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Heridos por Cupido después de los 60

Aunque el amor intenso y el dolor de las rupturas se asocien a los jóvenes, los senior también viven este fenómeno –en parte químico, en parte emocional– con la misma fuerza que años atrás. Porque las flechas del amor no entienden de edad

A. Lemos 10-02-2020

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Halloween, año 1955. Jack y Harriet tienen su primera cita en Missouri, Estados Unidos. Se habían conocido poco antes, en el autobús de gira del padre de Harriet, en el que Jack era conductor. El pasado 11 de enero, tras 65 años de relación, ambos fallecieron en la misma residencia cogidos de la mano y con tan solo unas horas de diferencia.

Es una de esas historias que se magnifican con la llegada de San Valentín, aquel médico romano convertido a sacerdote que casaba a parejas jóvenes de forma clandestina cuando no se podía. Porque el amor, a veces, va más allá de prohibiciones: Según la Real Academia Española (RAE), es un “sentimiento intenso del ser humano, que necesita y busca el encuentro y unión con otro ser”. Pero, cuidado, en su segunda acepción, el diccionario afirma que este “nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear”.

Quizás otro tipo de expertos no estén tan de acuerdo. Todo ese arrabal de emociones que defiende la RAE, para los químicos, es eso: pura química. Una especie de complot entre la dopamina, la serotonina y la oxitocina que tienen los mismos efectos que las drogas en nuestro cerebro.

Ahora bien, ¿cómo aman las personas mayores? Pedro Sánchez Vera, catedrático de Sociología en la Universidad de Murcia, lleva años investigando el amor senior. “El amor tiene una parte biológica, otra bioquímica, de relación de afecto profundo hacia otra persona. El amor también es lealtad, y a veces, sentimientos encontrados. Pero sobre todo, el amor es posible en las personas mayores”, explica en una entrevista a entremayores

Es cierto. Todas las comedias románticas hablan de esa pareja joven que tiene un malentendido, o de esos recién casados que se dan cuenta –in extremis– de que siguen enamoradísimos, o de ese tímido primer amor de instituto que despierta emociones intensas. No es de extrañar que haya muy poca cultura de mayores enamorados, pero para Sánchez Vera, este sentimiento “se riega en el día a día”, por lo que cuando hay mucha edad de por medio, “hay personas que siguen enamoradas profundamente, como en el primer día, y ya son octogenarios o nonagenarios”. Un sentimiento que se ve reforzado con el paso del tiempo a través de la creación de una cultura común, intereses económicos o lazos familiares, entre otras cosas. Y también la química, por supuesto. Eso, desde luego, tampoco cambia con la edad. ¿O sí?

‘HISTORIA DE UN MATRIMONIO’
Un desilusionado Adam Driver y una reprimida Scarlett Johansson protagonizan la película que ha tocado los corazones de muchos este invierno: ‘Historia de un matrimonio’. Un largometraje sobre cómo se va apagando la famosa llama del amor para dar paso a un agonizante proceso de divorcio –y de cómo a veces es mejor atravesar una ruptura que echar el ancla en una relación que no funciona–. 

De hecho, un estudio de la Michigan State University confirmó de forma empírica que un mal matrimonio aumenta el riesgo de sufrir problemas cardíacos en personas mayores. Concretamente, sería una acumulación de estrés la que genera una mayor cantidad de respuestas cardiovasculares que se intensifican con la edad, debido al declive en la función inmunitaria y la fragilidad asociada al envejecimiento. Y en esta tesitura, las más perjudicadas son las mujeres, pues tienden a interiorizar los sentimientos negativos, originando así, en consecuencia, una posible depresión. 

Esto cobra sentido al tener en cuenta –según los autores del estudio– que ellas suelen hacerse cargo de los cuidados hacia sus maridos enfermos, mientras que ellos tienden a desentenderse. “De esta forma, los problemas de salud de la esposa afectan la forma en que ella evalúa la calidad de su matrimonio, pero cuando la enfermedad la padece el marido, la opinión de él sobre su relación no se ve dañada”, indica Hui Liu, una de las investigadoras. Aunque el equipo científico recomienda que en estos casos se recurra a la terapia de pareja, lo cierto es que a veces también es saludable saber cuándo cerrar el grifo de una relación deteriorada.

De hecho, los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística al cierre de la edición de este periódico señalan que, de media, los matrimonios duran 16,8 años, y un tercio de los divorcios registrados en España se produjeron después de 20 años de casados. El mayor número de divorcios tuvo lugar en la franja de edad de entre 40 y 49 años. 

