La felicidad o algo parecido
“El dinero no da la felicidad, pero procura una sensación tan parecida, que necesitaríamos un especialista muy avanzado para verificar la diferencia”. Esta frase, que se atribuye a Woody Allen, resume con cierto sarcasmo hasta qué punto es importante la economía para el bienestar personal. En la actualidad, hablamos mucho de la longevidad en buena salud, lo de vivir muchos años y de calidad, pero también cabría preguntarnos si nos la podemos permitir en las circunstancias actuales o, peor, en las que avistamos en el horizonte.
De primeras, no hace falta ser un experto para entender que, si queremos vivir más años, necesitamos una profusa vida laboral y una pensión capaz de financiar durante más tiempo nuestra jubilación. Es decir, precisamos una cartera que nos permita resistir más años, también cuando no contemos con ingresos laborales y aumente nuestro gasto sanitario. Sin embargo, los datos relacionados con el paro, el emprendimiento sénior o las pensiones no parecen muy alentadores.
Según un informe de Fundación Mapfre, desde la crisis económica de 2008, el paro en España de las personas que superan los 55 años casi se ha duplicado: más de medio millón de mayores engrosaron las colas del paro en 2024, lo que supone una tasa del 10%, muy superior al 4% europeo. Por si esto fuera poco, el 62% de estos desempleados sénior son parados de larga duración, es decir, que llevan más de un año buscando empleo. Esto sugiere que la longevidad se enfrenta a un primer problema estructural: las personas viven más años, pero encuentran enormes dificultades para mantenerse en el mercado laboral. El mismo estudio explica que esta situación ha favorecido el emprendimiento a edades avanzadas, una vía a tener en cuenta para permanecer activos a nivel laboral. El inconveniente que encontramos a esta deriva no es el emprendimiento en sí, que puede ser una oportunidad y se debe incentivar, sino la motivación que nos lleva a intentarlo. La principal causa para ser autónomo o montar una empresa es la escasez de ofertas laborales. El 57% de los emprendedores de entre 55 y 64 años afirma que lo hace para “ganarse la vida”. Esto es, por necesidad, no por vocación.
Incluso para quienes consiguen mantenerse activos hasta una probable jubilación tardía, la incertidumbre económica tampoco desaparece. En la actualidad, muchas personas acceden a pensiones insuficientes al final de su etapa laboral y no parece probable que esto mejore a corto plazo. Algunos expertos ya hablan de la llamada generación NEM (No Enough Money) caracterizada por trayectorias profesionales inestables, salarios que han perdido poder adquisitivo, una elevada temporalidad que genera lagunas de cotización y una menor capacidad de ahorro debido al encarecimiento de la vivienda. ¿Cómo encaja este perfil en una vida longeva? “Malamente”, que diría Rosalía.
Otro paradigma de la pensión insuficiente, y quizá el más preocupante, lo encontramos en las trabajadoras del hogar que, de forma encubierta, también se encargan de cuidar a personas mayores. Según un reciente informe de Oxfam Intermón, cerca de 160.000 se acercan a la jubilación sin garantías de una pensión suficiente. Todo ello tras décadas de empleo precario y sin derechos reconocidos. ¿No les parece una irónica contradicción social? ¿La de una sociedad obsesionada con la longevidad que necesita cuidados y que, sin embargo, aboca a sus miles de cuidadoras a una precaria jubilación? ¿En la que menos de la mitad acceden a una pensión contributiva y muchas no ven otra salida que seguir trabajando incluso después de la edad de jubilación? ¿Cómo es mínimamente aceptable que las personas que han sostenido los cuidados y que hacen posible una vida más larga y digna sean, precisamente, algunas de las que afrontan una vejez más vulnerable?
La cuestión de la longevidad no es solo cuánto vivimos, sino cómo la sostenemos y con qué recursos. Así, la economía deja de ser un asunto técnico para convertirse en algo mucho más humano: la base misma del bienestar. Vivir más años cobra sentido si nos los podemos costear, si nos los podemos permitir, porque ahí es donde reside la verdadera felicidad. Y si no se trata de felicidad, “procura una sensación tan parecida, que necesitaríamos un especialista muy avanzado para verificar la diferencia”.
