jueves, 5 febrero 2026
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Alejandro Luaces / Músico. Impulsor del Proyecto ‘En modo mayor’

Luaces: “La música actúa como eje en momentos de incertidumbre social, produciendo una fuerte cohesión entre las personas”

Hace 15 años que Luaces detectó “una romantización gratuita de la vejez y de la soledad”, un hecho que le empujó a querer sumar y adentrarse en un proyecto encaminado a romper las dinámicas de aislamiento, sedentarismo y soledad que sufren muchos mayores, siempre con el ritmo como hilo conductor, porque este juglar del siglo XXI tiene claro que la música en vivo puede unir a las personas y que “debe estar en la receta electrónica como activo de salud”

Prehunta.- Su trayectoria siempre ha estado vinculada a colectivos vulnerables con la música como hilo conductor. ¿En qué consiste el concepto de ‘salubrismo musical’?

Respuesta.- Acudimos a cantar a los hogares de personas con problemas de movilidad, de accesibilidad, o con dificultades para mantener su red social. Lo comunitario es mucho más que gestionar recursos institucionales y queremos desbordarlos con la música en vivo, siendo parte del contexto social con talleres regulares, conciertos participativos o corales amateur, en colaboración con otras personas y agentes: terapeutas ocupacionales, trabajadores sociales, sanitarios, consejos de salud, asociaciones, ayuntamientos, bibliotecas, vecinas, etcétera. El salubrismo musical es un término que acuñamos hace unos años por influencia del gran trabajo comunitario de colectivos latinoamericanos. Consideramos que la persona está en un proceso social (no biológico) de salud, que el código postal es más importante que el genético. “Que el lugar y las condiciones de vida son muy importante para la salud y que la biografía es más importante que la biología” (M.Ramos). Asumimos la soledad relativa por estar en este marco de trabajo. Aunque somos minoría en España, el nivel de aceptación social es muy alto. En su momento trabajé con presos y presas, ahora con personas mayores. El ser humano está atravesado por multitud de factores ambientales, es un ser biopsicosociocultural. Hay barreras epistemológicas (ideológicas) del marco de la musicoterapia hegemónica y de una parte del funcionariado del ámbito educativo, donde trabajo, que nos limitan estructuralmente. Ponemos ilusión e intención en el diálogo igualitario, en la relación intra e interpersonal a través de la música en vivo, inhibiéndonos para que otros puedan ser. Trabajamos con la parte sana de la persona: la música como activo de salud.

P.- Hoy está comprometido con un reto: romper las dinámicas de aislamiento, sedentarismo y soledad que sufren muchos mayores. ¿En qué momento de su vida surge la idea de impulsar este proyecto?

R.- Por mi conexión radical con las personas mayores y con su manera tan interesante de entender la cotidianidad. Dedico tiempo a estos talleres porque me siento querido haciéndolo y porque creo que tienen un impacto individual y colectivo positivo. Además, es necesario analizar, desde la acción, el resultado de inequidad en observatorios, universidades, fundaciones… También en algunas organizaciones y asociaciones a lo largo de estos años. Surge hace 15 años en Teruel, intentando escapar del buenismo discursivo, de la ingenuidad socialdemócrata mayoritaria y de la evitación del conflicto salubrista, propio del privilegio de los y las que no sufren fuertes determinismos socioeconómicos para cuidar su salud. En este contexto aparece. Vi que no existía un proyecto político para una vejez digna y quería sumar, detectando además una romantización gratuita de la vejez y de la soledad. Esta romantización llega desde contextos académicos y económicos privilegiados: un brindis al sol para las personas de abajo. Lo describe muy bien Herena Coma en su tesis Cuidados, envejecimiento y migración: “un sistema de protección social, educativo o sanitario para pobres, será pobre”. Nuestras políticas públicas en lo social, sanitario y cultural, deben mirar con respeto y ternura política a las rentas más pobres. También a las políticas musicales.

P.- En los últimos años hablamos mucho de soledad no deseada entre los mayores. ¿Puede la música servir como herramienta de prevención a esos efectos negativos que el aislamiento provoca en las personas de más edad que lo sufren?

