PSIQUIATRA, PRESIDENTE HONORÍFICO DE LA FUNDACIÓN DE CIENCIAS DE LA SALUD Y CATEDRÁTICO EMÉRITO DE HISTORIA DE LA MEDICINA EN UCM
Diego Gracia Guillén: “La muerte es un fenómeno cultural, de tal manera que el modo de morir depende del patrón cultural que se asuma en vida”
PREGUNTA.- Cuando hablamos de prepararnos para el final de la vida, solemos pensar en el testamento. Desde la bioética, ¿qué otras decisiones importantes conviene dejar resueltas?
RESPUESTA.- Yo tengo una idea un poco peculiar de lo que es un testamento. No se trata solo de hacer la revisión de los bienes económicos que lega uno a su descendencia. Se trata de hacer revisión de la vida para hacer balance de los valores y contravalores que ha ido realizando a través de sus actos a lo largo de ella, valores que deja en herencia a los demás. Los actos de nuestra vida ejecutan valores o disvalores, que cobran realidad y se objetivan a través de nuestros actos, y que una vez ejecutados salen de nosotros y entran a formar parte del depósito que dejamos en herencia a nuestros descendientes. Todos tenemos que preguntarnos qué queremos dejar en herencia a las generaciones que nos siguen. No se trata solo del dinero. El dinero es expresión de un valor, el llamado valor económico. Pero hay otros muchos valores, positivos y negativos, que habremos ido realizando a lo largo de nuestra vida y que dejaremos en herencia a quienes nos sucedan. Esta es la enorme responsabilidad de la vida humana, de toda vida humana.
P.- Muchas personas esperan a tener una edad muy avanzada para empezar a ordenar estos asuntos. ¿Qué riesgos tiene dejar todas estas decisiones para el último momento?
R.- Hay un dicho latino muy popular en la historia occidental. Dice: sicut vita, mors ita, –tal como es la vida, así es la muerte–. La muerte es una parte de la vida, y será igual que haya sido esta. Esperar al final de la vida para ocuparse de la muerte es esconder la cabeza debajo del ala, como hace el avestruz. Eso siempre es producto del miedo. Este miedo nos lleva a negar lo innegable, la muerte, negación que no hace más que aumentar nuestro propio miedo ante ella.
P.- Desde la bioética, ¿qué significa realmente ‘morir bien’? ¿Tiene más que ver con la medicina o con haber podido decidir sobre la propia vida hasta el final?
R.- La muerte se prepara en vida. Se muere como se vive. La muerte es un fenómeno cultural, de tal manera que el modo de morir depende del patrón cultural que se asuma en vida. Uno muere bien cuando lo hace de modo coherente con su sistema de valores. Cuando, como sucede hoy con tanta frecuencia, ese sistema de valores no hace otra cosa que negar la muerte, y por tanto escamotearla, el modo ideal de morir es no enterarse del proceso. Ese es el ideal hoy más frecuente. En las letanías que antiguamente se recitaban en latín, había una que decía: a subitanea morte, liberanos domine –líbranos, Señor, de la muerte súbita–. Hoy sin embargo, la mayoría de las personas quieren morir de modo instantáneo y sin darse cuenta, exactamente lo contrario de lo que ha sido el anhelo tradicional.
P.- ¿Qué debería dejar preparado una persona para facilitar la vida de quienes se quedan, más allá de la herencia?
R.- La gran pregunta que debemos hacernos todos es qué queremos dejar en herencia a los más jóvenes. No me refiero a la herencia económica sino a la herencia cultural. Como ya he dicho antes, cada acto humano es una opción de valor, que objetiva un valor determinado. Cuando un pintor pinta un cuadro, objetiva un valor, que es la belleza. Y ese valor queda, a pesar de que el pintor fallezca. De hecho, el Museo del Prado no es otra cosa que la plasmación del valor belleza que han hecho los pintores que nos precedieron, Velázquez, Goya, etcétera. Pero esto no sucede solo con la belleza sino con todo valor. Todo acto humano objetiva valores o disvalores, valores positivos o negativos. Esa es la enorme trascendencia de todo acto humano. Y el conjunto de valores objetivados a través de nuestros actos es lo que dejaremos en herencia a nuestros sucesores. Esta es la enorme trascendencia de todo acto humano. Desdichadamente, de esto no solemos darnos cuenta más que cuando es ya demasiado tarde.
