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OPINIÓN

Cómo el confinamiento nos cambió los hábitos de consumo alimenticios

Por Itziar Gómez Fidalgo, dietista y nutricionista
Decretado el estado de alarma en marzo de este año loco, sabiendo que nos esperaban un indefinido número de días de clausura, me apresuré a dar unos consejos a mis pacientes para superar el confinamiento con éxito y sin kilos extras. Entre las sugerencias que la mayoría de los nutricionistas estábamos haciendo estaban el aprovechar la oportunidad que a muchos se nos brindaba para hacer todas esas tareas del hogar postergadas y que nos ayudarían a suplir el gasto energético del gimnasio o de nuestra actividad física habitual, además de quitar lastre a la lista de quehaceres. Otra de las propuestas fue evitar tener tentaciones cerca. Salir a comprar sin hambre y hacer acopio únicamente de alimentos de verdad, evitando snacks y bebidas alcohólicas.

Las redes sociales y la televisión se llenaron de consejos obvios como estos, de videotutoriales de entrenamiento, de cursos online

La primera semana, haciendo seguimiento a distancia de mis pacientes, vi que la motivación, en su gran mayoría, estaba en lo más alto. Me llegaron fotos de sus recetas saludables, de sus ideas de menús para esos días y de sus sesiones de entrenamiento. La euforia del autocuidado aún se mantuvo en la segunda semana de confinamiento.
En la tercera semana, me vi obligada a ponerme en contacto con una de las psicólogas de cabecera del centro para conocer qué estaba ocurriendo. La incertidumbre, los miedos, el aburrimiento, la desidia y la montaña rusa de emociones que se estaban viviendo en esos días era tan abrumadora que muchos habían entregado ya la cucharada de los buenos hábitos y se abandonaron al “ya me cuidaré cuando esto pase” o al “si total, ya no me voy a poner el bañador este año”.

Los hábitos de consumo fueron muy elocuentes: las primeras semanas se dispararon las ventas de aparatos para hacer ejercicio; en las siguientes, las baldas de chucherías, cervezas y levadura estaban vacías.
No a todas las personas les afectó por igual y, entre mis pacientes, hubo diferentes grupos: por un lado, quienes siguieron trabajando o teletrabajando, muchos vieron incrementados sus niveles de estrés. En estos casos, la atención a unos buenos hábitos se vio eclipsada por las obligaciones laborales.

Por otro lado, quienes se vieron obligados a parar, estuvieron las personas a las que el aburrimiento y la ansiedad les hizo sucumbir a los “pecados gastroalcohólicos” y, por el contrario, aquéllos a los que el freno de su ajetreo cotidiano les dio un respiro, les permitió poner más consciencia en su autocuidado.

En cualquier caso, al margen de los diferentes dramas, tanto sanitarios como económicos que este 2020 trae consigo, está siendo una oportunidad para aprender a llevar una vida más sencilla, con menos expectativas y a volver a caer en la cuenta de que lo único que tenemos es a nosotros mismos y que nuestro cuerpo y nuestras casas deben ser sitios acogedores.

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Redacción EM
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Información elaborada por el equipo de redacción.

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