El desempleo prolongado deteriora la salud mental de las personas mayores de 45 años
El Observatorio de la Vulnerabilidad y el Empleo de la Fundación Adecco, con el apoyo de Acción Social de Caja Rural de Navarra, presenta el 18º informe #TuEdadEsUnTesoro, un análisis que basa sus conclusiones en una encuesta a 936 profesionales mayores de 45 años en búsqueda activa de empleo, de los cuales un 53% es parado de larga duración, es decir, lleva más de un año sin trabajo. La encuesta ha contado con la participación de personas sénior de todas las comunidades autónomas.
Este análisis pone de relieve una paradoja: para las personas sénior, el empleo es un elemento aún más vital -si cabe- para completar cotizaciones de cara a la jubilación, atender responsabilidades familiares, afrontar gastos esenciales (como la hipoteca) o preservar su identidad profesional. Sin embargo, son precisamente ellas quienes encuentran más barreras para acceder al mercado laboral, en una etapa vital que debería estar marcada por la realización personal y profesional.
“España se encuentra en pleno récord de envejecimiento y el talento sénior tiene un peso cada vez mayor en nuestra fuerza laboral: las personas mayores de 45 años ya representan el 42,1% de la población activa y están llamadas a desempeñar un papel fundamental en la sostenibilidad económica y social del país. Sin embargo, persisten prejuicios, estereotipos y barreras que expulsan a miles de profesionales sénior del mercado laboral, lastrando la competitividad de nuestras empresas. Desde la Fundación del Grupo Adecco queremos visibilizar esta realidad e impulsar una apuesta decidida por el talento sénior, que es absolutamente clave e imprescindible para afrontar los desafíos demográficos, económicos y sociales”, señala Francisco Mesonero, director general de la Fundación Adecco.
En efecto, actualmente en España se contabilizan 12,5 millones de personas mayores de 45 años que tienen empleo o lo buscan-el 50,1% -.de los 25 millones que conforman población activa. Precisamente, una de las consecuencias menos visibles de esta exclusión laboral es su impacto sobre el bienestar emocional y la salud mental de las personas sénior, una dimensión que cobra especial protagonismo en esta edición del informe.
“Cuando hablamos de desempleo sénior, los titulares suelen centrarse en las cifras de paro, en la dificultad para encontrar trabajo o en las consecuencias económicas de permanecer fuera del mercado laboral. Sin embargo, se presta menos atención al desgaste emocional y psicológico que provoca permanecer fuera del mercado laboral durante largos periodos de tiempo. Detrás de cada cifra hay personas que sienten que pierden autoestima, propósito y visibilidad social. El empleo no solo aporta ingresos: también aporta identidad, reconocimiento, relaciones sociales y bienestar emocional”, añade Begoña Bravo, directora de Inclusión de la Fundación Adecco.
A MÁS EDAD, MAYOR CRONIFICACIÓN DEL DESEMPLEO
La cronificación del desempleo se intensifica entre las personas sénior. A medida que aumenta la edad, también lo hace la dificultad para reincorporarse al mercado laboral. Así, el paro de larga duración afecta al 35,1% del conjunto de la población desempleada, pero asciende al 45,2% entre los mayores de 45 años y alcanza el 53% entre los mayores de 55.
En términos absolutos, más de medio millón de personas sénior -515.500 demandantes de empleo mayores de 45 años- llevan más de un año buscando trabajo sin éxito. Esta realidad evidencia que el desempleo sénior es más persistente y más difícil de revertir.
“Los datos muestran con claridad que la edad actúa como un acelerador de la cronificación del desempleo. A partir de los 45 años, y especialmente desde los 55, cada mes fuera del mercado laboral reduce las oportunidades de retorno y aumenta el riesgo de exclusión profesional. Muchas personas sénior llegan a la Fundación Adecco después de trayectorias laborales muy largas o tras periodos prolongados dedicados al cuidado familiar. Algunas necesitan actualizar competencias o aprender a moverse en un mercado laboral que ha cambiado profundamente, pero el gran freno sigue siendo el edadismo: prejuicios que asocian la edad con obsolescencia, menor flexibilidad o mayores costes laborales. Todo ello genera dificultades económicas, pero también una pérdida progresiva de autoestima, confianza y visibilidad social”, señala Bravo.
