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Edadismo, la raíz de muchas exclusiones

Un reciente estudio de Matia ha concluido que el edadismo y la soledad son dos problemas de salud pública que se retroalimentan. Por un lado, los prejuicios edadistas excluyen y limitan la participación laboral y social del colectivo sénior; pero, por otro, las propias personas mayores también se aíslan y se retiran de la vida social para protegerse, convencidas de que los proyectos vitales desaparecen con la edad. Todo parte de una asunción falsa: que la edad nos inhabilita, nos incapacita para realizar determinadas tareas. Sin embargo, el peligro de asumirla preventivamente puede, de alguna manera, potenciar esta falacia de forma perenne [...]

Un reciente estudio de Matia ha concluido que el edadismo y la soledad son dos problemas de salud pública que se retroalimentan. Por un lado, los prejuicios edadistas excluyen y limitan la participación laboral y social del colectivo sénior; pero, por otro, las propias personas mayores también se aíslan y se retiran de la vida social para protegerse, convencidas de que los proyectos vitales desaparecen con la edad. Todo parte de una asunción falsa: que la edad nos inhabilita, nos incapacita para realizar determinadas tareas. Sin embargo, el peligro de asumirla preventivamente puede, de alguna manera, potenciar esta falacia de forma perenne.

La mayoría de agravios que sufre el colectivo sénior en la actualidad parten de conductas edadistas. Esto es especialmente evidente en el ámbito laboral, en el que la tasa de ocupación de las personas mayores de 55 años es cada vez menor, según se viene indicando en los informes que elabora el Centro de Investigación Ageingnomics de Fundación Mapfre. Por primera vez desde que se registran datos de empleo, la tasa de paro de este colectivo supera a la de las personas entre 25 y 54 años. Además, según el último estudio de la Fundación BBVA y el Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas (Ivie), casi seis de cada diez parados de 55 o más años (57,9%) lo son también de larga duración (al menos un año buscando empleo), cifras mucho más altas que las que presentan los parados de 25 a 54 años (36,1%) o los de 16 a 24 años (17,8%).

No obstante, el edadismo no se limita al ámbito laboral o económico. También aparece en los gestos cotidianos, en el entorno familiar y en la forma en que la sociedad reconoce —o ignora— la identidad de las personas mayores.

En otros contextos, como son las celebraciones en julio por el Día Internacional del Orgullo LGTBI+, el edadismo también se cuela para invisibilizar, de nuevo, a las personas mayores. La PMP, la Fundación 26 de Diciembre y HelpAge International España han alertado estos días de la casi exclusiva asociación que existe entre diversidad sexual y juventud, dejando fuera de la representación LGTBI+ a las personas sénior.

Esta especie de clandestinidad dentro del colectivo provoca lo que se conoce como ‘retorno al armario’, que se suele dar cuando aparecen algunas dependencias y se ingresa en centros residenciales, donde los mayores ocultan su identidad sexual por miedo al rechazo o la discriminación. Esta forma de proceder no es anecdótica, ya que según un informe de la Federación Estatal LGTBI+, más de la mitad (un 57,1%) de las personas LGTBI+ mayores de 65 años no ha hecho visible su orientación sexual o identidad de género.

Precisamente, como sucede en este último caso, las principales conclusiones del informe Edadismo en España, de HelpAge España, revelan que la discriminación institucional es la forma de edadismo más señalada por la población mayor, en concreto, en espacios que afectan a la sanidad y los servicios sociales. Según las personas encuestadas para el estudio, estas políticas públicas no siempre responden a las necesidades reales de los sénior, y lo achacan a un trato homogéneo que no tiene en cuenta las diferencias económicas, educativas o de salud de las personas. Es decir, la escasa flexibilidad de las instituciones deriva, a su vez, en cierto edadismo estructural que discrimina incluso aunque no se produzca conscientemente.

Entonces, y apuntando al origen, parece evidente que combatiendo el edadismo resolvemos muchas de las injusticias sociales que soporta el colectivo sénior. Si la connotación negativa de cumplir años desaparece, se esfuma con ella la discriminación laboral, de la que derivan todos los perjuicios económicos de la etapa profesional y tras la jubilación. Si envejecer no invisibiliza, nadie necesita mueble alguno donde ocultar identidades y orientaciones. Si las personas mayores dejan de ser un grupo uniforme, los espacios y los servicios marcan la diferencia sin marginar, excluir o separar.

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