R.- El escritor Robert Browning dice que “el que escucha música siente que su soledad, de repente, se puebla”. Pero no todas los aislamientos o soledades son iguales ni tienen la misma solución. Hay tantas soledades como personas. El amor y la ternura hacia las personas son el eje de rotación de nuestro trabajo en común, pero las soledades nocivas suele tener causas estructurales: culturales, socioeconómicas, relacionales, productivas.., que no estamos abordando por cuestiones principalmente políticas: de modelo de vida. Nuestras sociedades se caracterizan por dejar amplios grupos de personas en el margen. Por la falta de empatía, solidaridad, fraternidad y tiempo. España es uno de los principales consumidores de psicofármacos del mundo y el sentimiento de soledad tiene mucho que ver en esto. Ahora bien, la soledad es algo complejo y poliédrico, con una alta carga de subjetividad. En la gira que hemos realizado vemos que la música une a las personas, pero también las puede separar. Las sociedades con diferencias socioeconómicas como la nuestra, tienen ecosistemas musicales claramente clasistas. La música en sí misma, no tiene capacidad de cambiar nada. Muchos músicos sinfónicos se pasean puntualmente por lugares donde sigue instaladas plácidamente la soledad, la pobreza, el aislamiento social… Estos proyectos son autorreferenciales, reiteran la inequidad con dinero público y son claramente ineficientes en el marco que estamos planteando. Por ello, la asunción y la práctica de las tesis de la no violencia en lo social, supone arriesgar nuestros privilegios para intervenir. La música es únicamente una herramienta más. Eso sí, puede abordar todas los vértices de esa soledad: la espiritual, existencial o filosófica, por su intimismo, porque invita al recogimiento y por su capacidad expresiva y de indagación; la relacional, porque es la más social de todas las artes; y la emocional o identitaria, por tener la capacidad de integrar los sentimientos y sentirnos desde ahí parte de un todo.

P.- ‘En modo mayor’ es un proyecto de salud positiva. Hasta el momento, ¿cómo está siendo su desarrollo y cómo espera seguir implementando esta iniciativa?

R.- La música posibilita estadios superiores de pertenencia a través de la cultura propia. Lo vi con los personas en prisión, ahora con las personas mayores, en el barrio en el que vivo con mis vecinos y vecinas, etcétera. Es por ello que a partir del curso que viene, ampliaremos el trabajo a personas de todas las edades. La música debe estar en la receta electrónica como activo de salud, cada día se suman más ayuntamientos, asociaciones, entidades, instituciones, bibliotecas, consejos de salud… En la ‘gira salubrista’ de estos años por Europa, hemos visto que el aporte más importante de esta experiencia para las participantes es que pueden problematizar su realidad con la música. Tienen la posibilidad de experimentar el cambio de la adaptación pasiva, a la adaptación activa: la toma de consciencia sobre el impacto de sus condiciones y hábitos de vida en ella, de su situación socioeconómica o cultural y del respeto colectivo -o no- a su historia de vida. ‘En modo mayor’ debe ser un hacer reflexivo que tenga por objetivo transformar la realidad de y desde una comunidad. El proyecto está consolidado en diferentes puntos del estado español y quiere seguir haciéndolo en otros territorios donde ya se conoce. Desde el proyecto buscamos activar los recursos públicos, comunitarios y universales, curiosamente gratuitos. Seguimos generando alianzas, convenios y colaboraciones con todas aquellas personas, asociaciones e instituciones que nos lo piden.

P.- Entonces, ¿cuáles son, desde su experiencia, los beneficios más poderosos que la música puede aportar a las personas mayores?

R.- “La música es nuestro refugio, podemos arrastrarnos en el espacio que existe entre las notas y acurrucarnos en la soledad”, ta y como dejó por escrito la activista y escritora Maya Angelou. Pero nosotros indagamos -y encontramos- en común la posibilidad de otro mundo posible. También generamos espacios de comunicación real y analógica con autenticidad. Espacios en los que las personas pueden expresar con seguridad lo que sienten y quieren. Lo íntimo es universal y esto hace que el taller sea un éxito en cualquier lugar: en un pueblo de Teruel y en Belgrado. Estos últimos años estamos inmersos en grandes cambios geopolíticos, culturales y relacionales. Desde mi punto de vista, ni la música, ni el teatro, ni el arte en general, van a eliminar los problemas estructurales que les estamos generando a las personas. Lo contrario, sería pensar desde la autocomplacencia que sostiene el privilegio y la comodidad de clase muy arraigada en el mundo del arte. Es algo que se expresa muy bien en el libro Musa libertaria, de Lily Litvak. La musicoterapia occidental mayoritaria en la práctica es eso: la institucionalización de un proceso de expresión humano que bebe de la noche de los tiempos y que podría ser mucho más amplia en su análisis e intervención. La música actúa como eje en momentos de incertidumbre social, produciendo una fuerte cohesión entre las personas. Estamos en un momento muy bucólico en el ámbito narrativo y teórico de lo comunitario, pero la práctica y la realidad no acompañan y desmontan lo dialéctico. En el proyecto desestereotipamos los soportes del prejuicio que supone el “no saber música” y el «ser mayor» con premisas preestablecidas. La propuesta hace que haya dinámicas tranquilizadoras, que llegue el placer de hacer y estar con la música. La mayoría decían haberlo perdido. En lo personal –es inseparable mi trabajo de mi vida– vuelvo a rescatar de manera consciente y sin misticismos “el niño que soy”, abordando el trabajo desde mi propia historia de vida.

