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Paz Martín / Arquitecta y directora de Fündc

'El empoderamiento de los mayores no solo tendrá consecuencias en lo social, también en lo urbano y arquitectónico'

Conceptos como la antropometría o el diseño para todos son cada vez más tenidos en cuenta a la hora de diseñar un espacio urbano o una vivienda. Entrevistamos a la arquitecta y directora de Fündc, Paz Martín, tras participar en uno de los capítulos del libro de Fundación Pilares dedicado a las viviendas para personas mayores. ¿Cómo debemos diseñar las casas, ciudades y pueblos del futuro? ¿Qué nos encontraremos dentro de 30 años?

Horacio R. Maseda 11-02-2019

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PREGUNTA.- Su interés en el campo del envejecimiento surgió a raíz de una experiencia personal con una enfermedad degenerativa que afectó a su padre. Dice en el capítulo introductorio del libro de Fundación Pilares sobre las viviendas para mayores que esto le hizo reflexionar sobre cómo estaba abordando la arquitectura un fenómeno como la longevidad. ¿Qué conclusiones sacó en ese momento?

RESPUESTA.- Mi experiencia me había hecho constatar que algunos de los aspectos específicos de la vida humana –la vejez, la enfermedad, la decadencia, los cuidados– parecían estar adscritos a determinados espacios físicos que se mantenían separados del espacio de la vida cotidiana que nos rodea. La arquitectura, como medio de organizar las relaciones humanas en el espacio y el tiempo, está sujeta a una fuerte ortodoxia en cuanto a dónde y cómo ciertas funciones se deben ubicar en el paisaje urbano.

Mientras que la arquitectura contemporánea admite el ideal de estructuras multifuncionales, a un urbanista nunca se le ocurriría mezclar espacios de vida con espacios de degradación. Ubicados frecuentemente en la periferia de la ciudad, es como si los espacios de la senectud, la decadencia o la enfermedad –cementerios, hospitales, sanatorios, residencias– hayan sido arrojados fuera del alcance de nuestra conciencia corporal.

Está claro que la arquitectura alcanza físicamente lo que la sociedad de consumo intenta aplicar mentalmente. La vejez y la idea de ella parecen no tener cabida en una sociedad que solo alaba las virtudes de la juventud, la movilidad y el éxito. ¿No asignamos topografías bien definidas, pero camufladas estéticamente, cuestionables e introvertidas a la vejez y a la discapacidad? Es como si la arquitectura, como generadora de soluciones para necesidades reales, hubiese olvidado su finalidad social para centrarse exclusivamente en las funciones productivas y representativas.

P.- En la exposición ‘envejezANDO’, el visitante puede comparar dos escenarios: el presente (2016) y el futuro (2050). ¿Qué diferencias existen entre los dos?

R.- En el escenario de 2016 nos encontramos con ejemplos de los proyectos que ahora mismo se están desarrollando paralos senior en España: programas como el de Ciudades Amigables con las Personas Mayores, ejemplos de residencias, apartamentos tutelados, cooperativas sin ánimo de lucro autogestionadas para mayores, viviendas intergeneracionales, edificios públicos, viajes y destinos del Imserso. Es decir, ejemplos de buenas prácticas arquitectónicas que, a día de hoy, se están llevando a cabo en nuestro país. 

Por el contrario, en el escenario de 2050 se presentan escenarios y proyectos posibles en un futuro, que perfilan las líneas de cómo debería ser nuestro entorno. Se presentan ‘los mayordomos rurales’ que llevarían bienes y servicios a domicilio para todas las personas que viven en entornos rurales, el decálogo de la ‘ciudad para todas las edades’, el pavimento tridimensional que permite convertir los espacios públicos (calles plazas y viales) en espacios de estancia, descanso y relación dependiendo de las horas del día. Hoteles intergeneracionales con médico las 24 horas, el envejecimiento activo en forma de columpio para todos, o viviendas flexibles ‘a la carta’ que varían su configuración y su mobiliario de acuerdo a las necesidades de sus usuarios durante toda su vida. También las ‘corralas’ modernizadas y adaptadas para todas las edades. En resumidas cuentas, lugares amables para todas las edades.

La diferencia principal entre ambos escenarios es, sin duda, la intergeneracionalidad de las propuestas, ya que, a pesar de los intentos que se están produciendo por mejorar el entorno construido para este colectivo, las soluciones que se presentan a día de hoy, a mi entender, no son suficientes, ni tampoco integradoras. 
El escenario de 2050 propone un mundo en el que, personalmente, me gustaría vivir cuando sea mayor y en el que se produce la integración de todas las personas.

