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Caminar bien es vivir más

En las personas mayores, el cuidado de los pies es fundamental. Poder andar significa tener autonomía, y por tanto, una calidad de vida superior, que se debe atesorar asistiendo periódicamente a un profesional de la Podología

A. Lemos 14-03-2019

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Los profesionales de la Podología se plantan: más del 80% de las personas mayores necesitan cuidados en sus pies de manera periódica. Es la conclusión a la que han llegado a raíz de un informe del Consejo General de Colegios Oficiales de Podólogos, que defiende la inclusión de estos profesionales en el Sistema Nacional de Salud, y de forma más concreta, en los centros de salud y las unidades de Geriatría.

“Si la figura del podólogo estuviera incorporada de una forma efectiva en el sistema sanitario público, se reducirían muchas complicaciones que, a su vez, disminuirían el coste sanitario y los malos abordajes en las patologías del pie”, defiende Borja Pérez, miembro de la Comisión de Intrusismo del Consejo General de Colegios Oficiales de Podólogos de España (CGCOP) y presidente del Colegio de Podólogos de Galicia.

Está claro que un buen cuidado de los pies permite aumentar la autonomía de las personas, “e incluso su esperanza de vida”, añade Pérez. “El paciente que anda más, vive más. Cuando una persona deja de andar como consecuencia de una patología podológica es probable que aparezcan otras patologías que contribuyan a empeorar su salud”. Dicho de otra manera: cuidar los pies no solo aporta calidad de vida, sino también aumenta la longevidad.

¿QUÉ PUEDEN SUFRIR LOS MAYORES EN LOS PIES?
Los pies de los mayores poseen muchas particularidades que se derivan del envejecimiento. Pérez explica que las patologías más comunes son las dérmicas, las osteoarticulares y las alteraciones de la marcha.

En primer lugar, a nivel dérmico, con la edad “la piel sufre cambios. Hay tendencia a la deshidratación. La piel es menos flexible y se crean queratopatías, es decir, engrosamientos dérmicos”, explica Pérez. Con facilidad, las uñas también tienden a engrosarse y a generar problemas, siendo uno de los más comunes la uña encarnada. “No se quedan atrás los helomas, que son las callosidades”, añade. Por otro lado, con la edad, aparecen los temidos procesos de artritis y artrosis, que provocan deformaciones articulares y, a su vez, dolor. “En este sentido, podríamos hablar de los juanetes, dedos en martillo, dedos en garra o metatalsargias, entre otras”, dice Pérez.

Por último, como consecuencia de este u otros tipos de dolor, el paciente altera su patrón de marcha al andar. Esta forma de caminar tiene su repercusión biomecánica asociada en la generación de patologías como la fascitis plantar o la tendinitis de varios tipos, como la del tendón tibial posterior o la aquílea.

La mayoría de las veces, estos problemas no se presentan solos, sino combinados. Por ejemplo, “es muy frecuente” –explica Pérez– “que una uña con exóstosis subungueal aparezca ligada a un proceso artrósico que deforma la falange, y eso, a su vez, transforma la uña. Entonces, tendríamos un problema ungueal asociado a uno óseo”. Otras combinaciones comunes serían las callosidades en dedos que presentan deformidades óseas, como los dedos martillo; o esta misma callosidad en la zona interna del pie, originada por un juanete. Todo este cúmulo de problemas puede llevar a que el paciente realice una marcha compensatoria (que en Podología se conoce como ‘marcha antiálgica’) que cause una fascitis plantar.

Sin embargo, todas estas problemáticas tienen solución. Según Pérez, “la clave está en la visita al podólogo. En ocasiones, el paciente acude para algo tan sencillo como cortarse las uñas, y mientras lo hace, el profesional se fija en el estado general del pie y detecta otras patologías que pueden requerir algún tipo de prueba, derivar al paciente a otro especialista o comenzar un tratamiento”. Por esta razón, Pérez defiende la especialidad de la Podología por su multidisciplinariedad inherente, ya que se atiende al paciente abordando todas las cuestiones, ya sean óseas, articulares, dérmicas, biomecánicas o vasculares.

Precisamente los problemas de tipo vascular son los más peligrosos para los mayores, debido a su riesgo de amputación. “Si el pie no recibe aporte sanguíneo, los tejidos dejan de nutrirse de manera apropiada y aumenta el riesgo de infecciones, que pueden comprometer la vida del paciente”, asegura Pérez.


LA PREVENCIÓN ES SENCILLA
“En general, lo que conviene es que el paciente se inspeccione los pies, que están muy olvidados”, expresa Pérez, en aras de que se detecte cualquier anomalía. Pero para evitarlas, lo primordial es una correcta higiene.
El aseo y el secado de los pies son fundamentales. Debido a problemas de movilidad asociados a la vejez, muchos mayores no pueden realizar un aseo eficaz por sí mismos, razón por la que convendría que se lo hiciera otra persona. Además, el paciente geriátrico tiene una tendencia fisiológica a la deshidratación, “y la piel lo sufre”, apunta Pérez.

El especialista también recomienda hacer un adecuado cortado de las uñas, utilizar calcetines de fibras naturales para facilitar la respiración del pie y el uso de calzado adecuado. “Hay que tener en cuenta que tenemos los pies metidos en calcetines, y a su vez, en un zapato, durante muchas horas al día y sometido a un aumento de temperatura y humedad que depende de la persona. Además, los mayores tienen tendencia a la maceración en los espacios interdigitales –entre los dedos–, ya que los dedos están más rígidos y agarrotados... Todo eso puede provocar la aparición de maceraciones, que hacen que la piel se reblandezca y aumente la probabilidad de laceraciones, que a su vez, los microorganismos pueden aprovechar  para causar infecciones”.

Precisamente las laceraciones, maceraciones o una simple bajada de defensas pueden hacer que las bacterias que viven en nuestro cuerpo se reproduzcan en exceso, causando una infección bacteriana. Por otro lado, los hongos en los pies también se pueden constituir como enemigos de los pies de los mayores. De hecho, puede ocurrir que la infección venga causada por la confluencia de ambos microorganismos, generalmente evitables con una higiene básica.



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