Cuidados de largo recorrido
A mediados de marzo, el Gobierno publicó un real decreto para crear y regular la llamada Comisión interministerial para la transformación y sostenibilidad de los cuidados de larga duración; un órgano cuyo nombre ya da las primeras pistas del momento que atraviesa el sector y del calado de las medidas que necesita.
Por lo que deja entrever simplemente su enunciado, será una comisión que busque soluciones necesariamente transversales, que atraviesan y competen a varios ministerios, lo que no solo exige una gran coordinación, sino también una visión global que atienda de qué manera afecta cada decisión a cada departamento. Será, además, un instrumento que busque el cambio (la transformación), lo que implícitamente reconoce cierta obsolescencia o desfase actual. Por último, será un medio que persiga la sostenibilidad a largo plazo, reconociendo de nuevo que, de seguir por los mismos derroteros, nos espera un futuro insostenible, inestable.
En términos prácticos, esta comisión nace como un espacio de coordinación política y técnica para repensar el modelo de cuidados en España. Su función no será tanto la gestión directa como la planificación estratégica: analizar el sistema, identificar sus debilidades y proponer líneas de acción que permitan garantizar cuidados dignos, accesibles y, como decimos, sostenibles. La clave está en su carácter interministerial, que obliga a abordar los cuidados no solo desde los servicios sociales, sino también desde la sanidad, el empleo, la vivienda o la financiación pública, entre otros ámbitos. Parece, por tanto, un intento de dejar atrás las respuestas fragmentadas para avanzar hacia una política integral, que de verdad se anticipe al envejecimiento de la población y a la creciente demanda sociosanitaria.
Sin embargo, el punto de partida no es sencillo. El déficit de profesionales es ya estructural y afecta tanto a la calidad del servicio como a su capacidad de crecimiento. A ello se suma la falta de plazas residenciales, especialmente en determinados territorios, que genera listas de espera y desigualdades en el acceso. Las condiciones laborales, la dificultad para atraer y retener talento, o la escasa coordinación entre recursos sanitarios y sociales completan un diagnóstico tan conocido como complejo. Es decir, ninguna de estas carencias es puntual, en realidad, se trata de los síntomas de un modelo tensionado que necesita reformas profundas.
En este contexto, conviene recordar que ‘transformar’ no se conseguirá improvisando o virando el rumbo cada pocos años. Desde luego, no se logrará en unos meses ni en un año. Las patronales y otros actores del sector han reclamado, de forma inmediata y legítima, un papel activo desde el inicio en el proceso. Sin embargo, puede que esa petición sea apresurada, ya que ni siquiera se ha podido constituir todavía el propio órgano, que tiene un plazo máximo de dos meses desde la entrada en vigor de este real decreto, es decir, hasta el 19 de mayo.
Por otro lado, y aunque la composición de su pleno recaiga en las Administraciones estatales competentes, la comisión se reserva la posibilidad de colaborar y servirse del asesoramiento de expertos en las materias que vayan tratando. Es aquí donde creemos que las entidades deberán participar, aportando su conocimiento y experiencia, “con voz, pero sin voto”, como apuntan en el real decreto. No obstante, antes de actuar, toca pensar, escuchar, ordenar y recabar información.
Porque esa es, probablemente, la primera gran tarea de esta comisión: disponer de información fiable, completa y compartida. ¿Sabemos, por ejemplo, con exactitud cuántas plazas residenciales para personas mayores faltan, dónde y en qué condiciones? Hay diferencias de miles, en función de los datos que consultemos. ¿Conocemos con precisión las necesidades presentes y futuras de los profesionales? ¿Tenemos indicadores homogéneos que permitan evaluar la calidad del sistema? Sin respuestas sólidas a estas preguntas, cualquier reforma corre el riesgo de ser parcial o ineficaz.
Tal vez por eso, más que correr, convenga avanzar con un ritmo sostenido, pero consciente. Transformar los cuidados exige tener claras las prioridades: saber qué es lo más importante antes de decidir cómo hacerlo. Y hoy, lo importante pasa por sentar unas bases firmes de conocimiento, incorporar después a quienes mejor conocen el terreno y, a partir de ahí, construir con decisiones informadas. Vísteme despacio que tengo prisa, que decía el refranero popular.