P.- Dice en su artículo que el llamado ‘tsunami gris’ constituye un desafío comparable al de aquellos arquitectos que reconstruyeron las ciudades después de la guerra. Sin embargo, todavía no se reconoce la escala y la dimensión del reto de la longevidad y de lo mucho que esta afectará a las viviendas. ¿Por qué  no parece un objetivo prioritario para los agentes públicos y privados? 

R.- En contra de los estereotipos que se han ido construyendo a base de repetirlos, las personas mayores no son ni se comportan como sujetos pasivos, sino que son personas muy activas que saben cómo quieren dirigir sus vidas. Este empoderamiento, que cada vez es más visible, tiene y tendrá consecuencias muy concretas, no solo en lo social, sino también en lo urbano y arquitectónico.

Debo decir que lentamente se empieza a avanzar en una buena dirección. Desde que yo empecé mi estudio, lo cierto es que cada vez hay más congresos, jornadas y debates en los que se están empezando a abordar los nuevos retos. Sin ir más lejos, el numero de ciudades adscritas al programa de Ciudades Amigables con los mayores ha crecido exponencialmente, lo que significa que en las agendas urbanas de los ayuntamientos empieza a haber una concienciación de la realidad de los mayores y de sus necesidades.

Por otra parte, y con esfuerzo, empieza a haber ejemplos construidos de nuevas formas de convivencia de grupos de mayores, que también se están convirtiendo en referentes para otros nuevos proyectos. Esto significa que la realidad urbana y arquitectónica de la vejez empieza a ser más visible y a despertar el interés de muchos actores sociales, entre ellos, el de mi colectivo. 

Pero también es verdad que, en cuanto al régimen jurídico de estas nuevas modalidades habitacionales, uno de los inconvenientes es que no existe en España una normativa estatal que brinde una regulación de este tipo de viviendas para mayores. Cuestiones como la forma jurídica para la implantación del modelo, el acceso al suelo, los distintos derechos sobre las viviendas o los derechos y obligaciones de los residentes ponen de manifiesto que todavía no estamos preparados para su desarrollo. 

A mi modo de entender, el problema fundamental radica en que hasta ahora se ha actuado a corto o a medio plazo en equipos poco multidisciplinares y, por eso, las soluciones que se han ido implementando han servido para resolver problemas parciales muy concretos, pero no futuros. 

Todavía no se ha producido un debate serio a nivel colectivo y transversal, que incluya a todos los agentes implicados, en el que se aborde la cuestión como reto a responder en los próximos 30 años. Una suerte de Pacto de Estado que recoja todas las mejoras necesarias.

P.- ¿Cuáles son los desafíos más inmediatos para encajar la vejez en el diseño de las urbes y los pueblos?

R.- Un entorno más amigable para las personas mayores desde el urbanismo supone que las ciudades y pueblos deben rediseñarse para las diferentes capacidades humanas. La calidad del diseño urbano y su mantenimiento son cuestiones fundamentales que deben evaluarse y mejorarse en las ciudades envejecidas, y pasa por soluciones que no son tan complicadas o que no llevan un gasto aparejado tan importante. Una ciudad con suficientes bancos y zonas de sombra para descansar, aseos públicos, aceras amplias sin obstáculos, buena iluminación y señalización, arbolado y zonas verdes, etcétera, que promuevan la independencia, la salud física, la integración social y el bienestar emocional.

Dado que para los mayores son más difíciles los desplazamientos, se deberá planificar la ubicación de los lugares y servicios necesarios para su vida cotidiana –viviendas asequibles, comercios de proximidad, equipamiento sanitario, dotaciones, espacios públicos...–, favoreciendo la sinergia entre usos, espacios y lugares y aumentando la posibilidad de actividades al aire libre. 

Esto no solo se puede realizar desde la arquitectura y el urbanismo, hay que tener en cuenta otros factores como el trabajo y la participación social y ciudadana, el respeto e inclusión social, la comunicación e información, el transporte o los servicios sociales y de salud. Con peatonalizar o suprimir barreras físicas no es suficiente. Es un trabajo que requiere una coordinación de diferentes áreas municipales y un trabajo transversal entre diferentes profesionales.

P.- Usted explica que deberíamos imaginar arquitecturas facilitadoras que completen la limitación posible de los usuarios en el futuro. ¿En qué consisten, concretamente, conceptos como la antropometría?

R.- Está científicamente demostrado que, con la edad, nuestras medidas corporales se van modificando, ya que perdemos peso, talla y masa muscular. Esto afecta a nuestra relación con los espacios y los objetos, ya que, aunque esta reducción de dimensiones no fuese muy significativa, nuestra capacidad de alcance y nuestra velocidad de movimiento pueden verse reducidas con la edad, lo que provoca que muchas veces no podamos utilizar de manera cómoda el mobiliario y las viviendas.

