InicioSaludSandra Palau: “Una nutrición bien planteada no solo nutre al paciente, sino que puede contribuir a mejorar el control de la propia enfermedad”

BEO de Nestlé Health Science Iberia

Sandra Palau: “Una nutrición bien planteada no solo nutre al paciente, sino que puede contribuir a mejorar el control de la propia enfermedad”

La desnutrición relacionada con la enfermedad continúa siendo uno de los problemas más infradiagnosticados del sistema sanitario, especialmente entre los mayores. En este contexto, Nestlé Health Science Iberia está impulsando, actualmente, cinco estudios clínicos. Como nos explica su BEO, buscan generar evidencia científica, por salud, pero también por economía, ya que este problema genera un coste de más de 1.143 millones anuales. “No estamos hablando de un gasto adicional para el sistema; hablamos de un ahorro inteligente y, sobre todo, de mejor atención a los pacientes”

Pregunta.- Mientras crece la atención mediática sobre distintos aspectos de la nutrición, como la obesidad, la desnutrición sigue pasando más desapercibida. ¿A qué cree que se debe esta falta de visibilidad?

Respuesta.- La desnutrición relacionada con la enfermedad es, en efecto, un problema silencioso. A diferencia de la obesidad, que tiene manifestaciones visibles y ocupa un lugar prominente en el debate público, la desnutrición en el contexto de una enfermedad no siempre es fácil de detectar a simple vista. Pero la invisibilidad no es solo física: también es cultural.

Como sociedad, hemos normalizado la idea de que perder peso o tener poco apetito es algo inherente al proceso de enfermar. “Es normal que no coma, está enfermo”, nos decimos, y en esa normalización reside el verdadero peligro.

A esto se suman factores estructurales: la desnutrición compite en visibilidad con la enfermedad de base y, en muchas ocasiones, queda en un segundo plano frente al diagnóstico principal. Sin embargo, hoy la evidencia científica es clara: la desnutrición no es una consecuencia menor. Es un elemento clínico que condiciona directamente la evolución del paciente, su capacidad de respuesta al tratamiento, su recuperación y su calidad de vida. Cerca del 20% de los pacientes ingresa en el hospital ya en riesgo nutricional, cifra que puede alcanzar el 50% si la hospitalización se prolonga. Hacerlo visible es una responsabilidad compartida entre el sistema sanitario, los profesionales de la salud, los pacientes, sus familias y también los medios de comunicación.

P.- La desnutrición suele asociarse únicamente a falta de peso, pero no siempre es así. ¿Ǫué señales deberían alertar sobre un posible riesgo nutricional?

R.- Es un error muy habitual y comprensible. La imagen que muchos tienen de la desnutrición es la de alguien extremadamente delgado, pero la realidad es mucho más compleja. Una persona con sobrepeso también puede estar desnutrida si su ingesta no cubre las necesidades proteicas o si su cuerpo no absorbe bien los nutrientes a causa de una enfermedad. Más allá del peso, hay señales que deberían alertarnos: una reducción significativa de la ingesta habitual; sensación de fatiga o debilidad inusual; dificultad para realizar tareas cotidianas que antes resultaban sencillas, como levantarse de una silla o subir escaleras; pérdida de masa muscular visible, especialmente en los muslos o las pantorrillas; cicatrización lenta de heridas; y en personas mayores, un estado de fragilidad o mayor frecuencia de caídas. Cualquiera de estas señales, especialmente combinadas, debería llevar a realizar una valoración nutricional por parte de un profesional sanitario.

P.- ¿Existe todavía infradiagnóstico de la desnutrición en las personas mayores, especialmente en quienes viven solas o presentan enfermedades crónicas?

