El impacto humano de una vivienda inadecuada
Cuando hablamos de exclusión residencial en personas mayores, el impacto humano y cotidiano suele quedar fuera de las estadísticas. Sin embargo, el no poder envejecer en el hogar por problemas asociados al alquiler, la gentrificación del barrio o debido a un fondo buitre que compra el piso repercute en las personas de forma devastadora.
En estos casos, explica la investigadora en la Universidad de Málaga, Valeria Ruiz Lorenzo, “hablamos de pérdida de toda comunidad, de capital social, de sentimiento de pertenencia, de identidad construida en un contexto, de seguridad ontológica y física, y de total desarraigo. Esto está ocurriendo”.
Para Ruiz Lorenzo, “la vida autónoma en casa puede ser un espacio de seguridad y confort, pero también una jaula si no está adecuada a las condiciones de accesibilidad y habitabilidad necesarias. La distribución, los recursos físicos, el propio hecho de que un piso cuente con ascensor o no, que una casa esté en plano o en una calle en cuesta… hay detalles que pasan desapercibidos que solo puedes captar cuando te enfrentas al problema”.
Según la investigadora de la UMA, algunos detalles que pueden parecer simples encierran, en realidad, problemas complejos: “¿Qué importancia tiene la orientación de la vivienda si la persona no tiene la capacidad física de poder abrir y cerrar las persianas?”. Lo mismo ocurre, remarca, con el aislamiento térmico y la pobreza energética en hogares vulnerables. “Vemos como el simple hecho de poder mantener una temperatura adecuada puede ser un factor de riesgo”, una situación que se agrava si estas problemáticas afectan a “personas mayores con una salud delicada, que viven solas o con bajos ingresos”.
RETROALIMENTACIÓN
La vivienda inadecuada, la soledad no deseada o el deterioro de la salud física y mental en la vejez son problemas independientes, pero se retroalimentan. “Hay numerosos estudios que correlacionan todos estos factores. La soledad no deseada solo se puede paliar en comunidad y, conforme envejecemos, nuestra capacidad de generar vínculos y exponernos a nuevas redes disminuye”, expone Ruiz Lorenzo, que incide en que, para los sénior, “envejecer en su hogar, en su barrio, se traduce en mantener sus vínculos y redes”.
La investigadora señala que existen interacciones cotidianas que funcionan como mecanismos y lugares de socialización para las personas mayores, entre ellas, menciona los paseos en las inmediaciones de la vivienda, la compra en la frutería del barrio, bajar la basura o sentarse en el banco. “Tener un lugar al que ir, un lugar donde la gente te conoce, te moviliza fuera del hogar. Y a su vez, el movimiento y la autonomía son factores clave”, explica. “Mantener una vivienda digna que te permita estar en casa y, a su vez, te facilite poder salir de ella parece una incongruencia, pero no lo es”.
