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EDITORIAL

Donde cualquier mayor pueda sentirse persona

13-06-2018

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La homosexualidad no es una moda.  Tampoco lo es la transexualidad o ser bisexual, transgénero, pansexual... Puede parecerles una moda porque, en los últimos años, la exposición y aceptación del colectivo LGTB+ ha ido en aumento; porque algunos de estos términos, que ni siquiera nos sonaban, empiezan a ser habituales; porque, hasta ahora, no estábamos acostumbrados a que los jóvenes no solo expresasen su orientación sexual abiertamente, sino que se sintiesen orgullosos de esa “nueva” identidad; y puede parecerlo por la imagen prototípica moderna e inclusiva que se transmite del colectivo, propia del nuevo siglo.

Sin embargo, no se trata de una moda porque, en realidad, la cosa viene de lejos. Las personas mayores LGTB+ de hoy fueron los jóvenes de antes, por ejemplo, los que sufrieron en los 70 la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social hasta su derogación en el 78; una ley franquista que los consideraba enfermos mentales, los señalaba y los dejaba al margen de la sociedad. Es decir, en realidad, la novedad no es su condición sexual, sino ese paso paulatino desde la brutal represión e intoleracia social  –que todavía no hemos extenguido del todo– hacia el respeto, la comprensión y la convivencia con la diversidad.

Estos mayores que hoy reconocemos dentro del colectivo LGTB+, y que han sobrevivido física y psicológicamente al maltrato, la homofobia y a su forzosa doble vida, son los mismos que, en la actualidad, reciben una doble discriminación: por ser mayores y por su condición LGTB+. Es más, no solo la padecen de la sociedad en general, que no termina de desprenderse de sus prejuicios cavernarios, sino que también están viendo como, muchas veces, las personas de su misma generación son la más reaccionarias e intransigentes con su condición.

Esto nos lleva a otra cuestión: ¿Qué sucede en las residencias de mayores actuales? ¿Están preparadas las instituciones y sus residentes para esta nuevo paradigma de diversidad? Alto y claro: no, no lo están. Al menos eso es lo que nos vino a decir Federico Armenteros, presidente de la Fundación 26 de Diciembre, refiriéndose a la situación actual residencial. “Los centros de mayores no están hechos para la diversidad. Están hechos para la heteronormatividad. No se ha trabajado todavía para cambiar ese esquema, por eso los mayores LGTB no van a esos lugares”.

¿Qué debemos hacer entonces? ¿Esperar a que la situación se arregle sola? ¿A que, poco a poco, la educación en la diversidad se vaya imponiendo y todos los colectivos puedan vivir en paz dentro de nuestras residencias? Quizá, mientras tanto eso no sucede, sería buena idea crear centros especializados LGTB+ para que nadie tenga que esperar, para subrayar, de paso, cuál debería ser el camino a seguir y donde cualquier mayor  pueda sentirse persona.


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