La mayoría de las personas sénior en desempleo de larga duración reconoce que permanecer más de un año fuera del mercado laboral tiene un fuerte impacto emocional y acaba pasando factura a su salud mental.
Así, el 56,8% de las personas encuestadas expresa que el desempleo prolongado le ha hecho perder “completamente” la autoestima, mientras que un 31,4% asegura que le afecta “bastante”. Solo un 11,7% afirma que esta situación no tiene impacto sobre su autoestima. En otras palabras, cerca de 9 de cada 10 personas sénior en desempleo de larga duración (88,2%) reconoce algún grado de afectación emocional derivada de permanecer tanto tiempo sin trabajo.
El desempleo puede afectar a la salud mental de cualquier persona, pero en el caso de los profesionales sénior sus efectos suelen intensificarse. A partir de cierta edad, la pérdida del empleo no solo implica una interrupción de ingresos, sino también una ruptura con rutinas, vínculos sociales, proyectos de vida y trayectorias profesionales construidas durante décadas. Además, las mayores dificultades para volver a encontrar trabajo, la percepción de discriminación por edad o la sensación de que las oportunidades se reducen con el paso del tiempo pueden generar una vivencia especialmente difícil. Por todo ello, las personas sénior suelen describir este proceso como una pérdida progresiva de confianza y de reconocimiento social. A medida que pasan los meses sin encontrar empleo, pueden aparecer sentimientos de frustración, aislamiento o invisibilidad, especialmente cuando perciben que su experiencia deja de valorarse o que su candidatura es descartada sistemáticamente sin recibir una explicación.
Según Bravo, "el trabajo no solo aporta ingresos. También estructura el tiempo, genera relaciones sociales, proporciona reconocimiento y contribuye a construir identidad y sentido de propósito. Cuando desaparece, especialmente de forma prolongada, se rompe gran parte de ese equilibrio psicológico. En el caso de las personas sénior, este impacto suele ser aún más intenso, porque hablamos de profesionales que han construido gran parte de su identidad alrededor de su trayectoria laboral”.
LA INVISIBILIDAD SOCIAL, OTRA CARA DEL DESEMPLEO SÉNIOR
La sensación de invisibilidad social es una de las consecuencias más extendidas del desempleo sénior. El 53,2% de las personas encuestadas asegura sentirse infravalorada o invisible debido a su situación laboral, una percepción que va más allá de la falta de empleo y que afecta directamente a su autoestima, reconocimiento y bienestar emocional.
Esta vivencia se traduce en la idea de que sus opiniones, experiencia y aportación han dejado de ser tenidas en cuenta.
Además, un 26,3% afirma experimentar esta sensación “a veces”, lo que significa que cerca de 8 de cada 10 personas sénior en desempleo (79,5%) han sentido, con mayor o menor intensidad, una pérdida de visibilidad social vinculada a su salida del mercado laboral. Solo el 20,4% declara no sentirse así. Algunas respuestas de la encuesta reflejan esta realidad: “Lo más duro no es solo no encontrar trabajo, sino sentir que ya no cuentan contigo. Pasas de tener responsabilidades y experiencia a sentir que nadie espera nada de ti.” “Con el tiempo acabas dudando de ti misma. Piensas: ‘si nadie me llama, quizá el problema soy yo.” “Quizá deberíamos preguntarnos más a menudo cómo se sienten las personas sénior cuando encadenan meses, e incluso años, buscando empleo sin obtener respuesta. Detrás de cada candidatura descartada hay una persona que empieza a sentirse invisible y que percibe que su voz ha dejado de tener valor. Poco a poco puede generarse un autoestigma que afecta también a las relaciones sociales: personas que dejan de acudir a encuentros por incomodidad -incluso vergüenza-, que se aíslan progresivamente o que sienten que ya no pueden aportar lo mismo a su entorno”. señala la directora de Inclusión de la Fundación Adecco.
