Teléfono: 986 438 020 Última actualización:  12:13:35Viernes, 16 de Noviembre de 2018
Atrás

Las personas mayores que viven solas se perciben más ancianas y menos saludables

Investigadores del Instituto de Estudios Superiores de la Familia de UIC de Barcelona acaban de presentar un informe en el que el objetivo es describir e interpretar las dimensiones de la ‘solidaridad familiar intergeneracional’ en España

Horacio R. Maseda 11-09-2018

COMPARTIR
Las personas mayores que viven solas se ven a sí mismas más ancianas y con peor estado de salud. No solo eso, son también menos activas, más pesimistas y muestran más su insatisfacción vital. Estas son algunas de las conclusiones del reciente Informe ‘Padres mayores, generaciones y solidaridad familiar’, que ha llevado a cabo la Cátedra IsFamily Santander, una iniciativa del Instituto de Estudios Superiores de la Familia de Universidad Internacional de Catalunya (UIC) de Barcelona.

¿Cómo se llegan a estas conclusiones? A través del concepto de ‘solidaridad familiar intergeneracional’. “Este se basa en seis elementos que miden la interacción entre padres e hijos desde diferentes puntos de vista: afecto, asociación, consenso, intercambio de recursos, solidaridad normativa o percepción de obligación vinculada al cuidado y oportunidades de interacción”, explica la directora del Instituto de Estudios Superiores de la Familia de la UIC, Montserrat Gas. El cuestionario que realizaron en España buscaba medir esas dimensiones a través de 99 preguntas y estaba dirigido a una muestra de 600 personas de entre 64-75 años.

De esta manera, la ‘solidaridad intergeneracional en la familia’ es una compleja red de relaciones que configuran la vida de las personas. “En nuestro estudio –indica Gas–, el objetivo principal era describir e interpretar las dimensiones de esa solidaridad intergeneracional en España: cantidad y calidad de las relaciones, recursos intercambiados, objetivos individuales, normas y valores dentro de la familia, etcétera; así como su extensión a otras esferas sociales relevantes como redes de vecinos y de amigos”. Un segundo objetivo, apunta la directora, “es analizar estadísticamente esos datos a la luz de la cohesión familiar intergeneracional: el afecto, los acuerdos generales, los recursos compartidos, la fuerza de las normas familiares, y las oportunidades que se dan en esa misma interacción”.

Además de sentirse más mayores y con más achaques, según comenta Gas, en las personas mayores que viven solas, además, coincide que su red familiar y de amistad es menos estrecha, los intercambios menos intensos y frecuentes, y el capital social muy bajo. Se puede afirmar que ‘vivir solos amplifica la condición anciana y está más asociado al riesgo de pérdida de autonomía personal’. Los motivos que se esgrimen para que esto sea así puede responder a distintos factores. “Algunas personas no han tenido hijos, otras han tenido sólo uno y algunas tienen a sus hijos en otro país. Por otra parte, nuestra sociedad ha sufrido un proceso creciente de individualización y, en ocasiones, se ha maximizado la autonomía como un valor absoluto cuando, en realidad, somos seres interdependientes y nos necesitamos, todavía más en el último tramo vital”.

En cuanto a la problemática que plantea la soledad y su vínculo con la autonomía personal, Francesco Marcaletti, investigador del Instituto de Estudios Superiores de la Familia de la UIC, asegura que “la soledad es un problema de emergencia social”. Para Marcaletti, “los Estados están preocupados por el gasto que genera esta nueva realidad. La robótica y la tecnología nos ayudarán a monitorizar la situación de las personas a tiempo real, pero quizás esto no sea suficiente para que la calidad de vida sea todo lo buena que sería deseable”.

El informe también pone de relieve que, de media, el número de personas con el cual los mayores mantienen un vínculo importante supera al de personas con las que pueden contar en caso de necesidad. Esta discrepancia también se produce entre los flujos de la ayuda dada y ayuda recibida. Tenemos la percepción de dar más de lo que recibimos, “especialmente en el caso de las mujeres”. Por otra parte, señala Gas, “habría que analizar por qué, a pesar de la fuerte vinculación que existe entre abuelos-nietos, no hay la misma relación de ayuda mutua entre padres mayores e hijos pertenecientes a la generación del baby boom. Algunos aventuran que el motivo es la ausencia de políticas de familia y de conciliación en la empresa: son la generación sándwich: padres mayores e hijos pequeños, trabajando además los dos. Una nueva realidad social”.

MAYORES QUE VIVEN EN PAREJA
El informe habla de un segundo grupo que está formado por las personas que viven en pareja y con sus hijos. En estos casos, aunque esta circunstancia amplifica la solidaridad intergeneracional a nivel funcional (en cuanto a las ayudas) y normativo (vínculos), el hecho de vivir más intensamente la relación diaria con sus hijos hace que se perciban como más ancianos, estén menos activos y sufran, de media, más enfermedades. Marcaletti matiza que estos resultados son así debido a que “la muestra recoge un grupo de personas mayores que todavía son los más jóvenes de entre los que pertenecen a la tercera edad: son personas de 65-69 años. En este grupo se da la paradoja que, debido al alto índice de paro juvenil, y a que algunos hijos se separan y vuelven a casa, mantiene en su hogar diferentes generaciones que, aunque por una parte sean una ayuda, por otra pueden constituir una fuente de preocupaciones”.

Por otro lado, los datos parecen indicar que aquellos que viven en pareja sin hijos en el núcleo familiar son los que se sienten más jóvenes, tienen el mejor estado de salud, ingresos superiores, y un estilo de vida más activo. Aunque, de nuevo, el perfil de la muestra puede influir en las conclusiones, ya que “son personas que acaban de estrenar su jubilación y, en general, no presentan enfermedades graves o crónicas”. Según el informe, este grupo siempre expresa los sentimientos más positivos, está más satisfecho, y tiene el nivel de capital social familiar más alto. Es decir, cuentan con un mayor apoyo, confianza y colaboración entre los miembros de la familia. Un dato que no deja de sorprender, ya que no es el colectivo con la red familiar y de amistad más extensa, ni tampoco con el nivel de intercambios de ayudas más alto.

LA PERCEPCIÓN DE SER MAYOR
Entre los 600 mayores entrevistados, solo una minoría considera ser una persona mayor, a pesar de que esta percepción se atenúa cuando se le pregunta por cómo la sociedad juzgaba su condición. Según Montserrat Gas, para que una persona se sienta mayor, la características que más influyen son “las condiciones físicas, el percibir que se pierden las facultades cognitivas, la soledad, y el haber perdido a uno o varios seres queridos”. 

En esta percepción de verse o considerarse mayor hay que tener en cuenta “el trato recibido por otras personas de su familia y amigos, así como la consideración social de ese tramo de la vida”, asegura Gas, que añade “es importante diseñar modo de hacer partícipes a los mayores de la vida cívica, no solo por evitar esa percepción, sino porque realmente su bagaje vital puede ser una ayuda inestimable”. Además, concluye la directora, hay razones para hacerlos partícipes de la sociedad, una de ellas: “porque son la memoria que no debemos ni podemos olvidar como sociedad”.

De los datos extraídos del informe de la UIC, una conclusión evidente es que la familia ocupa el lugar principal entre la red de personas con las que se mantiene un vínculo especial e importante, y sobre las que se puede contar en caso de necesidad, algo que refuerza el concepto a estudio de ‘solidaridad familiar intergeneracional’. 


Tlfno: 986 438 020 | contacto | aviso legal