Un informe del Instituto Santalucía apuesta por una jubilación gradual y flexible
España se encuentra entre los países con mayor esperanza de vida del mundo. La esperanza de vida a los 65 años ha aumentado de forma sostenida, sumando 18,7 años a comienzos de siglo a los 21,7 años en la actualidad. Nunca antes las personas mayores habían gozado de una esperanza de vida y un estado de salud tan favorables, y, sin embargo, su salida del mercado laboral sigue produciéndose de forma temprana y abrupta. Así, el informe Evolución de la capacidad adicional para trabajar en España, publicado por el Instituto Santalucía, órgano de reflexión del Grupo Santalucía, analiza cómo aprovechar el capital humano de una población que vive más años y en mejores condiciones, pero que sigue abandonando el mercado laboral de forma temprana.
El estudio, elaborado por Laia Bosque-Mercader (Universitat Autònoma de Barcelona & CRES-UPF) José Ignacio Conde-Ruiz (FEDEA & UCM) Sergi Jiménez (UPF & BSE) y Judit Vall-Castelló (Universitat de Barcelona & IEB & CRES-UPF), concluye que existe una amplia capacidad laboral latente entre los trabajadores sénior que no se está aprovechando.
“En un contexto de rápido envejecimiento poblacional y aumento de la tasa de dependencia —que podría alcanzar el 53% en 2050—, desde el Instituto Santalucía se plantea que el debate ya no puede centrarse únicamente en la sostenibilidad del sistema de pensiones, sino también “en la infrautilización del talento y la experiencia de los trabajadores mayores”, comenta José Manuel Jiménez Rodríguez, director del órgano.
El informe deja constancia de que la mejora en la salud de la población mayor no se ha traducido en una mayor permanencia en el empleo. Los datos muestran que, a igualdad de estado de salud, los trabajadores hoy abandonan el mercado laboral antes que en el pasado.
En el caso de los hombres, por ejemplo, la tasa de empleo a los 64 años —edad previa a la jubilación durante décadas— se ha mantenido prácticamente estable en torno al 31% desde los años noventa. Sin embargo, la proporción de hombres que declara mala salud a esa edad ha caído con fuerza: del 46,8% en 1993 al 36,3% en 2023. Es decir, con mejor salud, la tasa de empleo no ha aumentado.
Este patrón se repite de forma aún más clara en edades avanzadas. En 2023, entre los hombres de entre 57 y 69 años, la mala salud auto percibida se mantiene prácticamente constante, alrededor del 35%, mientras que la tasa de empleo se desploma desde el 76,9% hasta apenas el 4,3%. A igual estado de salud, los trabajadores trabajan menos a medida que envejecen.
Entre las mujeres, aunque la incorporación al mercado laboral ha sido muy intensa en las últimas décadas, se observa un fenómeno similar. A partir de los 60 años, y con niveles de salud comparables, la tasa de empleo cae de forma abrupta, incluso más que en los años noventa, lo que indica que las mejoras en salud tampoco se están aprovechando plenamente en términos de empleo femenino en edades avanzadas.
Por otra parte, el análisis de la mortalidad que realiza el informe del Instituto Santalucía, que permite observar un periodo más amplio, refuerza este diagnóstico. Para una misma tasa de mortalidad —y, por tanto, un nivel de salud equivalente—, hoy los trabajadores son más mayores, pero presentan tasas de empleo claramente inferiores. A principios de la democracia, un hombre con una mortalidad del 2% tenía algo más de 63 años y una tasa de empleo cercana al 60%. Hoy, con esa misma mortalidad, tiene alrededor de 71 años y una tasa de empleo de apenas el 3%.
A partir de esta relación entre salud y empleo, el informe estima que los trabajadores en España cuentan actualmente con alrededor de ocho años adicionales de capacidad potencial para trabajar en comparación con finales de la década de 1970. Aunque los indicadores de salud —mortalidad, esperanza de vida y salud auto percibida— han mejorado de forma notable, la tasa de empleo sigue cayendo con fuerza a partir de determinadas edades
JUBILACIÓN FLEXIBLE: CLAVE PARA NO DESPERDICIAR TALENTO Y EXPERIENCIA
Ante este escenario, el análisis de Instituto Santalucía subraya que el problema no es la falta de capacidad para trabajar, sino las barreras que dificultan hacerlo. Entre ellas, destaca el actual modelo de jubilación, basado en una transición rígida y abrupta desde el empleo a la inactividad.
Los autores señalan que el sistema actual no se adapta ni a la mejora en la salud ni a las preferencias de muchos trabajadores mayores, que podrían seguir activos si existieran fórmulas más flexibles. Por ello, el informe aboga por avanzar hacia modelos de jubilación gradual, que permitan compatibilizar de forma voluntaria el trabajo remunerado con la percepción parcial de la pensión, reduciendo progresivamente la jornada laboral.
Este enfoque tendría múltiples beneficios. Para los trabajadores, permitiría adaptar la salida del mercado laboral a su estado de salud y a sus circunstancias personales, evitando los efectos negativos de una jubilación brusca sobre el bienestar físico y mental. Para las empresas, facilitaría la retención del conocimiento y la experiencia, favoreciendo la transmisión intergeneracional del capital humano. Y para el conjunto de la economía, contribuiría a aliviar la presión sobre el sistema de pensiones en un contexto de rápido envejecimiento poblacional.
Está claro que el envejecimiento de la población es uno de los grandes retos de las próximas décadas, pero también una oportunidad si se aprovechan mejor los recursos disponibles. El informe concluye que España cuenta con un amplio margen para aumentar la participación laboral de los trabajadores mayores, sin comprometer su salud ni su bienestar.
La existencia de hasta ocho años de capacidad adicional para trabajar pone de manifiesto que el reto, además de demográfico y sanitario, es institucional. “En una sociedad que vive más y mejor, prolongar de forma flexible y voluntaria la vida laboral puede beneficiar a los trabajadores, a las empresas y al conjunto de la economía” concluye Jiménez Rodríguez.
