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OPINIÓN

Dejamos morir a la gente mayor

Por Blanca Deusdad, investigadora del Departamento de Antropología, Filosofía y Trabajo Social de la Universitat Rovira i Virgili y coordinadora del proyecto europeo SoCaTel (Horizonte 2020)

31-03-2020

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Si una noticia nos ha golpeado fuertemente estos días, ha sido saber que gente mayor ha muerto sola sin acompañamiento y sin despedida. La falta de equipamientos médicos para atender a todo el mundo también ha alertado de que las personas mayores se ven discriminadas por la edad para poder recibir atención sanitaria y son los últimos en el sistema a ser atendidos.

El sociólogo Marius Meinhof reflexionaba sobre el nuevo orientalismo occidental que nos hacía menospreciar lo que estaba pasando en China porque lo considerábamos, a pesar de la globalización, un país lejano, autoritario y sucio. La actitud de superioridad de Occidente nos hacía pensar que esto, a nosotros, no nos podía pasar. Incluso cuando Italia se veía fuertemente sacudida (un país cercano con el que tenemos relaciones estrechas), parecía que a nosotros no nos debería afectar. No hemos sufrido sólo una actitud racista, también edadista: estamos discriminando por edad.

La respuesta mundial por ser las personas mayores las afectadas no ha sido ni rápida ni eficiente. Los estados han hecho poco caso de las llamadas y recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Como apuntaba Elvira Lindo en un artículo reciente en El País (03/15/20), si la enfermedad en vez de afectar ancianos afectara jóvenes o niños, habrían pedido medidas urgentes.

El hecho de afectar sobre todo a personas mayores ha ralentizado la capacidad de respuesta y el dramatismo de los hechos. El envejecimiento, por encima de un proceso biológico, es una construcción social. Empezamos a envejecer cuando socialmente ya no somos productivos. La vejez está estereotipada, identifica colectivamente con la dependencia y con el hecho de ser una carga para la sociedad. Por lo tanto, la pérdida de personas mayores no supone una gran desaparición personal e incluso puede ser vista como una ganancia para el gasto público.

El caso de las residencias, donde han muerto personas mayores por la Covid-19, nos pone de manifiesto lo inhumano que puede haber en la institucionalización, tal como ya se analizó en las “instituciones totales” destinadas a enfermos mentales en la década de los sesenta (Goffman 1968).

Todos los estudios apuntan a que cuando envejecemos las personas queremos hacerlo en nuestro país. Aunque hay directrices de la OMS (2007) y la OCDE para potenciar la desinstitucionalización de las personas mayores y mantener sólo la institucionalización en casos muy extremos y en un periodo corto en el tramo final de la vida, se produce más de lo que sería deseable y con unas condiciones en muchos casos bastante precarias.

Seguramente entre todos deberíamos preguntarnos los recursos que destinamos para poder envejecer, tanto en casa como en un entorno residencial. La precariedad laboral de los cuidadores y la falta de gericultores y gericultoras en los hogares residenciales afecta muy seriamente la calidad del cuidado, a pesar de la dedicación de muchos de estos profesionales.

Necesitamos preguntarnos cómo queremos envejecer, ya que forma parte de la propia vida y no verlo como algo ajeno. ¿Cómo queremos envejecer en casa? En caso de que necesitemos cuidados que el entorno doméstico no nos puede ofrecer, ¿qué centros residenciales queremos? Probablemente necesitamos centros más pequeños, con una atención centrada en la persona, que preserven el sentimiento de hogar y con suficiente personal para atender a nuestras necesidades o invertir en otros tipos de viviendas radicalmente diferentes, con las viviendas colaborativas.

Esta crisis sanitaria debería servir de catalizador para, una vez superada, poder analizar qué modelo residencial queremos. Ahora hacemos frente a la emergencia sanitaria, luego vendrán la económica y la social. Entre ellas, el trato y el respeto a las personas mayores, las que se merecen conservar la vida que han construido.

El maltrato a las personas mayores –como estamos viendo estos días– nos debe hacer reflexionar sobre la necesidad urgente de tener una ley para los ancianos, como la hay para la infancia y la adolescencia. Se deberían establecer los derechos subjetivos y definir que la vejez no es una edad en la que no es necesario vivir, sino que en esta etapa se puede aportar mucho a la sociedad y que todos tenemos, a pesar de nuestras condiciones físicas y mentales, el derecho de vivir con dignidad.


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