InicioA FondoMarije Goikoetxea: “La experiencia de soledad presenta características o modos de vivencias muy diferentes en cada persona”

Marije Goikoetxea - Psicóloga y colaboradora del Programa de Personas Mayores de Fundación La Caixa

Marije Goikoetxea: “La experiencia de soledad presenta características o modos de vivencias muy diferentes en cada persona”

Las palabras de Goikoetxea nos hacen reflexionar sobre temas como el cuidado de las personas, los pilares del buen trato o el impacto de la soledad. “El cuidado tiene que ser un bien público y salir del ámbito privado. Es una evidencia, pero también es un imperativo no escaquearse como sociedad de la parte que nos toca por pertenecer a una comunidad”, recuerda la psicóloga

P.- Desde Fundación La Caixa llevan más de una década trabajando para dar respuestas a la soledad no deseada de las personas mayores. Hagamos un pequeño balance, ¿se ha avanzado en este tiempo en la manera en la que se aborda este reto social?

R.- Desde mi colaboración con el programa he visto que, por una parte, cuando se empezó se trataba como un problema residual y poco a poco hemos sido conscientes de que ha habido que hacer una estrategia desde el Gobierno para este tema, porque es un problema importante de salud pública y de bienestar emocional público. En segundo lugar, y aquí creo que el propio programa ha ayudado mucho, ha sido ir haciendo avanzando hacia modos de abordaje de la sociedad cada vez con mayor nivel de validación y de eficacia. Y ya en tercer lugar, creo que ser conscientes de que los acompañamientos son cuestiones fundamentalmente de gratuidad y que nadie siente que su soledad disminuye porque le pagan a alguien por estar con él y que, en definitiva, es una cuestión en la que debe implicarse de alguna manera toda la sociedad. Es decir, no hablamos de otros problemas que pueden abordarse con una prestación concreta o un presupuesto, sino que en este caso precisamente, por lo que conlleva la experiencia de no ser reconocido como valioso, se necesitan relaciones. Y las relaciones difícilmente pueden hacerse al margen de la comunidad y solamente por especialistas.

P.- Como dice, estamos ante algo que va mucho más allá que un problema individual. Desde su experiencia, ¿qué es la soledad y qué impacto tiene sobre la vejez?

R.- Creo que ya el propio marco estratégico estatal habla claramente de soledades, en plural. Esto es esencial. Nos damos cuenta de que la experiencia de soledad presenta características o modos de vivencias muy diferentes en cada persona. Probablemente la experiencia de soledad que tiene un adolescente o un joven –que por cierto, casi el 25% entre 19 y 25 años de los jóvenes dicen que sufren experiencia de soledad, o sea que es una experiencia que transita a toda la población– es muy diferente de la de una persona mayor. Teniendo en cuenta esta particularidad, podemos decir que todas las experiencias tienen en común esa experiencia de malestar emocional y a veces, incluso, se convierte en sufrimiento, por lo que tiene pérdida de sentido en el cual una persona no se siente suficientemente valiosa y reconocida para las personas que le merecen la pena. Y es que hay mayores con muchísimas relaciones y, sin embargo, su experiencia de soledad es inmensa porque ninguna de esas personas que lo rodean son las que para ella tienen el poder de otorgarle estima o reconocimiento. Esa experiencia del “no valgo” o “no soy reconocida” es un sentimiento común en las diferentes experiencias de soledad. En el caso del envejecimiento, ya que es un proceso de muchas transiciones y pérdidas, probablemente el riesgo sea mayor porque lógicamente uno tiene un nivel de autoestima ya adquirida, aunque no haya personas, en función de cosas que ella misma reconoce como valiosas y que no necesita que desde fuera alguien se las reconozca.

P.- Lo hablábamos ahora mismo: ¿considera que medidas como la reciente aprobación del Marco Estratégico Estatal de Soledades suponen un avance en la dirección correcta hacia una manera eficaz de plantar cara a la soledad?

