Teléfono: 986 438 020 Última actualización:  13:06:11Domingo, 25 de Agosto de 2019
Atrás

Eva María Arroyo-Anlló / Catedrática de Neuropsicología en la Universidad de Salamanca (USAL)

'La emoción es un medio directo con la memoria, una alianza poderosa'

Horacio R. Maseda / EM 12-06-2019

COMPARTIR
Pregunta.- Acaba de recibir el premio internacional ‘World Championship 2019’ de la mano de la International Agency for Standards and Ratings (IASR) por su trabajo de investigación sobre la enfermedad de Alzheimer, más concretamente, por el artículo científico ‘Auto-consciencia en la enfermedad de Alzheimer (EA) y la demencia fronto-temporal’. ¿En qué ha consistido esta investigación?
Respuesta.- Ese trabajo nace desde nuestra inquietud por comprender el comportamiento humano desde una perspectiva de la Neuropsicología Humanista, que nos llevó a preguntarnos cuál podría ser el eje hipotético de los trastornos de la conducta, que desquebrajan paulatinamente la humanidad en sujetos que padecen daño cerebral, en particular las demencias. 
El ser humano va construyendo su historia vital generando comportamientos a lo largo de su existencia (interacción de biología y biografía), construyendo su ‘yo’ y, de este modo, su ‘autoconsciencia’. 
La autoconsciencia o consciencia reflexiva es el conocimiento que uno tiene de su propio estado de consciencia, siendo el rasgo más distintivo de nuestra condición humana, que nos proporciona el sentimiento de nuestra singularidad, de seres irrepetibles y únicos en el mundo. Las alteraciones de la autoconsciencia se suelen manifestar por cambios en nuestro estilo de vestir, en nuestro comportamiento social o en cambios en la ideología política, creencias religiosas o en los valores morales.
En concreto, el trabajo premiado compara la autoconsciencia entre la enfermedad de Alzheimer y la demencia fronto-temporal, mostrando que la autoconsciencia no está abolida totalmente en ninguna de las dos demencias, pero se encuentra más deteriorada en la fronto-temporal, en particular, en aspectos relacionados con los juicios morales e introspección, ya que depende más de un funcionamiento cerebral órbito-frontal, relacionados con la red neural en modo automático o espontáneo. Esta red parece ponerse en funcionamiento en reposo, cuando el sujeto está focalizado en sí mismo (meditación, soñar despierto, etcétera) y puede modularse por estados emocionales.

P.- ¿Cómo se traducen los resultados tras recopilar datos a través de este cuestionario aplicado a pacientes con Alzheimer y demencia fronto-temporal?
R.- La autoconsciencia es multifactorial y, para evaluarla, elaboramos el cuestionario de autoconsciencia que examina siete factores: la consciencia de nuestra identidad personal, del cuerpo, de las percepciones, de los estado de ánimo, de los propios proyectos de futuro, de la propia historia o autobiografía y de los juicios morales. En sentido estricto, el deterioro de la autoconsciencia se traduce en que no somos conscientes de nuestra propia existencia, ni pasada, ni presente, ni futura. Su alteración hace que no seamos como éramos siempre, nos convertimos en otro tipo de personas, en extraños para nuestros familiares y amigos.
Las primeras manifestaciones de la alteración de la autoconsciencia se manifiestan en cambios de comportamiento de higiene, estilo de vida, ropa, ideología, conducta social... Ello tiene implicaciones no solo sociosanitarias, sino también jurídicas como la capacidad para testar, tutelas, incapacitaciones, etcétera. 