R.- Sin duda. El infradiagnóstico en personas mayores sigue siendo uno de los grandes retos del sistema. Las causas son múltiples. Por un lado, los propios cambios fisiológicos del envejecimiento (reducción del apetito, alteraciones del gusto y el olfato, dificultades para masticar o tragar, menor sensación de sed) hacen que la disminución de la ingesta pueda pasar desapercibida, incluso para el propio paciente. Por otro, cuando se vive solo, no hay nadie que observe esos cambios cotidianos. A esto se suma que muchos mayores con enfermedades crónicas están polimedicados, y algunos fármacos afectan directamente al apetito o a la absorción de nutrientes. Además, las consultas médicas, ya de por sí breves, tienden a centrarse en el control de la enfermedad principal, y la valoración nutricional sistemática no siempre forma parte del protocolo habitual.

No se trata de desidia; es una cuestión de prioridades y de la necesidad de incorporar el cribado nutricional de forma rutinaria en la atención a este colectivo.

P.- Han dado a conocer cinco estudios en condiciones de práctica clínica real en 31 hospitales de toda España. ¿Por qué se centran en estas patologías y en qué consisten?

R.- Nos centramos en el cáncer, la diabetes, la sarcopenia y la fragilidad porque son las patologías con mayor prevalencia en la población adulta y mayor española, y porque son precisamente aquellas en las que la desnutrición tiene un impacto más devastador sobre la evolución clínica y la calidad de vida. Además, son condiciones que frecuentemente coexisten: una persona mayor con diabetes suele presentar también sarcopenia, y un paciente oncológico con frecuencia desarrolla fragilidad. Abordarlas juntas nos permite entender mejor la complejidad real del paciente.

Los cinco estudios se desarrollan en condiciones de práctica clínica real, con más de 800 pacientes y en 31 hospitales de referencia de toda España. Dos de ellos ya han finalizado: el estudio Onavida, centrado en pacientes oncológicos con desnutrición, que evaluó la eficacia de un programa de soporte nutricional durante tres meses; y el estudio Rediplus, en pacientes con diabetes tipo 2 y desnutrición, con seguimiento de seis meses. Los otros tres están en curso o en fase de reclutamiento: el estudio Starlight, sobre diabetes y sarcopenia; un ensayo en pacientes con cáncer de páncreas sometidos a cirugía, que incorpora el estudio de biomarcadores y organoides; y el Effort II, que analiza qué ocurre con el soporte nutricional una vez el paciente recibe el alta hospitalaria. Este enfoque en la vida real y no en condiciones artificiales de laboratorio es clave para generar evidencia trasladable a la práctica clínica diaria.

P.- De los estudios con resultados disponibles, ¿cuáles han sido los hallazgos más destacados?

R.- Los dos estudios ya concluidos arrojan datos muy relevantes y alentadores. El estudio Onavida, con 230 pacientes oncológicos en 18 hospitales españoles, demostró que, tras solo tres meses de soporte nutricional, casi la mitad de los pacientes (46%) consiguió frenar la pérdida de peso. Pero lo que me parece especialmente significativo es lo que hay detrás de ese dato: los pacientes ganaron una media de hasta 2,4 kg de fuerza muscular, lo que en la práctica se traduce en que recuperaron autonomía para tareas cotidianas como levantarse de una silla o cargar con una bolsa de la compra. Además, más del 90% de los pacientes mantuvo una adherencia óptima al suplemento nutricional hasta el final del estudio, lo que nos dice que cuando la solución está bien adaptada a las necesidades del paciente, este la acepta y la sostiene en el tiempo.

En el estudio Rediplus, con 55 pacientes con diabetes tipo 2 y desnutrición, los resultados son igualmente relevantes: tras seis meses, el 74,5% mejoró su estado nutricional y el 58,5% logró mejorar también el control glucémico. Este dato es especialmente importante porque demuestra que una nutrición bien planteada no solo nutre al paciente, sino que puede contribuir a mejorar el control de la propia enfermedad. Se observó además un incremento medio de 3 kg en la fuerza muscular, lo que refuerza el impacto funcional del soporte nutricional.

