El envejecimiento es el futuro
Algunos fenómenos no solo forman parte de la sociedad, también la transforman. Es lo que sucede, por ejemplo, con el envejecimiento, que no se queda en una mera cuestión demográfica, ni se circunscribe a un solo espacio, sino que atraviesa todos los ámbitos de la vida como una espada, influyendo en muchos sectores y convirtiéndose en un verdadero motor de cambio.
El envejecimiento afecta a la sanidad y a los cuidados, al empleo y la vivienda, interviene en las finanzas públicas y privadas; y empieza a conformar también la organización e idiosincrasia de las ciudades o, incluso, el fondo y la forma de las tecnologías actuales y venideras.
Europa lleva tiempo constatándolo. El tercer informe de la Comisión Europea Demographic transformation in the EU ha vuelto a advertir de que el continente perderá población y continuará envejeciendo en las próximas décadas. El documento incide en el impacto social profundo que produce esa nueva estructura demográfica y en la necesidad de atender a sus dos caras: el desafío, pero también la oportunidad.
Por otro lado, resulta significativo que el envejecimiento haya dejado de ser una conversación exclusiva entre geriatras, demógrafos o expertos en pensiones. De hecho, el reciente encuentro de la UIMP Investigación e innovación en envejecimiento. Avances para una sociedad longeva, sumó perspectivas diversas para abordar una cuestión que, precisamente por su dimensión, ya no puede analizarse desde una única disciplina.
La investigación en este campo ha pasado de centrarse exclusivamente en la salud a adoptar un enfoque social e interdisciplinar, agregando adjetivos a la palabra envejecimiento: activo, saludable, digno…
Está cambiando la mirada. Durante décadas, la vejez se presentó como algo que había que ocultar, retrasar o combatir. La propia industria de la belleza construyó buena parte de su discurso alrededor de esa idea. Como explicó Victoria Lovelle, el pasado mes de julio, en una entrevista para entremayores, “con el concepto antiedad el objetivo era evitar envejecer; ahora, con el concepto de longevidad, se trata de cuidarnos”. Ese desplazamiento, en apariencia semántico, adquiere mayor profundidad, porque significa que hemos pasado de entender el envejecimiento como un enemigo, o un problema individual, a asumirlo como una condición humana que debemos acompañar de forma colectiva.
Desde esta visión actual, además de seguir añadiendo más recursos para atender a la población mayor, el verdadero desafío consistirá en preguntarnos si las estructuras que hemos construido hasta ahora siguen valiendo. Desde luego, los cambios son inevitables (como el propio envejecimiento) y de ahí las reivindicaciones de la geriatría española para ganar peso dentro del sistema sanitario o las nuevas alianzas que están surgiendo para afrontarlo. Por ejemplo, el convenio que acaban de firmar Semergen y la SEGG para responder conjuntamente a este reto es, sin duda, un síntoma más de la necesidad de adaptación.
Entonces, cabe preguntarse cómo afrontaremos el envejecimiento, pero también si seremos capaces de diseñar una sociedad en la que envejecer no sea una excepción que atender, sino una etapa más de la vida, con espacios y políticas que la faciliten y la validen.
Envejecer es el futuro, en el mejor de los casos y, como sucede en las fases del duelo, la aceptación es solo el principio. Después, asumida la realidad, habrá que ajustarse a ella, sin taparla o maquillarla, y aprender a convivir con normalidad.