P.- En 2013, un estudio mostró el efecto positivo de la música sobre la autoconsciencia en pacientes con Alzheimer. A efectos prácticos, ¿qué supone este descubrimiento?
R.- La emoción es un medio directo de relación con la memoria, una alianza poderosa, involuntaria, que puede hacer que recuerde su historia vital, aunque sea de manera pasajera. Así, fijándonos en la emoción, nos centramos en algo esencial en la vida, que puede estimularse por actividades cotidianas como el olor, el gusto, la música... porque aunque el paciente sea incapaz de identificar o denominar el olor, la comida o la pieza musical, puede volver a sentir emociones, revivir situaciones, encontrar las emociones que le aportan, reconociéndose a sí mismo. Es otra manera de abordar a los enfermos, de hacernos cargo de los enfermos con demencia, no desde el punto de vista terapéutico o cognitivo para mejorar la EA en sí misma, sino desde una perspectiva de acompañamiento. 
Desde esta perspectiva de ‘cuidado’, la Neuropsicología también tiene un rol esencial que jugar, ya que puede demostrar científicamente que incluso de manera temporal, ciertos protocolos exaltan la memoria, su estado afectivo, su identidad personal..., es decir, su autoconsciencia.
Así, actualmente, nuestro equipo está inmerso en la búsqueda de elementos potenciadores y facilitadores de la autoconsciencia en la demencia, base para la regulación de la conducta humana y para fomentar su bienestar general. Intentamos promover el uso de estrategias para el acceso directo de los recuerdos personales de forma automática, no voluntaria, facilitada por estímulos sensoriales con gran carga emocional que mejoran los recuerdos autobiográficos.
El primer trabajo bajo esta perspectiva vio la luz a finales de 2013, donde presentamos los resultados del efecto positivo de la música familiar sobre la autoconsciencia, gracias a su potencia emocional en un grupo de pacientes con enfermedad de Alzheimer. 
La intervención musical a través de canciones familiares para los pacientes con Alzheimer mejoraron significativamente los aspectos de autoconsciencia, excepto los de la memoria prospectiva e introspección. En esta misma línea, nos encontramos desarrollando en la Universidad de Salamanca una investigación que pretende explorar la fuerza emocional de estímulos olorosos familiares para generar recuerdos autobiográficos de forma involuntaria, que podrían tener un efecto positivo sobre la autoconsciencia.

P.- Usted está al frente de un equipo de investigación franco-español desde hace 15 años y, en las primeras etapas, los estudios se centraron en las relaciones entre el cerebro y las funciones cognitivas. ¿Qué sabemos hoy de esta relación?
R.- La Neuropsicología y las Neurociencias, en general, estudian esas relaciones entre cerebro y funciones cognitivas (cerebro-mente), que en el siglo XX tuvieron un periodo revolucionario de gran desarrollo. En un principio, la Neuropsicología tradicional se ocupaba de esa ya clásica dicotomía cartesiana cerebro-mente, cuyo objetivo fundamental consiste en estudiar las relaciones entre la conducta, o en sentido más restringido, las funciones mentales superiores y las estructuras cerebrales, poniendo más énfasis en el funcionamiento cerebral y localización de la lesión. 
Más tarde, su estudio se focalizó más en las funciones cognitivas que en las estructuras cerebrales que las sustentan, debido al desarrollo de la Neuropsicología Cognitiva y otras ciencias afines, hasta llegar a nuestros días, donde se consideran que las funciones mentales complejas dependen de redes de neuronas o mapas neurales y de sus relaciones con nuestras experiencias mentales, que al mismo tiempo están distribuidas y localizadas. El cerebro es un sistema de alta complejidad, donde sus conexiones no son azarosas, se construyen y dependen de nuestras experiencias mentales. 
Las primeras funciones cognitivas estudiadas fueron lenguaje y memoria hasta lo que ahora denominamos funciones ejecutivas y la cognición social que nos permiten planificar nuestras acciones y actuar adecuadamente en un contexto social. Hoy en día, hay avances asombrosos y, como yo diría, con ‘marca española’, como la posibilidad de forzar a una función del cerebro (por ejemplo, el lenguaje) a que se traslade a otras regiones cerebrales antes de que la pierda por un tumor y, así, el paciente puede seguir hablando correctamente después de estirpar completamente dicho tumor. Todo gracias al poder de neuroplasticidad de nuestro cerebro y a una intensiva rehabilitación neuropsicológica asociada a estimulación eléctrica cortical.
En cuanto a nuestro trabajo, una de las primeras líneas investigadoras de nuestro equipo franco-español, junto con el profesor Roger Gil de la Universidad de Poitiers, se centró en concreto en la  ‘Memoria procedimental semántica en neuropatologías’. Nuestro grupo de investigación creó una tarea experimental para evaluar el aprendizaje no voluntario de la categorización semántica, utilizando estímulos verbales y empleando un paradigma de tiempo de reacción manual. Fue elaborada con el fin de obtener evidencia sobre la habilidad inconsciente para aprender a clasificar palabras por su categoría semántica. Hemos utilizado esta tarea en diversas enfermedades neurológicas, como la Enfermedad de Alzheimer o la de Parkinson, comprobando que estos pacientes todavía eran capaces de desarrollar esta habilidad procedimental semántica de manera involuntaria o inconsciente, a pesar de sus graves problemas de memoria.
Además, utilizamos esos conocimientos sobre memoria procedimental o implícita y otros avances de las Neurociencias para la rehabilitación cognitiva y del comportamiento de personas con daño cerebral, actividad que ejercemos en la Clínica Alaejos de Salamanca, dedicada a la rehabilitación integral de lesiones cerebrales. 