Llama especialmente la atención el peso de las motivaciones psicológicas y sociales en la búsqueda de empleo. Aunque la necesidad de ingresos y de cotizar para garantizar una pensión digna sigue siendo el principal motor -señalada como “muy importante” por el 77,3% de las personas encuestadas-, el componente emocional adquiere también un protagonismo muy significativo: el 65% considera muy importante encontrar empleo por razones psicológicas, al considerar que estar desempleado/a afecta directamente a su bienestar emocional y a su sentido de propósito.
Además, casi la mitad (47,5%) concede una gran importancia a las motivaciones sociales, como volver a sentirse parte de un equipo, mientras que un 40% sitúa entre sus principales motivaciones la vocación y el deseo de seguir desarrollándose en su profesión o sector. Los datos reflejan así que, para muchas personas sénior, el empleo no solo representa estabilidad económica, sino también identidad, reconocimiento y bienestar emocional.
LA BARRERA DEL EDADISMO ESTRUCTURAL
La discriminación por edad continúa siendo una de las principales barreras que afrontan las personas sénior en el mercado laboral. En este sentido, siguen presentes estereotipos que asocian la edad con una menor flexibilidad, una supuesta obsolescencia de competencias o mayores costes laborales. De hecho, el 75% asegura haber experimentado algún tipo de edadismo en los últimos dos años, ya sea de forma explícita (47,9%) o indirecta (27,1%), durante los procesos de selección. La discriminación se percibe especialmente en las fases iniciales del proceso de selección: 7 de cada 10 personas sénior sienten que su candidatura no supera el primer filtro y queda descartada antes incluso de llegar a una entrevista. Esta percepción apunta a sesgos asociados a la edad que operan desde el propio currículum, vinculados a prejuicios sobre la capacidad de adaptación, la actualización de competencias o los costes laborales.
Cuando logran avanzar en el proceso, los estereotipos persisten. Un 48,7% afirma haber sentido discriminación durante la entrevista de trabajo. Aunque esto último rara vez se expresa de forma explícita, muchas personas sénior intuyen este sesgo en el tono de la entrevista, en las preguntas planteadas o en la falta de interés por su trayectoria y experiencia.
Además, un 20,8% considera que las pruebas, formatos o dinámicas de selección favorecen a candidatos de menor edad y no valoran adecuadamente la experiencia o la madurez profesional. Es el caso, por ejemplo, de procesos excesivamente automatizados o dinámicas grupales muy orientadas a perfiles jóvenes, centradas en códigos y formas de interacción que no siempre permiten valorar adecuadamente competencias clave, habitualmente presentes en las personas sénior, como el criterio profesional o la toma de decisiones.
El edadismo también se manifiesta dentro de las propias organizaciones. En este sentido un 10,2% de las personas encuestadas asegura haber percibido discriminación una vez incorporadas a la empresa, ya sea a través de una menor confianza en sus capacidades, menos oportunidades de promoción o dificultades para acceder a proyectos de responsabilidad frente a perfiles más jóvenes. Las personas sénior, cada vez más abiertas al cambio profesional En contra de lo que todavía sugieren algunos estereotipos, los profesionales mayores de 45 años en 2026 muestran una elevada capacidad de adaptación y una clara disposición a seguir aprendiendo. Así, el 55,7% estaría dispuesto a formarse en un sector diferente al de su experiencia previa, mientras que un 23,9% también lo haría si la formación es gratuita y un 12,7% si está vinculada a oportunidades reales de empleo. Frente a ello, solo un 7,7% rechaza de forma rotunda la posibilidad de formarse.
