Carolina Mir / Médica de familia y comunitaria y coordinadora del grupo de trabajo de Atención al Mayor de la semFYC
Carolina Mir: “La polimedicación no es inocua; tiene consecuencias clínicas directas que a menudo confundimos con el propio envejecimiento”
Pregunta.- La polimedicación afecta a casi el 30% de los mayores de 65 años en España, aumentando significativamente en mayores de 85 años. ¿Hablamos, entonces, de un fenómeno asociado al envejecimiento?
Respuesta.- No es solo una cuestión de edad, sino de complejidad y cronicidad. Si bien es cierto que al cumplir años acumulamos patologías, la polimedicación (consumir cinco o más fármacos) a menudo es la respuesta de un sistema fragmentado a esa acumulación. Más que un «fenómeno del envejecimiento», es una consecuencia de la multimorbilidad. El problema no es solo cumplir años, sino que el abordaje médico tradicional ha sido «una pastilla para cada síntoma», lo que en un paciente de 85 años con cinco patologías distintas se traduce inevitablemente en una lista de fármacos inmanejable.
P.- ¿Es preocupante si no se aborda a tiempo? ¿Cuáles son los peligros o consecuencias más alarmantes de la polimedicación en personas mayores?
R.- Es extremadamente preocupante. La polimedicación no es inocua; tiene consecuencias clínicas directas que a menudo confundimos con el propio envejecimiento. Las más alarmantes son: Reacciones Adversas (RAM): El riesgo de interacción crece de forma exponencial con cada fármaco añadido; Caídas y fracturas: Muchos fármacos afectan al equilibrio o la tensión arterial, provocando ingresos hospitalarios; Deterioro cognitivo: La carga anticolinérgica de ciertos medicamentos puede causar confusión o pérdida de memoria; y Cascada terapéutica: El error más grave; tratar el efecto secundario de un fármaco con un segundo fármaco, entrando en un bucle peligroso.
P.- El Ministerio de Sanidad publicó recientemente un informe en el que se refleja la elevada prevalencia de polimediación en edades avanzadas y su estrecha relación con la presencia de patologías crónicas. ¿Considera que, de alguna manera, nuestro sistema sanitario ha estado centrando más su atención en el fármaco que en la propia persona?
R.- Totalmente. Hemos vivido décadas bajo el paradigma del «centrismo en la enfermedad» y las guías clínicas verticales. Las guías están diseñadas para un paciente ideal con una sola patología, pero ese paciente no existe en nuestras consultas de primaria. El sistema ha incentivado el cumplimiento de objetivos terapéuticos aislados (bajar el colesterol a toda costa, controlar la glucemia rígidamente) sin mirar el contexto global de la persona. Debemos transitar hacia una Medicina Centrada en la Persona, donde la pregunta no sea «¿qué fármaco le falta para cumplir la guía?», sino «¿qué fármaco le sobra para mejorar su calidad de vida?».
P.- Los profesionales de Medicina Familiar y Comunitaria apuntan que la deprescripción no debe resumirse en un simple “quitar tratamientos”. ¿Qué aspectos debe englobar, entonces, y qué pasos debe abarcar para que este proceso sea seguro?
R.- La deprescripción es un acto clínico de alta precisión, tan importante o más que prescribir. No es «quitar por quitar»; es un proceso planificado que incluye: Revisión integral: Analizar cada fármaco y su indicación actual (¿sigue siendo necesario?); Identificación de fármacos potencialmente inadecuados (FPI): Utilizar criterios científicos (como los criterios STOPP/START); Priorización y consenso: Acordar con el paciente y su familia qué objetivos son prioritarios (funcionalidad vs. supervivencia a largo plazo); y Monitorización: Retirar de forma gradual y vigilar la reaparición de síntomas o el síndrome de abstinencia.
P.- Con este escenario, parece urgente el desarrollo de aplicar la deprescripción en la práctica médica habitual, lo que implicaría un cambio de la tendencia que hemos tenido hasta ahora. ¿Debería reforzarse la formación de los profesionales en este sentido para acompañar a este cambio de tendencia?
R.- Es imprescindible. Existe una inercia terapéutica y, a veces, un «miedo» al cambio tanto en el profesional como en el paciente. Muchos médicos temen que retirar un fármaco se perciba como una desatención o que empeore el pronóstico. Necesitamos formación no solo en farmacología, sino en comunicación y toma de decisiones compartidas. Debemos empoderar al médico de familia para que se sienta seguro liderando la deprescripción y para que sepa explicar al paciente que, en medicina, «menos es más» cuando hablamos de fragilidad.
P.- El objetivo final es mejorar la salud del paciente. ¿Podríamos afirmar que deprescribir sería una práctica beneficiosa y que, por tanto, implicase un mejor cuidado del paciente?
R.- Sin ninguna duda. Deprescribir es optimizar la terapia. Al reducir la carga farmacológica innecesaria, disminuimos los ingresos hospitalarios, mejoramos la adherencia a los fármacos que sí son vitales y, sobre todo, devolvemos autonomía al paciente. Un paciente menos medicado suele ser un paciente con menos riesgo de caídas, más alerta y con una mejor percepción de su propia salud. Deprescribir es, en esencia, un acto de prudencia y respeto hacia la biografía del paciente mayor.
