Susana Obiang / Profesional sorda del Área de Mayores de la CNSE
Susana Obiang: “La guía da un paso más al centrarse en el buen trato en un sentido amplio”
Pregunta.- Desde la Confederación Estatal de Personas Sordas (CNSE) luchan por la igualdad de oportunidades para las personas sordas, como demuestran con esta nueva guía. ¿Se enfrentan los sénior sordos a más barreras que otros colectivos? ¿Cuáles?
Respuesta.- Las personas mayores sordas afrontan una realidad compleja porque a los desafíos propios del envejecimiento se suman otros obstáculos específicos relacionados con la sordera, sobre todo las barreras de comunicación, de acceso a la información y de participación social. Esa combinación genera una situación de desigualdad que en la guía definimos desde la interseccionalidad: no se trata solo de sumar edad y sordera, sino de entender cómo ambas realidades se entrecruzan y multiplican las dificultades. Hablamos de un colectivo muy heterogéneo con trayectorias educativas, sociales y laborales muy distintas y necesidades comunicativas muy diversas, atravesados por una realidad común: la falta de accesibilidad en muchos espacios de la vida cotidiana. Esto se traduce en barreras en la sanidad, los servicios sociales, la administración , el ocio o la participación comunitaria, y obliga a las personas mayores sordas a hacer un esfuerzo extra para entender, comunicarse y desenvolverse con autonomía.
P.- ¿Les llevan estas barreras y la vulneración de sus derechos a sentirse discriminados? ¿De qué manera influye esto en su calidad de vida?
R.- Sin duda. Cuando una persona no puede comunicarse en igualdad de condiciones, no comprende bien lo que ocurre a su alrededor o necesita depender constantemente de terceros, acaba sintiéndose excluida. La falta de accesibilidad no es una cuestión menor: afecta a la autoestima, a la autonomía y a la percepción de control sobre la propia vida. La guía señala consecuencias muy claras: aislamiento social, baja autoestima, problemas de salud mental y mayor dependencia. Además, cuando estas situaciones se repiten en ámbitos esenciales como la atención sanitaria, el entorno residencial o la administración, la persona puede interiorizar que sus necesidades no se tienen en cuenta. Eso deteriora mucho su calidad de vida. Por eso insistimos en que no estamos solo ante un problema de trato, sino también de derechos: acceso a la información, a la comunicación, a los apoyos y a una atención centrada en la persona.
P.- De cara a resolver estas cuestiones, ¿a través de qué acciones promueven desde la CNSE la sensibilización con las personas mayores sordas?
R.- La CNSE lleva cerca de dos décadas impulsando Planes de Atención a Personas Mayores basados en principios como la dignidad, la igualdad de derechos, la autonomía, el reconocimiento de la diversidad y el intercambio intergeneracional. A partir de ahí se han ido consolidando estructuras estables de participación como el Consejo Consultivo de Personas Mayores Sordas, o la figura de las delegadas de mayores en nuestras federaciones autonómicas. Asimismo, se han elaborado investigaciones y guías, organizado jornadas y webinarios, e impulsado servicios de videoasistencia y acompañamiento como vidAsor, especialmente relevante en contextos de aislamiento, y promovido iniciativas de ocio accesible y participación asociativa para reforzar el protagonismo de la población mayor sorda.
P.- Hace un año presentaron una guía pionera para mejorar la atención a personas mayores sordas en residencias. ¿Diría que siguen existiendo, hoy, déficits en la atención en el entorno residencial?
R.- La guía que presentamos el año pasado ayudó a concretar buenas prácticas y a recordar que la accesibilidad no es un extra, sino una condición básica para una atención digna. Pero la realidad es que todavía encontramos carencias en la comunicación, falta de profesionales preparados, y escasez de apoyos y dinámicas que respeten las preferencias comunicativas y la autonomía de las personas mayores sordas. En el ámbito residencial esto es especialmente delicado porque hablamos de espacios donde se decide sobre rutinas, salud, alimentación, higiene, bienestar emocional y participación diaria. Si no hay accesibilidad, la persona pierde capacidad de elección. Por eso esta nueva guía da un paso más al centrarse en el buen trato en un sentido amplio, es decir, en derechos, dignidad y reconocimiento de las personas mayores sordas como personas adultas plenas.
P.- Desde la confederación cuentan con la participación de los propios mayores para conocer sus preocupaciones, necesidades… ¿Cuáles serían las más urgentes a las que se debería dar respuesta?
R.- La primera es garantizar la accesibilidad a la comunicación y a la información. Sin eso, todo lo demás se resiente. La segunda es reforzar su participación real en los espacios donde se toman decisiones que les afectan. Y la tercera es combatir la soledad no deseada y la dependencia innecesaria, que en muchas ocasiones se agravan por la falta de entornos accesibles. También es urgente dar respuesta a necesidades vinculadas al aprendizaje a lo largo de la vida, al acceso a recursos comunitarios, al ocio, a la atención sociosanitaria y al reconocimiento de su experiencia. Desde la CNSE defendemos que las personas mayores sordas no deben ser vistas como receptoras pasivas de cuidados, sino como agentes con voz propia, con conocimiento y con mucho que aportar.
P.- Ahora acaban de presentar una publicación para educar sobre el buen trato a este colectivo, ¿cuáles son esas formas de trato inadecuado que suelen pasar inadvertidas y que es imprescindible erradicar?
R.- Una de las grandes aportaciones de esta guía es precisamente poner nombre a conductas que muchas veces se normalizan. Hablamos de microdiscriminación, edadismo, paternalismo, sobreprotección, infantilización y audismo. Son formas de trato inadecuado que a menudo no se perciben como violencia, pero que tienen un impacto muy profundo porque invisibilizan a la persona, subestiman sus capacidades y la apartan de las decisiones sobre su propia vida. Por ejemplo, hablar con el familiar en vez de dirigirse a la persona mayor sorda; asumir que con la lectura labial basta; pensar que no necesita lengua de signos; darle explicaciones redundantes como si no entendiera; o decidir por ella “por su bien”. Son gestos cotidianos, pero muy lesivos. Erradicarlos exige un cambio cultural: reconocer a la persona mayor sorda como sujeto de derechos, con autonomía, identidad lingüística y capacidad para decidir.