P.- Otras investigaciones han ido encaminadas al análisis de los trastornos de comportamiento en la enfermedad del Alzheimer. Como resultado de estos estudios, ¿de qué manera se ha mejorado el cuidado del paciente y su entorno?
R.- Como ya mencioné, uno de nuestros mayores intereses neurocientíficos es el análisis de los trastornos del comportamiento en la EA, con el fin de mejorar el cuidado del paciente y de su entorno. Empezamos a abordarlo en el Hospital Geriátrico Pasteur de Francia y, posteriormente, en el Centro Terapéutico Alzheimer, analizando los trastornos más disruptivos y con mayor carga familiar en los pacientes que padecían una demencia. 
Uno de los resultados que nos sorprendió fue que la desmotivación o ‘déficit de curiosidad’ en enfermos Alzheimer de severidad leve generaba un estrés y malestar, en general, en los cuidadores principales, incluso en mayor grado que la agitación o las alucinaciones. Esto nos llevó a estudiarla de manera más detallada, diferenciándola del síndrome depresivo, gracias a la elaboración de una escala de apreciación de la desmotivación (falta de motivación, de implicarse, de curiosidad, del deseo y sentido de la acción, de la anticipación, etcétera) que, posteriormente, la aplicamos a un grupo de pacientes con EA.
Paulatinamente, las observaciones obtenidas de estos proyectos investigadores y los de otros equipos de la comunidad científica nos empezaron a inquietar, ya que todos los estudios de Neurociencias de la EA para conseguir un tratamiento farmacológico o no-farmacológico eficaz no tenían y no tienen significativos resultados esperanzadores desde hace más de 15 años; incluso la vacuna contra la enfermedad de Alzheimer no ha dado resultados beneficiosos, ya que eliminaba el depósito de beta-amiloide, pero el enfermo no recuperaba sus funciones, mostrando que la b-amiloide más que la causa podría ser un testigo de la enfermedad. Además, ya no nos encontrábamos en el tiempo de la supremacía de los test de evaluación de cada función intelectiva, donde nos centrábamos solo en las alteraciones cognitivas del paciente, en los aspectos negativos de la EA. 
Por ello, nos fuimos adentrando en un cambio de paradigma, donde el lado científico y el lado humano se unen en nuestro cursus investigador hacia una Neuropsicología Humanista. Una Neuropsicología Humanista no tan cognitiva, gélida, fría o racional. Queremos centrarnos en el paciente, en los aspectos positivos de la enfermedad del paciente, qué es lo que tiene preservado, qué es lo que puede emerger, buscando hacer sentir las capacidades que se encuentran invisibles bajo la ‘piel cognitiva’, con el fin de fomentar el bienestar del enfermo en su entorno inclusivo. 
Actualmente, se sigue juzgando la eficacia de las intervenciones esencialmente a nivel cognitivo, a nivel de cura –cure, a nivel terapéutico y no, a nivel de cuidado, care– y es posiblemente, esa la razón –junto con un diagnóstico de EA no certero– por la que consideramos que parecen que no funcionan, ya que se centran en si mejora la memoria, lenguaje, la orientación y no, en si produce un bienestar, una emoción; porque la observación clínica funcional nos muestra ese otro espejo distinto, el de una mejora comportamental, emocional, de calidad del cuidado, aunque sea perecedera o momentánea. 
Hoy en día, se está intentando llegar a cuidados integrales sociosanitarios que puedan llegar a un amplio espectro de la sociedad, gracias a la creación del Espacio Único Digital en el campo de la salud. En particular, se están desarrollando innovadoras herramientas de inteligencia artificial que ayudarán a una mayor autonomía y monitorización de los pacientes con EA en sus propios hogares.

P.- De aquí a 20 años, ¿en qué punto imagina que nos encontraremos en cuanto a la investigación de estas enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer?
R.- Desgraciadamente, la investigación sobre la EA desde el punto de vista del tratamiento no ha tenido unos logros espectaculares. Incluso, en algunos países europeos, los tratamientos farmacológicos de la EA no están subvencionados por la Seguridad Social debido a su escasa eficacia. Esto nos está llevando a plantearnos la importancia de un mayor entendimiento de la patofisiología de esta dolencia, con el fin de identificar mejor los pacientes que realmente tienen una EA y los que no, para poder determinar mejor sus tratamientos y responder mejor a ellos. 
No obstante, se ha avanzado mucho en otros campos de las demencias, como el de la detección más precoz de la enfermedad, su prevención o en la mejora de la calidad de vida de las personas que la sufren, de sus familiares y cuidadores, en general.
Esperemos que en un futuro próximo, todos los esfuerzos científicos puedan mostrar resultados esperanzadores en relación al tratamiento de la EA.


Tlfno: 986 438 020 | contacto | aviso legal