Esto afecta directamente a cómo deben estar diseñados nuestros espacios cotidianos, ya que, por ejemplo, una cocina con una buena iluminación, enchufes colocados a una altura óptima, con cocina con temporizador para evitar olvidos, espacio suficiente para poder cocinar sentados, con grifería extensible para no tener que cargar con peso, con armarios bajos con ruedas donde colocar los objetos pesados, con pavimento antideslizante para evitar caídas y sin ningún mueble alto para no tener que utilizar escaleras o banquetas para acceder a los objetos es una buena cocina para todas las personas y, en especial, para las mayores.

Un sofá o una silla que no sea demasiado baja puede facilitar que una persona mayor pueda sentarse y levantarse cómodamente, y lo mismo sucede con la altura de las camas.

Si eventualmente padeciésemos alguna discapacidad, puede ser que tuviésemos que ser usuarios de una silla de ruedas, lo que hace que automáticamente muchas de las medidas con las que se han diseñado nuestras viviendas sean realmente limitadoras de nuestra capacidad de movimiento.

Es por eso que los baños, estancias, pasillos y puertas deberían estar preparados para que un usuario con silla de ruedas pudiese utilizarlos correctamente y, no solo eso, también nuestro mobiliario, altura de enchufes y espejos deberían tener esos centímetros de más o de menos para que una persona sentada los pudiese utilizar.
Con todos estos ejemplos, lo que quiero poner de manifiesto es que la antropometría es muy importante a la hora de diseñar los entornos, y estos deberían ser para todas las personas. La diferencia de una tipología no adaptable a una adaptada, o adaptable, no es tan grande en términos de superficie, pero sí en términos de distribución.

P.- Hay dos aspectos que van a suponer una revolución en el diseño de nuestras ciudades: la forma en que trabajamos y en que nos movemos. ¿Cómo repercutirán estos dos factores?

R.- Debido a la presión demográfica y a cómo está planteado nuestro Estado del Bienestar, está claro que, por primera vez en la historia, cuatro generaciones estarán activas en el mercado de trabajo. El trabajador envejecido con experiencia será un grupo demográfico cada vez más amplio, y que cada vez retrasará más su edad de jubilación. 

Por otra parte, la robótica y la Inteligencia Artificial harán que muchos de los trabajos que hoy conocemos desaparezcan. El aumento de la economía colaborativa, habilitada por la tecnología, creará entornos nuevos de trabajo orientados hacia la flexibilidad, el trabajo en equipo y la convivencia, haciendo obsoletas muchas de las estructuras existentes en las ciudades para sus lugares productivos. 

Es por esto que los espacios de coworking no solamente aparecerán en las zonas de oficinas, sino que cada vez más estarán presentes en nuestras calles y barrios, y hasta incluso se convertirán en programas necesarios en las nuevas viviendas intergeneracionales.

La industria automovilística está inmersa en una revolución de consecuencias hasta ahora desconocidas para nuestras ciudades. Los coches eléctricos con bajas emisiones, los coches compartidos y los autónomos (sin conductor) supondrán un cambio de paradigma en la forma en que hoy nos movemos y en la que entendemos la propiedad de los mismos. 

Muchos de estos avances supondrán reducir de manera significativa los requisitos de espacio que hoy ocupan los viales y aparcamientos, dejando libres, otra vez, grandes espacios en las ciudades que podrán ser reclamados de nuevo por los que realmente los necesitan. El diseño de estas nuevas calles, libres de contaminación y vehículos, a lo mejor se asemeja a lo que fueron en su día los bulevares, reconvirtiéndose en espacios verdes y de esparcimiento para todas las edades.

Por otra parte, para un colectivo que ve reducida su movilidad –ya que llegada cierta edad ya no puede conducir–, el automóvil sin conductor puede suponer un gran avance para recuperarla y permitir el acceso a los diversos servicios que la ciudad ofrece. Esto mismo, aplicado en el entorno rural, supondría que muchas de las personas que hoy se ven obligadas a abandonar sus pueblos por imposibilidad de acceso a servicios no tendrían que hacerlo.

P.-  En cuanto a las viviendas para mayores hay dos alternativas: adaptar las ya existentes para convertirlos en hogares accesibles, e investigar nuevas tipologías residenciales para el colectivo senior. ¿En qué punto estamos ahora mismo?

R.- Cuando una persona se hace mayor en España, prefiere quedarse en su propia casa el mayor tiempo posible (age in place). Hasta el 93,6% de la población así lo quiere, según apuntan los indicadores estadísticos.
Está demostrado que continuar viviendo en la propia casa y en su entorno es una muy buena opción para disfrutar de un envejecimiento activo, saludable y una buena calidad de vida. 

Para ello existen programas específicos de ayuda a domicilio, de adaptación funcional de viviendas, etc. Pero hay que reconocer que muchas personas mayores necesitarán ayuda externa intensiva al final de su vida y que determinadas tipologías de vivienda existente presentan una dificultad o un coste tales de adaptación, en ausencia de prestaciones públicas para ello, que es imposible un correcto uso de las mismas, convirtiéndose de facto en auténticas cárceles para este colectivo.