“Los divorcios se están incrementando en todos los grupos de edad”, explica Sánchez Vera, “y en eso ha tenido mucho que ver el nuevo rol de la mujer. También están llegando nuevas generaciones de mujeres que tienen cierta independencia económica, por lo que pueden rehacer su vida sin ningún problema”. Y es que en el pasado, al no existir el divorcio, era imposible que una mujer pudiese huir de una relación abusiva o que ya no le llenaba, cuando no simplemente tener voz. La inexistencia de ese concepto jurídico se trasladó a la cultura y, por mucho que nos pese, todavía se destila cierto remanente en la sociedad actual. Aún así, hay motivos para felicitarnos por vivir en esta época, pues solo hay que ver las estadísticas.

“A la hora de disolver un matrimonio, la gente hace un análisis de coste-beneficio, y a partir de ciertas edades, también puede tener muchos efectos disruptivos o perturbadores en la vida cotidiana”, afirma Sánchez Vera, aludiendo a la posibilidad mantener una relación de amistad con quien una vez fue el amor vital.

Divorciarse no es nada fácil. Para el catedrático, se tienen que reunir factores irreconciliables, como una convivencia mala o diferencias entre la pareja. Y, finalmente, se toma la decisión, que, “cuanto más se posponga, más cuesta tomar”, apunta. Pero luego, rectifica: “A no ser que tengas una alternativa. Como ocurre en toda la sociedad, cada vez hay más infidelidades. La gente se enamora y se desenamora, y eso afecta a todos los grupos sociales, con independencia de su edad”.

VUELTA AL RUEDO
Como consecuencia, y volviendo a los archivos del INE, en España hay cerca de seis millones de mayores de 50 años que presumen de soltería, y de ellos, el 44% se ve con las ganas de seguir buscando el amor tras una separación, divorcio o incluso pérdida. Desde hace un tiempo se atisba el nacimiento (y ahora explosión) de personas mayores que buscan pareja. En España, las comunidades con más solteros mayores de 50 años son Canarias (40%), Cantabria (39%) y Asturias (38%).

“Es un mercado que tiene mucha vida”, afirma Sánchez Vera. “Entre las redes sociales y los viajes senior, se incentiva un mercado matrimonial que funciona porque la gente está dispuesta a enamorarse otra vez. Algo se está moviendo”, añade. 

Como curiosidad, este mercado al que se refiere el catedrático tiene como característica que es deficitario en varones mayores de 65. “Los hombres ‘disponibles’ escasean, lo que hace que sean más exigentes. Incluso se observa un cambio de roles en los grupos de mayores a la hora de tomar la iniciativa: son las mujeres quienes van tras los hombres”, asegura Sánchez Vera.

Esto se debe, por un lado, a que ellos tienen una menor esperanza de vida, y los que viven más, suelen estar o casados, en una mala situación de salud o tienen cargas familiares que no les permiten buscar otra pareja. 

Pero, ¿qué buscan los mayores en su (nueva) pareja? Según el sociólogo, “que sea más joven”, sean del sexo que sean, aunque “cuanto más próximas sean las edades, se entienden mejor”. En este sentido, lamenta que la sociedad vea mejor que un hombre se case con una mujer más joven que el caso contrario. “Todavía extraña, pero mira al presidente de Francia”. Efectivamente, Emmanuel Macron tiene 42 años, y su mujer, Brigitte, 66.


Y de nuevo: dopamina, serotonina y oxitocina. Un cúmulo de sensaciones hacia la nueva pareja igual que cuando tenían 17 años. Según Ourtime, los senior españoles prefieren dar un paso más allá en su relación antes de decir “te quiero”; y de hecho, el 24% lo dice tras el primer beso o tras pasar sus primeras vacaciones juntos. 


Más tarde, incluso puede surgir la idea de volver a casarse. “El mercado matrimonial de los mayores no llega al 2% del total de matrimonios. Es residual, sí, pero también creciente”, valora Sánchez Vera, aunque insiste en que no siempre es así. Muchas parejas senior eligen fórmulas más recientes, como el living apart together, es decir, estar juntos... pero cada uno en su casa

Aún así, el matrimonio es una “buena solución” para los mayores, ya que volver a emparejarse les aporta calidad de vida. A muchas personas les cuesta vivir solas –sobre todo, los hombres–. De esta forma, al encontrar pareja, “viven mejor, viven más años, van menos al médico, toman menos medicamentos, caminan más, viajan más, hacen planes...”, enumera el experto. 

