personas mayores no son sujetos pasivos. Tienen deseos, proyectos, preferencias y capacidad de decisión. Por eso debemos incorporarlas al proceso de diseño. Los programas de Ciudades Amigables con las Personas Mayores tienen precisamente ese interés: preguntar a las propias personas mayores qué necesitan y utilizar sus respuestas para transformar el entorno. No podemos diseñar para ellas sin contar con ellas. La participación debería formar parte tanto del diagnóstico como de la toma de decisiones.

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Marta S. Massó
Marta S. Massóhttps://entremayores.es/
Licenciada en Periodismo por la Universidad Pontificia de Salamanca. Cubre la información de nacional de entremayores y la edición de Galicia.

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