Rosa Molina / Psiquiatra y experta en salud y bienestar vinculada al informe Bienestar Extendido 2040
Rosa Molina: “En un contexto donde vivimos más años, entender la salud como la capacidad de vivir bien será cada vez más relevante”
Pregunta.- El estudio elaborado por Espacio Futuro pone de manifiesto que la salud se ha convertido en una experiencia cada vez más condicionada por factores no clínicos. ¿Podría profundizar un poco más en esta afirmación?
Respuesta.- Hay una tendencia a pensar en la salud como algo que depende principalmente del sistema sanitario: médicos, hospitales o tratamientos. Sin embargo, si observamos cómo vivimos hoy, resulta evidente que esta se construye mucho antes de llegar a una consulta y en muchos más espacios que el sanitario. La salud empieza en la vida cotidiana, en cómo vivimos, en nuestras relaciones y en el entorno en el que nos movemos. Factores como la estabilidad económica, el acceso a la vivienda, el entorno urbano, la contaminación o incluso el uso de la tecnología influyen directamente en nuestro bienestar. También sabemos que la soledad, el estrés crónico o la falta de propósito tienen un impacto significativo en la salud física y mental. El informe Bienestar Extendido 2040 parte de esta idea: el bienestar es un fenómeno complejo y multidimensional, que incluye dimensiones emocionales, psicológicas y sociales. En un contexto donde vivimos más años, entender la salud como la capacidad de vivir bien será cada vez más relevante.
P.- ¿Cuáles son las principales causas que consideran que más han interferido para este cambio de tendencia?
R.- Creo que podemos observar varias tendencias. Una de las más relevantes es el envejecimiento demográfico. Nunca antes habíamos tenido sociedades con tantas personas viviendo tantos años. Esto introduce un nuevo reto social: no solo cuánto vivimos, sino cómo queremos vivir ese tiempo. También influye el contexto socioeconómico. La incertidumbre laboral, los cambios en el mercado de trabajo o las dificultades de acceso a la vivienda tienen un impacto directo en el bienestar psicológico. A esto se suma una transformación tecnológica muy acelerada. La hiperconectividad, la sobreinformación o la presión por la productividad constante han generado nuevas formas de estrés. Y, además, aparece la brecha digital, que no solo afecta a las dificultades de uso en algunas generaciones, sino también a la distancia relacional y de oportunidades que hay entre ellas. Todo ello nos lleva a entender la salud como un fenómeno profundamente social, no únicamente sanitario.
P.- Es cierto que la salud mental –y en relación a ello, el bienestar emocional– han adquirido presencia en muchos debates en los últimos años. ¿Por qué esta dimensión ha tardado tanto en adquirir la relevancia que está teniendo actualmente?
R.- Durante mucho tiempo la salud mental estuvo ha estado rodeada de silencio y de estigma. Sin embargo, en los últimos años se ha producido un cambio cultural importante. Cada vez existe mayor conocimiento sobre cómo funcionan nuestras emociones y sobre el impacto que tiene la salud mental en la vida cotidiana. También han influido mucho las nuevas generaciones, que han contribuido a normalizar estas conversaciones y a darles visibilidad sin tantos prejuicios. A esto se suma que el contexto actual marcado por la incertidumbre, la aceleración y los cambios sociales, lo que ha hecho más evidente el malestar emocional. En conjunto, todo ello ha llevado a que la salud mental deje de ser un tema periférico para convertirse en un eje central del debate social. Estamos empezando a asumir que cuidarla no es opcional, sino tan esencial como cuidar la salud física.
P.- ¿Tiene el mismo peso para todas las generaciones? En concreto, si hablamos de personas mayores, ¿qué implica para ellas el bienestar emocional?
