InicioA FondoCuando hablamos de envejecer bien importa el cómo, no el dónde

Cuando hablamos de envejecer bien importa el cómo, no el dónde

La interacción que mantenemos con nuestro entorno a lo largo de la vida es la responsable de un 75% de nuestra longevidad. Junto a tres mujeres procedentes de tres ámbitos distintos –antropología, movimiento asociativo y arquitectura–, realizamos un recorrido que se extiende desde las ciudades a los pueblos, para conocer de qué manera los recursos, así como las oportunidades y las condiciones de cada sitio interfieren en nuestra vejez. La dicotomía entre campo o urbe es una realidad, pero ¿puede alguno de estos dos espacios, de por sí, garantizar un mejor envejecimiento?

El lugar en el que envejecemos importa, pero no lo es todo. Culturalmente, se asocia la vida en el campo a un envejecimiento más saludable, una creencia derivada de la obviedad de que son áreas menos contaminadas y en las que la ausencia de gases mejoran la calidad del aire –y los beneficios que ello conlleva en nuestra salud–; sumado, también, a que el ritmo de vida no es tan frenético como en los núcleos urbanos. Estas bondades son evidentes, sin embargo, la vida en el rural también deriva en una serie de handicaps que llevan varias décadas acentuándose: la dispersión de la población, la limitación del transporte público, la escasez de servicios, las barreras que impone la brecha digital, la ausencia de una oferta de ocio suficiente...

Aunque este tipo de cuestiones se intentan paliar, lo cierto es que existe una larga lista de pros y contras sobre si es mejor envejecer en el campo o en la ciudad. Podría ser un debate eterno porque, como analizamos en este reportaje, la dicotomía implica muchos factores a estudiar. “Más que preguntarnos dónde se envejece mejor, deberíamos preguntarnos qué necesitamos para que cualquier persona pueda envejecer bien allí donde ha elegido vivir. Y ahí está el verdadero reto: garantizar autonomía, participación, cuidados y derechos tanto en nuestros pueblos como en nuestras ciudades”, explica Carmen Quintanilla, presidenta de la Asociación de Familias y Mujeres del Medio Rural (Afammer) y comisionada de Personas Mayores y Medio Rural en la Plataforma de Mayores y Pensionistas (PMP).

La médica y antropóloga Vânia de la Fuente sostiene que los factores genéticos explican solo el 25% de la longevidad, el resto depende de la interacción de las personas con el entorno en el que viven, es decir, el 75%. “Nuestra forma de envejecer no depende únicamente de las decisiones individuales o de nuestra predisposición genética. También está profundamente condicionada por las oportunidades, los recursos y las condiciones que ofrece el entorno”, asegura la experta internacional en envejecimiento saludable y en edadismo.

Cuando hablamos de entorno, continúa De la Fuente, “debemos entenderlo en un sentido muy amplio. Incluye las condiciones de la vivienda, el barrio en el que vivimos, la calidad y accesibilidad de los servicios sanitarios y sociales, las oportunidades para contribuir o la disponibilidad de espacios seguros y adecuados”. También, prosigue, “abarca nuestro entorno social. Esto incluye las relaciones que mantenemos, los sesgos por edad a los que estamos expuestos, las redes de apoyo de las que disponemos, nuestra participación en la comunidad y, en definitiva, el lugar que las personas mayores ocupan dentro de la sociedad”.

“La experiencia de envejecer tiene sus pros y sus contras, tanto en el campo como en la ciudad, y sería verdaderamente interesante poder analizar y comparar cómo se envejece” en cada uno de estos lugares, señala Ana María López Narbona, socióloga de la Universidad de Málaga, quien lamenta la ausencia de suficientes estudios longitudinales que estudien esta dicotomía.

Carmen Quintanilla: “Vivir en un pueblo no puede significar renunciar a derechos”

En entremayores hemos consultado una de las investigaciones que existen sobre esta dicotomía campo-ciudad. El Estudio sobre salud y estilo de vida en Tarragona, publicado en BMC Public Health en 2025, analiza las diferencias entre personas mayores de zonas rurales y urbanas de Tarragona. Los investigadores analizaron diferentes aspectos relacionados con el envejecimiento saludable –actividad física; masa muscular; alimentación; sueño; estado nutricional; calidad de vida– y encontraron que, en varios indicadores, las personas de zonas rurales obtuvieron mejores resultados. Este estudio apunta a que, en esa población concreta, vivir en un entorno rural estaba asociado con mayor actividad física y mejores resultados en algunos indicadores relacionados con calidad de vida, sueño y composición corporal, pero concluye que “no demuestra que vivir en el campo sea la causa de esos resultados”. Es decir, los investigadores advierten, al hilo de esta interacción con el entorno que nos expone De la Fuente, que existen otros factores detrás, como el tipo de trabajo realizado durante la vida, el nivel socioeconómico, las características de las viviendas, la actividad cotidiana o las relaciones, sociales, entre otros.

