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Mayor, gay y feliz

14-11-2017

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Ser mayor y LGTB hoy día es un problema hasta cierto punto, pero los que hoy somos mayores fuimos jóvenes una vez y ser joven y LGTB en los 50, los  60 y hasta bien entrados los 80 del siglo pasado no era precisamente un regalo. Se habla mucho de la represión policial y de la infame Ley de Peligrosidad Social, que envió a muchos a penales, pero se habla menos de la represión social y de la familiar, ejercida día a día y sin descanso contra todos los que se desviaban ligeramente de la norma. 

Burlas, insultos, desprecio y vergüenza eran la tónica, de modo que había que evitar ser visible, fingir y pasar desapercibido. Muchos llevaban el fingimiento hasta el matrimonio con el sexo opuesto, para luego llevar una doble vida en garitos, parques y lugares más sórdidos, siempre con el peligro de ser fichado como “peligroso social” primero, y como indeseable, más tarde.

Yo tuve relativa suerte al nacer en una familia bastante liberal, ser consciente muy pronto de mi diferencia y procurar informarme lo mejor posible. También tengo que decir que vivir en una ciudad grande como Madrid ayudaba mucho al anonimato, pero durante una buena parte de mi juventud tuve que sublimar mi sexualidad, temeroso de las consecuencias. 
La parte buena es que eso me ayudó a estudiar dos carreras, aprender varios idiomas y obtener una buena preparación que me ha sido muy útil profesionalmente, pero nadie se imagina la amputación afectiva y el retraso en la maduración sentimental que todo eso conllevó en su tiempo. Mientras que amigos y familiares tenían novia, se casaban, hablaban de ello y aprendían de sus fracasos, yo solo podía tener aventuras sin mañana, encuentros clandestinos y oscuros temores.

Creo que por eso me convertí pronto en activista, harto de aceptar una inferioridad que yo no sentía, y el activismo me ayudó a conocer más gente a quitarme complejos y a intentar abordar las relaciones como de amor y no solo de sexo. A mi alrededor he visto la cantidad de víctimas creadas por la ocultación, la doble vida y el fingimiento, es decir, por “el armario”, en el que tantos se han guarecido.

Ser LGTB no es solo sexo, también es amor, amistad y comprensión de la diferencia y eso solo se puede aprender al aire libre, no metido en algún refugio para no ser visto. 
Gracias a mi libertad pude tener varias bonitas historias y encontrar, ya madurito, a mi presente cónyuge, con el que vivo bien públicamente ante familia, amigos y comunidad de vecinos, legalmente casado y todo lo feliz que se puede ser a los 73.

Las personas LGTB no son todas jóvenes, bellas y a la moda, por eso la sociedad, tan selectiva ella, intenta no ver a los mayores, entre otros, tal vez porque no somos lo bastante sexy para el gusto convencional, pero existimos, tenemos nuestros problemas y podemos llegar a vivir bastante bien… siempre que hayamos reconocido a tiempo quienes somos.


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