R.- Cada etapa de la vida tiene sus propios desafíos emocionales. Envejecer implica atravesar cambios importantes: jubilación, transformaciones en la red social, posibles pérdidas o cambios en la salud física. En el caso de las personas mayores, el bienestar emocional suele estar muy relacionado con los vínculos, la participación social y la percepción de sentido en la propia vida. Pero también es importante introducir una mirada crítica: seguimos arrastrando cierto edadismo, es decir, una tendencia a asociar la vejez únicamente con pérdida, deterioro o dependencia. Esta visión es incompleta y, en muchos casos, injusta. Sabemos que con la edad también se desarrollan capacidades valiosas, como una mejor regulación emocional, una toma de decisiones más basada en la experiencia o una mayor capacidad de relativizar los problemas. Muchas personas mayores poseen, de hecho, una enorme riqueza psicológica. Sentirse parte de la comunidad es uno de los grandes determinantes del bienestar en la vejez. El bienestar emocional en esta etapa tiene mucho que ver con seguir sintiendo que uno forma parte de la comunidad y que su vida sigue teniendo significado.
P.- En el informe amplían el horizonte más allá de la salud física. ¿Podría detallar qué implica, entonces, ese “envejecer con propósito” al que se refieren?
R.- Cuando hablamos de envejecer con propósito nos referimos a algo muy sencillo y muy profundo a la vez: tener razones para seguir implicado en la vida. El propósito no tiene que ver necesariamente con grandes proyectos. A veces se encuentra en actividades cotidianas: cuidar de otros, participar en una asociación, aprender algo nuevo o mantener un compromiso con la comunidad. Lo que muestran los estudios es que las personas que sienten que su vida tiene sentido tienden a experimentar mayores niveles de bienestar, resiliencia y salud cognitiva, e incluso presentan menor riesgo de declive físico o demencia a lo largo del tiempo. Envejecer con bienestar tiene mucho que ver con seguir sintiéndose útil, conectado y con capacidad de aportar a la sociedad. Si miramos hacia las próximas décadas, este aspecto será cada vez más importante. Las sociedades que envejecen tendrán que replantearse cómo integrar mejor a las personas mayores en la vida social.
P.- La soledad no deseada afecta a personas de todas las edades, pero en lo que respecta a los mayores, ¿estamos ante un fenómeno que está directamente relacionado con la salud mental?
R.- La soledad no deseada no es simplemente una circunstancia social. También es un factor de riesgo importante para la salud mental y física y va a ser uno de los grandes problemas de salud pública de las próximas décadas. No es solo una cuestión emocional: sabemos que su impacto en salud es comparable a fumar aproximadamente 15 cigarrillos al día, aumentando el riesgo de depresión, ansiedad y enfermedad cardiovascular. También influyen fenómenos como la gentrificación, es decir, la transformación de los barrios que encarece la vivienda y desplaza a los residentes de toda la vida, debilitando las redes vecinales y los vínculos cotidianos. Por todas estas consecuencias reales para la calidad de vida, cada vez hablamos más de la soledad como un desafío de salud pública.
P.- ¿Cuáles son las principales consecuencias para los sénior que sufren este aislamiento y qué recomendaciones, como experta en salud y bienestar, recomendaría para aliviarlas?
R.- En la consulta de psicogeriatría que desarrollo, muchas personas me preguntan qué es mejor para mantenerse cognitivamente activos: si hacer sudokus, sopas de letras u otros ejercicios similares. Y aunque estas actividades pueden ser útiles, suelo explicar que hay algo mucho más estimulante de lo que a menudo damos por hecho: las relaciones sociales. Conversar, interesarse por los demás, recordar lo que nos han contado o incluso mantener los pequeños códigos sociales del día a día activa múltiples funciones cognitivas de manera natural y muy completa. Cuando una persona vive en aislamiento prolongado, su mundo se va reduciendo poco a poco. Disminuyen los estímulos sociales, las conversaciones y las actividades compartidas, lo que puede afectar tanto al estado emocional como al funcionamiento cognitivo. Para prevenir estas situaciones es importante reforzar los espacios de encuentro. Los centros comunitarios, las actividades culturales o las iniciativas intergeneracionales pueden desempeñar un papel muy importante. También es fundamental cuidar las redes de proximidad: vecinos, asociaciones locales, comercios de barrio. A veces son estos entornos cotidianos los que sostienen el bienestar de las personas. Los vínculos sociales son uno de los factores más protectores para la salud mental a cualquier edad. En las próximas décadas tendremos que pensar mucho más en cómo diseñar comunidades que faciliten el encuentro y el apoyo mutuo.
