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Los efectos de la pandemia ya empiezan a resentir la salud de las personas mayores

Elevados índices de fragilidad y un empeoramiento del deterioro cognitivo son algunas de las consecuencias que ya se están percibiendo entre el colectivo más vulnerable frente a la Covid-19. Esta es la huella que el confinamiento deja en los senior

Redacción EM 11-11-2020

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El mundo está sumido en una crisis sanitaria sin precedentes a consecuencia del impacto de la Covid-19. Después de casi ocho meses de que estallasen los primeros contagios en España, los especialistas alertan de los numerosos efectos negativos que la pandemia está teniendo sobre la salud física y emocional de toda la sociedad, y de las personas mayores en mayor medida, al tratarse del colectivo más vulnerable frente al virus.

Además de las evidentes secuelas a nivel médico, el confinamiento prolongado y las restricciones de movilidad que se han impuesto también están interfiriendo en la salud de las personas de más edad.  

Como explica Máximo Bernabeu, médico internista y portavoz de la Sociedad Española de Medicina Interna (Semi), “el confinamiento ha condicionado una notable disminución de las posibilidades de realizar actividades físicas, determinando un mayor sedentarismo y consecuentemente una mayor probabilidad de aumento de peso. Recordemos además, que los domicilios de los ciudadanos mayores habitualmente ‘han envejecido con ellos’. Quiero decir con esto que sus viviendas en general son más pequeñas y con menos espacios para realizar ejercicios alternativos a los habituales. Si las consecuencias han sido patentes para todos, en las personas mayores han sido aún más acusadas. A nivel físico las principales han sido un empeoramiento de la forma física, más sedentarismo, atrofia muscular y desacondicionamiento cardiovascular, aumento de peso y consecuentemente un peor control de enfermedades tan frecuentes como la hipertensión ó la diabetes”.

Por su parte, Carlos Fernández Viadero, miembro del Equipo de Liderazgo de la SEGG, geriatra del Servicio de Psiquiatría del Hospital Universitario Marqués de Valdecilla y secretario del Grupo de Demencias de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología, explica que las personas mayores, además de pertenecer al grupo de mayor riesgo frente al SARS-CoV-2, “también son las que sufren una mayor comorbilidad orgánica y mental, que se puede ver agravada por el aislamiento y la restricción de la movilidad”.

De hecho, continúa el experto, “el aislamiento social y el desuso aparecen como variables fundamentales en la progresión de la fragilidad como ha demostrado recientemente el Survey of Health Aging Retirement in Europe (Share). De la misma forma, el aislamiento domiciliario de las personas ancianas suele conllevar descenso de la actividad física, y secundariamente presencia de mayor sarcopenia. Ambos fenómenos, fragilidad y sarcopenia, se asocian con peor pronóstico funcional, incremento de la comorbilidad, mayor riesgo de ingreso hospitalario y mayor probabilidad de morir”.

UN ARMA DE DOBLE FILO
Los especialistas coinciden, por tanto, en el doble filo de las medidas de confinamiento y aislamiento social porque, si bien son las más eficaces para controlar la propagación del virus, también pueden agravar otros aspectos que repercuten directamente en la salud como la aparición de cuadros depresivos, la ansiedad, el miedo al contagio, la falta de estímulos y, en mayor grado, una aceleración del deterioro cognitivo en aquellos mayores que sufren algún tipo de demencia.

El portavoz de la Semi hace hincapié en que “para una buena salud mental todo ser humano requiere de una red de relaciones y apoyo social en la que se encuentre cómodo y que le sirva para desarrollar la natural sociabilidad, tan propia de nuestra especie. El confinamiento, obviamente, ha reducido esa red, produciendo un mayor aislamiento. En las personas mayores el aislamiento social es deletéreo para la salud mental, y puede condicionar trastornos del estado de ánimo como depresión, ideas de perjuicio, y ansiedad”. Además, añade el doctor Bernabeu, puede afectar al sueño, a los horarios y el ritmo circadiano, e incluso producir deterioro mental y cognitivo: “Nuestro cerebro es un órgano más y, al igual que pasa con nuestros músculos, cuando no los ejercitamos, las funciones mentales pueden deteriorarse en las personas mayores si no son incentivadas”.