R.- Me parece que el diseño del marco como tal está muy bien hecho. Formo parte de un grupo de trabajo que desde el Comité de Bioética de España estamos haciendo también un informe sobre este tema y hemos tenido en cuenta este marco y todos los que existen, uno por cada comunidad. Yo vivo en un pueblo que se llama Munguía, que tiene un plan de soledad. Y en Bizkaia, la Diputación Foral tiene un plan para combatir la soledad, como también lo tiene el Gobierno Vasco. Del plan estatal me parece fundamentalmente positiva dos cosas: La primera, la insistencia que se hace en que hay que alcanzar una gobernanza coordinada de todos los que han empezado a hacer propuestas para el tema de la soledad, sobre todo las Administraciones públicas y organizaciones del tercer sector, para ir en la misma dirección y utilizar bien los recursos que tenemos. Lo que no sé es cómo se va a conseguir, porque todos sabemos de las dificultades que tenemos en este país para la coordinación entre las diferentes Administraciones. La otra cuestión que me parece relevante es que se establece como reto fundamental fortalecer el tejido comunitario y la cultura de la atención, del cuidado, de las interrelaciones entre las personas. Fortalecer el tejido comunitario es imprescindible para que las personas puedan cumplir el tercero de los retos del marco, que es tener apoyos relacionales en transiciones vitales. En ocasiones, al hablar de enfoque comunitario parece que nos referimos a una persona que tiene que incluirse en una comunidad. Creo que hay que pensar un poquito más allá. Es decir, hay una comunidad que necesita apoyos para que pueda establecer mecanismos relacionales entre las personas que pertenecen a ellas.

P.- Actualmente en España estamos asistiendo a una auténtica revolución en la manera de entender el cuidado. ¿Considera que, por fin, se le está otorgando el valor que merece?

R.- La revolución es además, casi diría yo, cultural. Hemos vivido con el ideal de ser una persona independiente y autosuficiente, es decir, el ideal era la autonomía. En este sentido, los cuidados son totalmente contraculturales, porque lo que hay detrás es alguien dependiente y ser dependiente de otros, de alguna manera, es percibido en nuestra cultura como una especie de humillación o de pérdida de dignidad. Es lo que nadie quiere. “No quiero ser una carga”, “no quiero ser dependiente”, “no quiero necesitar de otros”. Avanzar hacia un objetivo donde el fin no sea ser independiente, sino eliminar la exclusión, el sufrimiento, el aislamiento, la dominación... es totalmente contracultural. Por eso creo que estamos ante una revolución mucho más profunda de la que parece. Claro, esa revolución va unida a la feminista, por supuesto, porque antes esto se hacía por parte de las mujeres. Los hombres hacían lo productivo, nosotras lo reproductivo. Lo productivo se pagaba, entonces era valioso. Lo reproductivo no se pagaba, era gratuito, por tanto no era valioso. Entonces, colocar algo que no es valioso en un objetivo de una sociedad pues es una revolución.

P.- Usted sostiene que “ser cuidado debería ser un derecho universal”, pero ¿por dónde empezamos el reparto de responsabilidades sobre esta cuestión?

R.- Cuidar es un derecho y, además, creo que no se dice lo suficiente, pero también es una obligación. ¿Cómo repartimos esas responsabilidades? ¿Qué parte es de las personas que conviven conmigo? ¿Qué parte es de la comunidad en la que convivo? ¿Qué parte es del Estado que asegura que las necesidades de la vida diaria estén aseguradas y satisfechas?.. Cuando debemos organizar algo y compartir responsabilidades entre diferentes agentes, el tema se complica. Evidentemente el cuidado tiene que ser un bien público y salir del ámbito privado; eso es una evidencia. Pero también es un imperativo no escaquearse como sociedad de la parte que nos toca por pertenecer a una comunidad. Combinar estos dos niveles tiene su complejidad y, desde mi punto de vista, algunos intentos que estamos haciendo no están siendo demasiado buenos. Hemos conseguido que otras mujeres migradas y a bajo precio, vengan y lo hagan. Esto no parece que sea suficientemente justo en un Estado de derecho de que los cuidados, por lo menos los que generan las necesidades de las actividades básicas de la vida diaria, de nuevo no tengan el valor que se merecen.

Marije Goikoetxea es psicóloga y colaboradora del Programa de Personas Mayores de Fundación La Caixa.

P.- Desde el Programa de Personas Mayores de Fundación La Caixa apuestan por un concepto: envejecer con sentido. ¿De qué se trata o en qué consiste?