REDES VECINALES: EL VALOR DE LA PROXIMIDAD

En esta interacción con el entorno, desempeñan un papel clave las comunidades y las redes vecinales, esas que siguen operativas en los pueblos más pequeños y en los barrios de algunas ciudades –como el caso de la iniciativa Radars del Ayuntamiento de Barcelona, que implica a vecinos, comercios, farmacias, voluntariado y equipamientos para prevenir situaciones de aislamiento social–. La cuestión es si estas redes son capaces, de alguna manera, de compensar la falta de servicios que, por ejemplo, existe en el medio rural. “Pueden ayudar mucho, pero nunca debería verse como una alternativa a la presencia de servicios”, aclara Vânia de la Fuente. “Una buena red vecinal puede ayudar a detectar situaciones de riesgo, acompañar y hacer que la persona se sienta apoyada, pero no puede sustituir un centro de salud, un transporte adecuado o unos servicios de cuidados”, reconoce la antropóloga que, al respecto de esta proximidad, apunta que las políticas públicas pueden fomentarla. “No es cuestión de crear comunidades de manera artificial, sino de favorecer espacios, servicios y proyectos que permitan que esas relaciones surjan y se mantengan”, recomienda.

Vânia de la Fuente: “La dicotomía campo-ciudad es bastante menos nítida de lo que solemos pensar”

Por su parte, la presidenta de Afammer defiende esta proximidad como “uno de los grandes activos de nuestros pueblos”. La cercanía y la solidaridad entre vecinos tan características de las zonas rurales puede “marcar una diferencia muy importante en la vida de las personas mayores, especialmente cuando hablamos de acompañamiento, participación o prevención de la soledad no deseada”, indica Quintanilla. En este sentido, destaca el papel del movimiento asociativo como actor de dinamización para conectar a las personas: “Servicios públicos que garanticen derechos, comunidades que acompañen y asociaciones que dinamicen y conecten a las personas”.

La arquitecta especialista en longevidad Paz Martín, del Estudio FÜNDC, plantea que el medio rural “deje de verse como un problema que hay que resolver desde la ciudad”. Según la arquitecta, “cada territorio necesita soluciones propias, adaptadas a su escala, a su población y a sus recursos. Y creo que aquí existe una enorme oportunidad para la arquitectura: reutilizar edificios existentes, recuperar viviendas vacías, generar nuevos modelos residenciales y diseñar sistemas de cuidados próximos que permitan a las personas permanecer en su entorno”.

Por todo ello, podría entenderse que, ya que las ciudades ofrecen más oportunidades a las personas mayores, fuesen un lugar preferible para la experiencia de envejecer. Sin embargo, escapando de razones etarias, Martín considera que “deberíamos aspirar a una arquitectura capaz de responder a la diversidad de las personas, independientemente de su edad, sus capacidades o las distintas etapas de la vida”. La experta es partidaria de un cambio de paradigma que “consiste en dejar de pensar en cómo ‘adaptar’ los espacios para determinados colectivos y empezar a diseñar para todas las vidas posibles desde el principio”.

EL RETO DE PLANIFICACIÓN DE LAS CIUDADES

Algunos conceptos como la “amigabilidad” se han colado en la realidad de nuestras ciudades para intentar responder a las necesidades cambiantes de una población cada vez más longeva, pero los expertos coinciden en que, más allá de repensar los espacios urbanos para las personas mayores, estos deberían abarcar a todas las personas. Incluso dentro de la propia vivienda, como explica la arquitecta Paz Martín, que apunta que “envejecer bien significa también poder mantener nuestro entorno, nuestras relaciones, nuestros recuerdos y nuestro sentimiento de pertenencia. Por eso creo que debemos pasar de la idea de ‘adaptar una vivienda para una persona mayor’ a la de diseñar viviendas adaptables para las diferentes etapas de la vida”.

Quintanilla opina que “hemos avanzado, pero todavía queda mucho por hacer para que las ciudades respondan realmente a las necesidades de una población cada vez más envejecida”.

Teniendo en cuenta que las personas mayores conforman un grupo heterogéneo, con distintas necesidades de cuidados, niveles de autonomía, etcétera, las ciudades deberían, como apunta la presidenta de Afammer, “ser capaces de adaptarse a las distintas etapas y situaciones de la vida. Más que preguntarnos si nuestras ciudades están o no preparadas, debemos preguntarnos si estamos incorporando el envejecimiento de la población a la planificación de nuestras ciudades”.