Claro que no todo es felicidad. Las personas mayores en esta situación se encuentran con muchos escollos personales a la hora de continuar con estas relaciones. Rehacer la vida con otra persona también exige tener en cuenta la experiencia matrimonial previa (que puede hacer que una persona sea más reacia a cohabitar de nuevo), la situación económica de los integrantes de la pareja y, sobre todo, un elemento muy importante: el qué dirán.

¿QUÉ DIRÁN?
Sucede con todas las personas que finalizan una relación para embarcarse en otra, pero cuando pasa en personas mayores, se engrandece: el qué dirán es el “nuevo viejo tema”, y hasta puede ser la causa de esa tendencia del living apart together. “Muchas personas deciden no casarse para evitar problemas con los hijos”, afirma Sánchez Vera, “aunque también es cierto que esto sucede, cada vez, en menor medida. Los mayores empiezan a pasar de todo y a tomar la vida con libertad”.

Ahí están. Los hijos. De acuerdo con el sociólogo, todo depende del capital cultural. “Cuanto mayor sea este capital cultural, los hijos son más benévolos, flexibles o tolerantes. Lo único que quieren es que los padres sean felices”. En cambio, en otros ambientes con “menos cultura o con una situación socioeconómica más pobre, tienden a ser ideológicamente más conservadores y tienen más prejuicios”.

La preocupación por el qué dirán se agrava todavía más en un caso concreto: cuando una persona que ha mantenido relaciones heterosexuales durante toda la vida, empujada por la reciente liberación y normalización de la sexualidad, por fin, sale del armario.

MAYORES Y LIBRES
“Mi madre, con 75 años, nos acaba de confesar que le gustan las mujeres”, reveló un usuario de Twitter a finales de diciembre. El mensaje llegó a superar los 10.000 ‘me gusta’ en la plataforma. “Mi tía abuela de 85 años se ha vuelto a ir a Barcelona a estar con su mejor amiga (todos sabemos que son novias). ¡Quiero esa vida!”, contaba otra usuaria de la misma red social hace tan solo un par de semanas. Casi 100.000 usuarios le dieron ‘me gusta’, y 12.000, compartieron el mensaje. La revolución sexoafectiva, sin duda, ha llegado a todos los rincones de la sociedad, y no discrimina por edad.

Según explica Loren González, secretario de organización de la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales (FELGTB), en la actualidad existen dos perfiles de mayor LGTB: aquellos que salieron del armario en la juventud y, por otro lado, los que por falta de referentes, salen del armario en la edad adulta. “Muchos de los que salieron del armario siendo jóvenes se armarizan a partir de los 50 años, mientras que aquellos que lo hicieron siendo ya mayores, viven su vida de manera distinta. Son dos realidades muy diferentes, y cuando hablamos de mayores, parece que son un colectivo homogéneo, cuando en realidad existe una amplia diversidad”.

Gais, lesbianas o bisexuales, aman exactamente igual que los heterosexuales. “Tienen dos etiquetas”, afirma González. “Por un lado, cómo la sociedad los ve: mayores. Con todos los prejuicios que ello conlleva, ya que los desexualizamos por completo. Y por otro lado, todos los estereotipos que recaen sobre ellos: desde la solterona hasta el viejo verde”. Son prejuicios que todavía están muy instalados, y teniendo en cuenta los dos perfiles de mayor LGTB que existen, derivan en dos tipos de amor contrapuestos: el libre y el secreto.

E igual que el colectivo de los mayores no se puede tachar de homogéneo, el de mayores LGTB, tampoco. En muchos sentidos, la experiencia es puramente testimonial, y en otras, dependerá de la orientación sexual o incluso del género de la pareja. “Socialmente, si dos hombres viven juntos, la gente puede llegar a curiosear y hablar mal. Pero en el caso de las mujeres, piensan que son muy amigas. No se pasa por la cabeza que puedan ser pareja”, indica González.

DE AMOR Y RESIDENCIAS
Precisamente la FELGTB está inmersa, en la actualidad, en la inclusión real de mayores LGTB en residencias. Una de las denuncias de esta entidad es que este colectivo tiende a “rearmarizarse” al entrar en una residencia, al sentirse más cómodas con sus compañeros si no revelan esta información sobre sí mismos. “Hay que tener en cuenta que conviven con personas que llevan 70 o más años siendo homófobas, bífobas o tránsfobas, pero también existen pocas herramientas por parte del personal sociosanitario para paliar esta situación”, explica González. Él mismo fue el encargado de coordinar, durante 2019, el ‘Año de Mayores’, durante el cual la FELGTB realizó acciones de distinta índole para sensibilizar acerca de este tema. “Una de las entidades que integra FELGTB fue a dar una charla a una residencia. Cuando explicaron de qué iba, muchos se levantaron y se fueron, y otros empezaron a insultar. Ahí es cuando te das cuenta de las reticencias que existen en ese espacio con tan solo decir gay”, lamenta González. Por este motivo, entidades como la Fundación 26 de Diciembre ha creado una residencia para mayores LGTB.