“Las personas sénior vienen demostrando en los últimos años una flexibilidad creciente y una mayor conciencia de que el mercado laboral se transforma a gran velocidad. Cada vez son más conscientes de que la experiencia, por sí sola, no basta si no va acompañada de actualización, aprendizaje permanente y adaptación a las nuevas demandas profesionales. También seguimos encontrando casos de resistencia, especialmente en personas con trayectorias muy dilatadas que consideran que ya no necesitan formarse. En estos casos, nuestro trabajo consiste en acompañarlas para que puedan cambiar esa mentalidad, dotándoles de herramientas para que su experiencia y conocimiento se conviertan en un verdadero valor añadido en el mercado laboral actual”, señala Bravo.
EL VALOR DIFERENCIAL DEL TALENTO SÉNIOR
Las personas sénior cuentan con competencias especialmente valoradas por las organizaciones en un contexto marcado por la transformación, la incertidumbre y la necesidad de construir equipos diversos. Su trayectoria profesional les permite aportar visión estratégica, templanza, capacidad de análisis y una comprensión profunda de los entornos de trabajo.
En este sentido, reivindican el valor diferencial que pueden aportar a las empresas. Entre los atributos más destacados por ellos mismos destacan la experiencia, señalada por el 64%; la madurez, por el 57%; el pensamiento crítico, por el 46%; las habilidades sociales, por el 39%; y la toma de decisiones, por el 31%.
Lejos de la imagen estereotipada que a menudo se proyecta sobre el talento sénior, las personas mayores de 45 años muestran una actitud cada vez más abierta hacia la tecnología y una creciente disposición a incorporarla a su vida profesional. En efecto, las nuevas tecnologías pueden convertirse en una palanca para mejorar la empleabilidad sénior, y así lo percibe una mayoría de las personas encuestadas. De hecho, el 62,3%, lejos de considerarlas una barrera para encontrar empleo, las perciben como aliadas, en la medida en que pueden facilitar la búsqueda de oportunidades, mejorar la preparación de candidaturas, actualizar competencias o favorecer el acceso al teletrabajo. Sin embargo, un 37,7% sí las identifica como un obstáculo.
Esta percepción responde, en parte, al temor a no contar con competencias digitales suficientes o a que la tecnología y la inteligencia artificial puedan sustituir determinados perfiles mediante la automatización de tareas, especialmente aquellas más repetitivas. No obstante, los datos también muestran que el problema no es tanto una falta de interés, sino la existencia de barreras concretas en el acceso, uso y aprendizaje de estas herramientas.
Así, aunque el 42% afirma no encontrar ninguna barrera en su interacción con las nuevas tecnologías, un 58% sí reconoce algún tipo de dificultad. Entre ellas destacan las barreras formativas y de usabilidad (41,5%), vinculadas a la complejidad de determinadas herramientas; la falta de confianza o el miedo a equivocarse; y las barreras económicas (27%), relacionadas con la dificultad para adquirir y/o acceder a dispositivos adecuados, conexiones de calidad o formación especializada. Además, un 6,7% señala barreras de accesibilidad, al considerar que algunas soluciones digitales no están adaptadas a sus necesidades físicas, sensoriales o cognitivas.
En el caso de la inteligencia artificial, su uso empieza a abrirse paso en la búsqueda de empleo sénior. Muchas personas mayores de 45 años ya la utilizan para redactar o mejorar el currículum, buscar información sobre ofertas o empresas, preparar candidaturas o entrenar entrevistas de trabajo (65%). Aun así, existe todavía un amplio margen de aprendizaje: un 31,6% no la utiliza, pero le gustaría aprender, mientras que un 3,4% afirma que no la usa ni tiene interés en hacerlo. Estos datos apuntan a una oportunidad clara: acercar la tecnología y la IA al talento sénior desde un enfoque práctico, accesible y acompañado, para que se conviertan en aliadas reales de su empleabilidad.