“No considero que deba hablarse de una arquitectura específica para las personas mayores. Deberíamos aspirar a una arquitectura capaz de responder a la diversidad de las personas, independientemente de su edad, sus capacidades o las distintas etapas de la vida”, expone Martín.

Paz Martín: “Tenemos que superar la idea de que envejecer significa pasar a ocupar espacios separados del resto de la sociedad”

Una ciudad adaptada y amigable pasa por cuestiones como una accesibilidad que permita la movilidad de todas las personas, un transporte adecuado, espacios públicos seguros que propicien las relaciones intergeneracionales y servicios próximos. Se trata de un reto que, con una mirada de 360º, debería implicar a todas las disciplinas, más allá de la arquitectura.

EL HORIZONTE DE LAS POLÍTICAS SOCIALES

Una investigación realizada, en 2020, por investigadoras de la Universidad de Barcelona y de la Pompeu Fabra –a partir de datos extraídos de la Enquesta de Salut de Catalunya (ESCA) entre los años 2015 y 2017–, se centra en un ámbito poco estudiado hasta ese momento: la asociación entre las principales variables vinculadas al bienestar mental satisfactorio de las personas mayores y las características rurales o urbanas del medio de vida en el que se desarrollan.

“La autopercepción que tienen las personas mayores que viven en zonas rurales en cuanto a las limitaciones de la salud y el envejecimiento, se asocia a un deterioro del bienestar mental más bajo, mientras que la vida en las zonas urbanas está relacionada con un mayor riesgo de sufrir problemas emocionales atribuibles a dificultades económicas o al bajo nivel educativo”, afirman las autoras de esta investigación Manuela Alcañiz, Maria-Carme Riera-Prunera y Aïda Solé-Auró. Ellas sostienen que incentivar a las personas mayores a vivir en entornos rurales podría dar lugar a un mayor bienestar en las últimas etapas de la vida.

El estudio corrobora que las políticas sociales deben abordar no solo los problemas de salud, sino el bienestar en todas sus facetas, también en el ámbito mental, ya sea en entornos urbanos como rurales. “Este propósito se enmarca en uno de los principales retos que tiene la sociedad actual, que es asegurar la calidad de vida durante el envejecimiento”, destacan. Los resultados refuerzan la creencia de que las buenas políticas de bienestar social son cruciales. “Los responsables políticos deben procurar planificar disposiciones específicas de servicios para diferentes áreas geográficas que presenten patrones demográficos diferentes”, concluyeron las autoras.

En esta senda para impulsar políticas eficaces, el primer paso debe ser el de la consulta a las propias personas mayores. De la Fuente incide en que sería interesante conocer si un determinado territorio permite a una persona seguir haciendo su vida cuando sus necesidades cambian. “Eso solo podemos saberlo si mantenemos procesos de consulta y participación continuada con las personas que viven allí y si exigimos políticas públicas que respondan a las necesidades”.

Para la presidenta de Afammer, el verdadero reto es conseguir que las características propias del rural no se conviertan en desigualdades a la hora de envejecer. “Tenemos que escuchar a las propias personas mayores. Envejecer bien significa poder seguir tomando decisiones sobre nuestra propia vida, mantener nuestros vínculos y continuar aportando a la sociedad. No podemos diseñar las políticas para las personas mayores sin contar con ellas”.

Entonces, quizá la clave esté en desterrar la confrontación entre ciudad y pueblo y aceptar que todos los modelos son válidos para envejecer bien, siempre y cuando cumplan con determinadas condiciones: una oferta de servicios suficiente y apoyos necesarios para que las personas puedan mantener su autonomía, participar de manera activa en su comunidad y envejecer con dignidad, respetando sus derechos. “Un envejecimiento saludable no depende de vivir en el campo o en la ciudad, sino de que el lugar en el que vivimos nos permita envejecer con autonomía, seguridad y dignidad”, resume Quintanilla.

El entorno condiciona de forma directa cómo envejecemos. Lo hemos visto a la largo de estas páginas. “Reforzar los servicios sanitarios y sociales es fundamental, y también lo es actuar sobre la vivienda, la movilidad, la accesibilidad, las redes de proximidad y el edadismo, combatiendo sesgos y discriminación asociados a la edad”, concluye De la Fuente. No obstante, el envejecimiento saludable, remarca la antropóloga, “no depende solo de la atención que recibimos cuando aparecen dificultades, sino de las condiciones que nos permiten mantener y optimizar nuestra capacidad intrínseca durante más tiempo”.

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Marta S. Massó
Marta S. Massóhttps://entremayores.es/
Licenciada en Periodismo por la Universidad Pontificia de Salamanca. Cubre la información de nacional de entremayores y la edición de Galicia.

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