P.- Existe ya evidencia científica sobre nutrición en población adulta mayor. ¿Ǫué aportaría seguir ampliando y refinando este conocimiento en la práctica clínica?

R.- Ampliar y afinar la evidencia existente permitiría dar un paso más hacia una atención nutricional verdaderamente personalizada en el paciente adulto mayor. Aunque hoy contamos con una base científica relevante, todavía hay áreas donde la evidencia es heterogénea, poco específica para determinados perfiles o difícil de trasladar a la práctica diaria.

En términos prácticos, supondría mejorar la precisión en la toma de decisiones clínicas. Disponer de datos más detallados sobre cómo la nutrición clínica podría impactar en diferentes situaciones clínicas —según fragilidad, comorbilidades o grado de dependencia— ayudaría a ajustar mejor el tipo de intervención nutricional, las dosis y la duración del tratamiento. Esto facilitaría que médicos y enfermeras pudieran identificar de forma más precoz a los pacientes en riesgo, seleccionar estrategias nutricionales más adaptadas a cada caso y definir objetivos realistas, medibles y centrados en resultados funcionales y de calidad de vida.

Además, permitiría optimizar el seguimiento y la evaluación de la respuesta al soporte nutricional.

A nivel organizativo, una evidencia más consolidada y operativa favorecería la estandarización de protocolos nutricionales y su integración efectiva en los distintos niveles asistenciales, desde el hospital hasta la atención primaria y el ámbito domiciliario, contribuyendo a una atención más coherente, eficiente y basada en valor.

Sandra Palau, al frente de Nestlé Health Science Iberia desde hace algo más de un año, señala que “hemos normalizado que perder peso o tener poco apetito es algo inherente a enfermar. Y en esa normalización reside el peligro”.

P.- ¿Hasta qué punto una intervención nutricional adecuada puede ayudar a retrasar deterioros funcionales como la pérdida de masa muscular o la fragilidad?

R.- El papel de la nutrición clínica en la preservación de la función muscular y en la prevención de la fragilidad está cada vez mejor documentado. El músculo no se mantiene solo con actividad física; necesita los sustratos adecuados, especialmente proteínas de calidad en cantidad suficiente, para poder regenerarse y mantenerse. En un paciente mayor con una enfermedad crónica, cuya ingesta habitualmente está reducida, ese aporte no siempre llega a través de la dieta habitual.

Lo que los estudios que estamos impulsando muestran es que una intervención nutricional específica y bien planteada puede marcar una diferencia real: no solo en los parámetros bioquímicos o en el peso, sino en la capacidad funcional del paciente, en su autonomía, en su calidad de vida. Y esto tiene implicaciones que van más allá del individuo: mantener la funcionalidad de un paciente mayor significa reducir su dependencia, aliviar la carga sobre los cuidadores y prevenir o retrasar el ingreso en instituciones. La nutrición clínica, en ese sentido, no es un gasto sanitario; es una inversión.

P.- ¿Por qué muchas personas, sobre todo mayores, empeoran nutricionalmente cuando regresan a casa tras el alta hospitalaria?

R.- El alta hospitalaria es uno de los momentos de mayor vulnerabilidad para el paciente desnutrido, y es precisamente la pregunta central que busca responder el estudio Effort II. Lo que ocurre en muchos casos es que, durante la hospitalización, el paciente recibe un soporte nutricional estructurado, y al regresar a casa ese soporte desaparece o se diluye, precisamente cuando la recuperación todavía está en marcha. Las razones son diversas.

Por un lado, el entorno domiciliario puede no estar preparado: el paciente vive solo, no tiene quién le prepare comidas adecuadas, o simplemente la fatiga y el malestar propio de la convalecencia reducen aún más el apetito y las ganas de comer.

Por otro, en muchos casos no existe un plan nutricional pautado para la vuelta a casa, o si existe, no hay un seguimiento que asegure su cumplimiento.