Montserrat Martín es psicóloga en el centro Amavir Arganzuela. Para ella, esta cuestión “depende de la persona”, pues “hay quien tiene más facilidad para hablar sobre su orientación sexual, y hay quien lo considera parte de su vida privada y no quiere compartirlo”. En todo caso, está de acuerdo con González en el sentido de que existen estigmas hacia las personas mayores LGTB que ingresan en una residencia.

“Todavía hay barreras, pero tenemos que seguir normalizando estas situaciones. Hay personas a las que se les ha inculcado esos valores y creencias, y las van a mantener”, explica la experta, que aún así cree que se puede reeducar a cualquier persona. Por mayor que sea.

Martín cree en el amor. “Es lo que mueve a la persona”, dice. Y es algo que el ingreso en una residencia no debe interrumpir. “Entiendo que se debería dar prioridad de entrada a la pareja de alguien que ha ingresado en la residencia, y agilizar ese proceso”. Pero, lamentablemente, suele suceder el caso contrario: parejas que se separan cuando llega el momento de recibir atención especializada.

AL FINAL DEL AMOR
Claro que la dependencia no se desarrolla a la vez en las parejas. El caso de Jack y Harriet es la excepción a la norma.

“Cada vez hay más hombres cuidadores de sus parejas dependientes, pero no nos engañemos: las principales cuidadoras siguen siendo las mujeres”, indica Sánchez Vera. Y así es: el 22% de las cuidadoras son esposas, y la persona que suele cuidar del hombre mayor con dependencia es su cónyuge (38,8%), según datos de la Fundación Caser. “Amar durante la dependencia es la mayor manifestación de amor”, afirma el sociólogo. Y el tiempo, inexorable, pasa.

Llegado el enviudamiento, la soledad se vuelve a convertir en el principal obstáculo para los mayores. Como cualquier otro duelo, Martín indica que la única forma de superar la viudez es atravesando sus diferentes fases y tratar de que ese sentimiento de vacío no se convierta en una patología

De acuerdo con una investigación de varios autores, entre los que se incluye el propio Sánchez Vera, casi la mitad de los entrevistados reconocieron que les costó bastante tiempo reponerse del enviudamiento (41%), el 31% no lo había superado y el 24% rehizo su vida en poco tiempo. Para adaptarse a la nueva situación, el factor más relevante es contar con el apoyo de los hijos –pues evita situaciones de soledad en primera instancia–. Y lo peor de todo: la salud de la mayoría de los encuestados empeoró tras la pérdida del amor.

De hecho, Martín subraya que para los hombres, este proceso es más complicado que para las mujeres, hasta el punto en que, en caso de muerte de la mujer, a los pocos años su marido fallece por causas cardiovasculares. “Que el amor y la soledad también matan”, sugiere la experta. Dicho de otra forma: se puede morir de corazón roto

Ella misma cuenta que en el centro Amavir Arganzuela tiene un caso especial. Se trata de una mujer con demencia severa. “Está encamada, en estado vegetativo, desconectada del medio y ni siquiera puede abrir los ojos. Su marido la visita todos los días. Le cuenta cosas a pesar de que ella ya no escuche: los viajes en el mar, las vacaciones en Valencia... No es un amor físico, pues no busca intimidad con ella. Es simplemente emocional. La quiere con locura. Y eso, creo, es amor para toda la vida”.

PARA SIEMPRE
El amor, a diferencia de la energía, se crea, se destruye y se transforma. Y cuando se trata de amar para toda la vida, Sánchez Vera lo tiene claro: se crea y se va transformando. “E incluso puede que esa transformación del amor haga que los vínculos sean más profundos, y de paso, se cree una cultura común entre la pareja”.

Por su parte, Martín advierte que cree en el amor para toda la vida. “Habrá personas que amen para siempre, y habrá quien haya amado y amará, aunque ya no estén toda la vida”. Porque el amor puede traspasar incluso la frontera de la vida. Pero, mientras tanto, disfrutémoslo.



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