P.- Asegura que “la música es uno de los unificadores sociales más potentes y fiables”. ¿Diría que el sector de atención a las personas mayores –ya sea de estancias residenciales, diurnas…– todavía no es consciente del potencial que una herramienta como la música tiene a la hora de atender a los sénior? ¿Por qué?

R.- Todo lo que importa está en las canciones, las estructuras gerenciales y políticas tienen consciencia total de ello porque lo han visto. Debemos ir más allá del modelo hegemónico y biologicista musicoterapéutico. ¿Quieren la musicoterapia mayoritaria y el falso alternativismo seguir existiendo desde la enfermedad o abordarán también colectivamente las cuestiones estructurales de salud y sus determinismos? Los contextos musicales estimulan procesos intra e interpersonales, crean espacios de relación intersubjetivos, pero las personas mayores con las que estamos apenas tienen estos espacios. ¿Por qué? Sistematizar crítica y reflexivamente su uso y el de otras herramientas artísticas, relacionales o asociativas, supondría un cambio en el paradigma del abordaje de la salud mental y física, desplazando la actual psiquiatrización generalizada. Queremos la prescripción social de la música. No buscamos lo virtuoso, sino la belleza desde lo colectivo. Como consecuencia, empujar un cambio en los planteamientos del modelo de vejez o del modelo asistencial ante la diversidad funcional: una vejez más diversa, libre, autónoma y autogestionada. Esto eliminaría un gran nicho de negocio.

P.- ¿De qué manera se podría integrar la música en los programas de atención y cuidados a los mayores?

R.- La tarea de introducir la música como herramienta de cuidado es de quien ostenta el poder político, desde los directores de centros a los despachos ministeriales. Una sociedad que ignora la radical importancia de los cuidados en todas sus facetas (emocional, relacional, cultural, identitaria…) está condenada al fracaso y a crear márgenes amplios. Así y todo, la sistematización interdisciplinar prolongada en el tiempo o la dignificación laboral del oficio de músico popular, son urgentes y prioritarias. Nosotros cantamos únicamente porque tenemos las canciones. Otra clave es el estudio de los ecosistemas musicales y la devolución del conocimiento de los mismos a los que nos lo han transmitido: las personas mayores. Debiéramos recuperar el ecosistema de relación que existía de manera natural en nuestros lugares. Ahora se pierde a pasos agigantados. Pero sin implicar a la sociedad en los cambios de organización laboral, de ocio y consumo no será posible asumir las demandas de este colectivo.

P.- Hemos hablado de los beneficios de la música en los mayores, pero ¿y a la inversa? ¿En qué le ha sorprendido de los sénior?

R.- Las personas mayores no pueden ser analizadas como un colectivo homogéneo, pero todas nos sorprenden con la necesidad del cuerpo a cuerpo, con la nostalgia de los tiempos en los que todo se hacía más en común. Apelan a la música y a nuestro trabajo para intentar salvar las relaciones humanas desde lo cotidiano y desde la autenticidad analógica. Me ha sorprendido también la naturalidad con la que llegamos emocionalmente a lo más íntimo, siendo además esto universal: en Bucarest, Bruselas o en Pontevedra sucede lo mismo. La música actúa siempre como pivote en situaciones de incertidumbre social produciendo una fuerte filiación emocional entre las personas. Tenemos que aprovecharlo.

P.- ¿Somos conscientes, como sociedad, del incalculable valor de la experiencia?

R.- La experiencia que citas genera una escuela de comunidad, de gratuidad y de fraternidad que no interesa que se reproduzca. No solo no tenemos en cuenta su experiencia, sino que el nivel de autoritarismo y de sobrevigilancia al que sometemos a las personas mayores no es tolerable en una sociedad democrática que dice valorar la vejez y sus derechos fundamentales: su intimidad, sus hábitos, su movilidad, sus hogares, su economía, sus pensiones, su cultura, su filosofía e historia de vida, su sexualidad… Hemos roto el contrato social con las personas mayores de abajo hace ya varios años. Por otro lado y para intentar mitigar esto, debemos valorizar la ternura política: mirar con cariño mucho más allá de la familia nuclear y extensa. La obra plástica Ternura de Guayasamín preside mi casa como totem. Donde hay ternura hay vida. Con esto quiero decir, que debemos crear desde ahí estructuras relacionales que no permitan que ninguna persona esté sola –desamparada– en ninguna etapa de su vida.

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Marta S. Massó
Marta S. Massóhttps://entremayores.es/
Licenciada en Periodismo por la Universidad Pontificia de Salamanca. Cubre la información de nacional de entremayores y la edición de Galicia.

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