Según el informe publicado por el Observatorio Social de la Caixa con datos obtenidos del censo de población y viviendas de 2011 el 20,1% de las personas mayores de 65 años en España (1.596.675 personas) vive en una situación de vulnerabilidad residencial extrema, es decir, en hogares con problemas graves de habitabilidad. Dichos problemas son mayoritariamente de falta de accesibilidad y falta de calefacción, aunque también hay que señalar que algunas de ellas no cuentan con agua potable, o aseo dentro de la vivienda ni tampoco acceso a las redes de saneamiento.

Teniendo en cuenta estos datos acerca del parque de viviendas actual, es muy importante señalar que uno de los grandes retos a día de hoy  para los arquitectos es la necesaria rehabilitación y remodelación de viviendas y edificios existentes para adaptarlos a las necesidades de este colectivo (accesibilidad universal, espacios de socialización específicos, adecuaciones de tamaño a las posibilidades de mantenimiento, condiciones de confort y reducción de las demandas de consumo energético, etc.) y todo ello dentro de entornos integradores .
Por otra parte, en España, tan solo el 4,2% de las personas mayores vive en establecimientos colectivos gestionados externamente -residencias, viviendas tuteladas u otro tipo de alojamientos- no alcanzando significación estadística quienes lo hacen en viviendas autogestionadas. Está claro que este es un modelo que representa, hoy por hoy, un porcentaje muy bajo respecto a la población mayor. Pero, por otro lado, la tipología de proyectos de alojamientos para personas mayores son los que ahora y en el futuro representan los mayores retos en posibilidad de innovación y sostenibilidad social.

Frente a este desafío y desde la perspectiva de un cambio de modelo social, se están llevando a cabo multitud de intentos, más allá del cuidado institucionalizado, para diseñar formas alternativas y más innovadoras de viviendas para mayores, cada una de ellas relacionada con el grado de fragilidad y dependencia de los mismos.
Un ejemplo de estas nuevas formas de convivencia son las viviendas autogestionadas de mayores en forma de cooperativa, o también llamados cohousing de mayores, modelo importado de países del mundo anglosajón donde existe una gran tradición al respecto. Son cooperativas sin ánimo de lucro de personas mayores que se asocian para construir unas viviendas con servicios que les permitan vivir de manera independiente y que les ofrezcan servicios adaptados a sus necesidades. Existen tanto en la ciudad como el entorno rural y aunque todavía no son muchos es un modelo de éxito entre los mayores.

Personalmente estoy más a favor de la integración y aunque la segregación de los mayores sea solo en un edificio o complejo, me parecen mucho más interesantes los modelos de vivienda intergeneracional, en el que jóvenes y mayores conviven en viviendas independientes, pero compartiendo servicios comunes, desafortunadamente todavía no hay muchos ejemplos nuevos en España, pero lo realmente interesante es que estos edificios suponen una negociación entre intereses diversos, pero también un apoyo entre generaciones,  y en los que está demostrado que los diferentes grupos de edad aprenden unos de otros de maneras fascinantes.

Cabe reseñar, que este modelo que ahora se presenta como novedoso, se lleva haciendo desde hace muchos años en nuestro país en las conocidas corralas, donde jóvenes y mayores siempre han convivido y donde los lazos vecinales siempre han sido muy fuertes. Con esto quiero decir que deberíamos estudiar mejor estos modelos de convivencia tan nuestros y readaptarlos a las nuevas necesidades contemporáneas.  

Es por esto que dentro de la arquitectura debemos empezar a investigar nuevas tipologías residenciales colectivas más acordes a dichas necesidades para alojar a personas que quieran envejecer activamente en una vivienda adaptable a sus necesidades presentes y futuras, mejoras que giran en torno a la accesibilidad y adaptabilidad de los muebles y estancias que cambien a lo largo del tiempo de manera individualizada.

En resumen, no se trata solamente de resolver correctamente edificios adecuados para la gente que hoy es mayor, ni de avanzar decididamente en materia de accesibilidad, aspecto en el que se ha experimentado un cambio notabilísimo, sino también en anticiparse y pensar que necesidades presentará la población que será mayor en el futuro.

Esto supone aportar nuevos enfoques en las viviendas con cuidados que impidan el aislamiento y estigmatización asociadas a soluciones que están diseñadas exclusivamente para personas mayores y permitan como ya sucede en los edificios intergeneracionales, combinaciones nuevas y sorprendentes:  escuela infantil y residencia de mayores, casa de acogida de madres solteras y de mentores mayores,  etc. Ha llegado el momento de probar, investigar y medir programas emergentes. 


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