P.- Asegura que acompañar, prevenir y cuidar los vínculos es tan importante como tratar la enfermedad. ¿Qué papel desempeñan los vínculos sociales para garantizar el bienestar emocional de los mayores?
R.- Es lo que se ha denominado capital social: el valor que tienen nuestras relaciones y redes de apoyo en nuestro bienestar. Contar con una red sólida no solo nos acompaña, sino que fortalece nuestras capacidades adaptativas y de resiliencia. Porque, en realidad, no somos resilientes de manera aislada como individuos; podríamos decir que somos “red-silientes”, es decir, nuestra capacidad para afrontar las dificultades depende en gran medida de los vínculos que nos sostienen y de nuestro entorno. Los vínculos sociales son uno de los factores protectores más importantes para la salud mental. Tener personas con quienes compartir el día a día, conversar o sentirse acompañado o pedir ayuda, influye directamente en cómo percibimos nuestra vida. Funciona de forma muy similar al apego seguro en la infancia: cuando nos sentimos sostenidos y seguros, podemos abrirnos al mundo, explorar, asumir retos y afrontar la incertidumbre con mayor confianza. En la edad adulta y en la vejez, esos vínculos, esa pertenencia, siguen cumpliendo esa misma función de base segura desde la que vivir con mayor bienestar. El bienestar del futuro dependerá tanto de la medicina como de la calidad de nuestras relaciones. Por eso, cuando hablamos del bienestar del futuro, inevitablemente hablamos también de comunidad.
P.- El informe presentado pone el acento en una cuestión: la prevención. ¿Diría que ya está cambiando el escenario actual de la salud hacia este nuevo enfoque o más bien hablamos de una previsión de futuro?
R.- La prevención forma parte de la salud pública, aunque muchas veces ha sido un trabajo silencioso, poco visible y del que la población no siempre es consciente. En realidad, es la intervención que mayor impacto tiene: cuando llegamos al hospital, en muchos casos, ya vamos tarde. Cada vez hay una mayor conciencia de que anticiparse es clave, no solo para mejorar la calidad de vida, sino también para garantizar la sostenibilidad de los sistemas de salud. La tecnología está acelerando este cambio. Hoy contamos con herramientas que permiten monitorizar hábitos, detectar riesgos de forma temprana o personalizar intervenciones de manera mucho más precisa. Pero la prevención no depende únicamente del ámbito sanitario. Tiene que ver con la educación, con las políticas públicas, con el urbanismo y con la forma en que organizamos nuestras comunidades.
P.- Teniendo en cuenta estos aspectos, entonces, ¿qué escenario podemos trazar en 2040 de cómo los españoles percibiremos la salud?
R.- Anticiparse al futuro nunca es una tarea sencilla. Más que certezas, podemos hablar de intuiciones y tendencias. En ese sentido, imagino que en 2040 hablaremos de la salud de una forma mucho más amplia que hoy. La salud se entenderá como un equilibrio entre distintos aspectos de la vida: el cuerpo, la mente, las relaciones, el entorno y el sentido de lo que hacemos. La tecnología tendrá un papel importante, como por ejemplo los dispositivos de monitorización, la inteligencia artificial o la medicina personalizada. Cuanto más avance la tecnología, más valor tendrá lo humano. En ese futuro, probablemente entendamos que cuidar la salud no es solo intervenir sobre el cuerpo, sino también proteger aquello que nos sostiene como personas: el tiempo, los vínculos y el propósito.