Asimismo, Fernández Viadero reitera que las consecuencias para la salud mental son ya visibles: “Es posible que aún no hayan alcanzado su punto máximo y, también, que perduren un tiempo. Los trastornos que aparecen más comúnmente, desde el punto de vista psicológico, son ansiedad y pánico, síntomas obsesivo-compulsivos, insomnio, síntomas depresivos y estrés postraumático. Además de poder ser una consecuencia directa de la pandemia, también están favorecidos en gran medida por los efectos del aislamiento social y la falta de interacciones con los demás. La angustia que experimentamos es una respuesta humana normal ante una crisis; reconocer y aceptar estos sentimientos evita que acaben desencadenando patologías más graves”.

En este punto, el geriatra recuerda que “la resiliencia humana está estrechamente relacionada con la profundidad y la fuerza de nuestras conexiones interpersonales, incluida nuestra participación en grupos y comunidades. Por el contrario, la soledad parece ser una de las mayores amenazas para nuestra salud, supervivencia y bienestar, soledad que se incrementa con las medidas de aislamiento social. Además, la angustia emocional, que probablemente sea provocada por esta situación es otro factor de riesgo de muerte prematura, siendo conocido que la ansiedad predice la muerte por cualquier causa y es especialmente perjudicial en personas mayores de 75 años”. 

Además, estas consecuencias del aislamiento representan, como relata Fernández Viadero, “una problemática adicional perjudicial para la salud en general a largo plazo,  tanto para las que viven en el medio comunitario como para las que habitan en el medio residencial”. 

Conocedora de este ámbito es Fini Pérez, directora asistencial de la compañía DomusVi. “Nuestros centros se han adaptado a la nueva realidad sanitaria y social y siguen funcionando para que el aislamiento no sea tal. Trabajamos permanentemente para evitar el deterioro cognitivo de nuestros mayores. Los equipos de psicólogos y animadores culturales cuentan con un ambicioso programa de actividades y juegos para lograr la estimulación permanente de las áreas cognitivas”. Y añade que, en consecuencia, “se agravan especialmente aquellas patologías degenerativas, cuando los usuarios dejan de recibir el mejor de los tratamientos que tienen, que son los talleres de estimulación cognitiva. Las actividades que favorecen la interacción social y el ejercicio físico son fundamentales para retrasar el deterioro funcional asociado a estas patologías. Esto puede suponer un gran problema de salud ya que a estas edades, lo que se pierde es difícilmente recuperable”.

“Si el aislamiento o confinamiento lleva a una situación de disminución de la actividad física, también se verán empeoradas patologías respiratorias, enfermedades cardíacas, la diabetes, etcétera. Esto lo que nos tiene que hacer es pensar y poner en práctica mecanismos que protejan a nuestros residentes, sin mermarles su autonomía”, comenta Fini Pérez.

PÉRDIDA DE ESTIMULACIÓN
Como expresa Fernández Viadero, “la exclusión social está significativamente asociada con mayor riesgo de disfunción cognitiva, lo que, a su vez, aumenta el riesgo de enfermedad de Alzheimer y acelera la progresión de la enfermedad de las condiciones existentes. El aislamiento afecta negativamente a la actividad cerebral general debido a la pérdida de estimulación. Eventualmente, el entorno empobrecido y la falta de estimulación social, cognitiva y sensoriomotora afecta de forma negativa a los fenómenos de neuroplasticidad, cualidad cerebral necesaria para mantener los fenómenos de comunicación en interacción entre las células cerebrales, así como una adecuada salud mental y cognitiva”.

Además, el especialista de la SEGG añade, respecto a la repercusión del aislamiento en otras patologías, que, en general, afecta a “la mayoría de los procesos cardiovasculares, metabólicos y musculoesqueléticos que padecen con frecuencia las personas mayores, pues se pueden ver afectados e incluso agravados debido a la dificultad para mantener los aspectos físicos de los hábitos de vida saludables”. 

Por su parte, el doctor Bernabeu explica que “una de las bases fundamentales del tratamiento de cualquier demencia es el desarrollo de actividades e intervenciones de preservación cognitiva de todo tipo (terapias ocupacionales, lectura, logopedia, terapias de reminiscencia para evitar la pérdida de recuerdos, estimulación sensoria, etcétera). Por tanto, el aislamiento y la falta de estimulación neurocognitiva que conllevan las restricciones son deletéreos para estos pacientes”. 

Por último, advierte que la falta de actividad física también “contribuye a disminuir la densidad mineral ósea, empeorando la osteoporosis. Todas las enfermedades osteomusculares como la artrosis, la artritis reumatoide y otras enfermedades que cursan con dolor osteoartromuscular crónico pueden empeorar con la inactividad”.


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