R.- Precisamente vinculando esto con lo que estábamos hablando, debo decir que el cuidado es una actividad que evidentemente conlleva una serie de acciones que son técnicas, pero se hacen dentro de un ámbito relacional. Es decir, yo puedo sentir que están duchándome bien o están dándome de comer lo necesario, pero que sin embargo para mí no tiene sentido seguir viviendo porque la relación que establezco con esa persona es una relación que a mí me hace sentir una carga. El sentido es la referencia a que lo que vivo, que puede ser una experiencia de ser dependiente o de ser más autónoma, me merece la pena. Es decir, lo que estoy viviendo me genera, en primer lugar, emocionalmente algún nivel de satisfacción, que no quiere decir que me lo esté pasando bien. Por ejemplo, puede ser que esté pasando una situación de gran apuro económico para ayudar a mis hijos a que puedan salir adelante y lo estoy pasando mal porque no llegamos al final de mes, pero a mí me merece la pena compartir mi pensión con mis hijos. Entonces, me hace sentir bien, es decir, me genera un nivel de satisfacción emocional. Otro elemento importante es que lo que yo hago vale no solo para mí, sino que vale para otros. Otro ejemplo: a mí me están dando de comer y esa persona tiene un puesto de trabajo gracias a mí. Entonces, yo soy dependiente, pero ella también es dependiente, ¿no? Y en tercer lugar, creo que hay un elemento importante y es que no es una acción puntual, sino que tiene una continuidad, un proyecto, un futuro. Tiene un propósito. Por tanto, el propósito puede ser personal o grupal, o familiar. Creo que a veces pensamos solamente el primer nivel, que algo sea satisfactorio para mí, es suficiente para que tenga sentido. Y eso es necesario, pero no vale. O sea, además de que me genere satisfacción, tengo que darme cuenta de que sirve también para otras personas porque otras personas lo estiman y lo valoran.

P.- Y aun así, a veces llega esa pérdida de sentido y el sufrimiento. ¿Cómo puede recuperarse?

R.- Lo mismo que el cuidado tiene una parte de autorresponsabilidad, también el sentido tiene una parte de voluntad, es decir, yo quiero encontrar sentido. A veces te encuentras con personas que no tienen ya esa voluntad de volver a recuperar el sentido y todo lo demandan fuera, y lo que hacen es quejarse una y otra vez, porque lo que reciben no es lo que necesitan.

P.- Finalmente, teniendo en cuenta todo lo que estamos hablando, ¿qué pilares deben sustentar el buen trato a las personas mayores?

R.- Destacaría tres. El primero y más básico creo que son los derechos, no discriminar a las personas mayores por edad en ninguno de sus derechos. Los derechos son universales y por tanto quiere decir que son para todos y todas. Una persona puede renunciar a él, o sea, puedo renunciar a mi derecho a la propiedad, pero lo que nadie puede hacer es eliminar mi derecho a la propiedad porque cree que otro la va a manejar mejor que yo para mí, ¿no? A veces eliminamos derechos en un plumazo sin darnos cuenta. Lo segundo es la heterogeneidad. Las personas somos cada una diferentes y cada una distintas. No es soledad, sino soledades. “Cada persona es un viaje”, que diría el escritor Ramón Bayés. Y como cada viaje ha sido distinto, hay personas que jerarquizan sus derechos de manera diferente y que incluso hay cosas que no son derechos, para ellas son imprescindibles. El respeto y el apoyo a cada persona en su diferencia, creo que es la segunda cuestión indispensable. La tercera, me atrevo a decir que la estamos perdiendo o por lo menos dándole menos valor, es el modo en que nos relacionamos con las personas mayores. La amabilidad, escuchar con calma, explicar las cosas de manera más sencilla, reconocer que sus valores culturales no son los míos, etcétera. Todo este modo de relación es el que hace que yo, cuando alguien me atiende en cualquier lugar, me sienta bien tratada, incluso aunque no tenga el recurso para satisfacer mi derecho o mi necesidad. Esta parte, con la prisa que llevamos todos en nuestro día a día, a veces la olvidamos. Es cierto que nos hemos centrado tanto en reivindicar los derechos que, en cierta manera, nos hemos quedado ahí. Y, efectivamente, hay mucho más.

Lo más visto

Marta S. Massó
Marta S. Massóhttps://entremayores.es/
Licenciada en Periodismo por la Universidad Pontificia de Salamanca. Cubre la información de nacional de entremayores y la edición de Galicia.

Más información