La transición del hospital al domicilio es un punto de quiebra en la continuidad del cuidado que el sistema sanitario necesita abordar de forma más estructurada. Garantizar ese puente nutricional entre el alta y la recuperación completa puede marcar una diferencia muy significativa en los resultados del paciente.

P.- ¿Ǫué impacto económico puede tener una mejor atención nutricional?

R.- El impacto es muy cuantificable y, cuando se conoce, resulta difícil seguir justificando la falta de inversión en nutrición clínica. La desnutrición relacionada con la enfermedad supone en España más de 1.143 millones de euros anuales en costes sanitarios, una parte muy significativa de los cuales está vinculada a complicaciones evitables, estancias hospitalarias más largas y reingresos.

Un paciente desnutrido tarda más en recuperarse, responde peor a los tratamientos, tiene mayor riesgo de infecciones, de úlceras por presión, de complicaciones postquirúrgicas. Todo eso se traduce en días de hospitalización adicionales, en mayor consumo de recursos y en un deterioro funcional que, una vez instaurado, es muy difícil de revertir.

Si a eso sumamos el coste de la dependencia, que en España supone miles de millones anuales en prestaciones y recursos sociosanitarios, y tenemos en cuenta que una buena intervención nutricional puede preservar la autonomía funcional y retrasar o evitar situaciones de dependencia, el retorno de la inversión en nutrición clínica es absolutamente claro. No estamos hablando de un gasto adicional para el sistema; estamos hablando de un ahorro inteligente y, sobre todo, de mejor atención a los pacientes.

P.- ¿Cuáles serán los grandes retos de la nutrición clínica en una sociedad cada vez más envejecida?

R.- El envejecimiento de la población pone a la nutrición clínica ante una oportunidad histórica y, al mismo tiempo, ante una responsabilidad enorme. Identifico varios retos fundamentales.

El primero es el de la integración real: la nutrición debe dejar de ser percibida como un complemento del tratamiento médico para convertirse en parte del tratamiento. Eso requiere cambios en los protocolos asistenciales, en la formación de los profesionales de salud y en la conciencia de pacientes y familias.

El segundo reto es el de la continuidad asistencial: garantizar que el soporte nutricional no se interrumpe en el alta hospitalaria, sino que se mantiene y se adapta en el domicilio, en atención primaria, en las residencias.

El tercero es el de la personalización: cada vez tenemos más herramientas para ajustar la intervención nutricional a las características del paciente, como su patología, su edad, su composición corporal, su situación funcional, y debemos avanzar en ese camino.

Y el cuarto, que subyace a todos los anteriores, es el de la evidencia clínica: seguir generando datos robustos, en condiciones reales, que respalden las decisiones clínicas y sostengan la incorporación de la nutrición clínica en el sistema. Ese es, precisamente, el compromiso que estamos asumiendo desde Nestlé Health Science.

P.- ¿Ǫuiere añadir algo más?

R.- Me gustaría subrayar que España tiene todo lo necesario para liderar este cambio. Contamos con profesionales sanitarios altamente cualificados, con hospitales de referencia comprometidos con la investigación y con una industria que está dispuesta a colaborar activamente para generar la evidencia que el sistema necesita. Los estudios clínicos que estamos impulsando desde Nestlé Health Science son una muestra de esa voluntad de trabajar juntos.

Pero el cambio definitivo requiere también voluntad institucional: que la nutrición clínica tenga el reconocimiento que merece en las políticas de salud, que el cribado nutricional sea sistemático en todos los entornos asistenciales y que la continuidad del soporte nutricional esté garantizada más allá del hospital. Los pacientes que se beneficiarán de ese cambio son los mismos que hoy llenan nuestras salas de espera y nuestras plantas hospitalarias. Tienen nombre y tienen historia. Trabajar por ellos es lo que nos mueve.

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Emma Vicente
Emma Vicentehttps://entremayores.es/
Licenciada en Periodismo por la Universidad Pontificia de Salamanca. Cubre la información de salud e internacional de entremayores y la edición de Castilla y León.

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