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Cuando el ‘terror’ del terrorismo se cuela en nuestros hogares

España tiene a sus espaldas una larga trayectoria de tragedias fruto del terrorismo, sin embargo, desde hace unos años, este tipo de actos nos amenazan, digamos, de una manera más ‘global’. Pero, ¿sabemos cómo impacta entre los mayores? Hay pocos datos, pero los expertos señalan que sus consecuencias, entre este colectivo, pueden durar el resto de sus vidas

Emma Vicente EM 10-10-2017

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“Miedo muy intenso”, esa es la primera acepción de la palabra ‘terror’, según la Real Academia Española. Definir terrorismo, incluyendo la connotación de las nuevas fórmulas de amenaza terrorista que sobresaltan el mundo occidental, es más complicado. La revista “Policía”, que edita el Cuerpo Nacional, incluyó en su publicación nº 295 un artículo en el que se decía que “el terrorismo, en un sentido amplio y general, acorde a definiciones parciales de distintas instituciones y organismos internacionales (más o menos influenciadas por intereses partidistas concretos de las mismas; ni la ONU ha llegado a un consenso unánime sobre su definición), podemos definirlo como el uso de la violencia o la fuerza con o sin armas o explosivos por parte de una persona o grupos de personas más o menos organizados, con la intención de causar graves daños a personas o bienes, para provocar el pánico y el terror entre la población y, mediante este terror, intentar intimidar a la sociedad y coaccionar a los Gobiernos al hacerles sentir amenazados y vulnerables, para así intentar conseguir sus objetivos, normalmente políticos o ideológicos, creando inseguridad para impedir el ejercicio de la libertad y menoscabar o destruir la democracia”.
Cuesta definir algo cuando lo verdaderamente difícil de entender es que suceda. El raciocinio no es capaz de empatizar con la falta de humanidad de ciertos seres humanos. Y es que, como dicen también desde la Policía, “con la evolución de los atentados en los últimos años, y más en concreto con el terrorismo yihadista (sin descartar otros), hemos pasado de sufrir atentados selectivos (como los perpetrados por ETA), a ser indiscriminados, contra la población en general y, sobre todo, con la intencionalidad de causar el mayor daño y el mayor número de muertos posible”. Eso es lo que no se puede comprender: “Causar el mayor daño y el mayor número de muertos posible”.

SIN DATOS

Este reportaje pretendía realizar una radiografía del impacto que suponen los actos terroristas en las personas mayores. Pero no hay datos. En un mundo de estadísticas para todo, no hay cuantificados los afectados por un acto terrorista, directa o indirectamente, que superen los 50 años. Desde HelpAge España apuntan que “no disponen de datos sobre personas mayores y terrorismo, únicamente de la situación del colectivo mayores en crisis humanitarias debidas a desastres naturales, guerras civiles y conflictos armados”. Lo que sí hay son respuestas a medida –sin duda, un hecho más importante–, como las que sugieren desde la Unidad de Emergencias de Cruz Roja Española. En su caso, derivan a cada colectivo a su área específica, para dar una atención ajustada a cada uno.
España, tristemente, tiene un duro camino a sus espaldas de más de 50 años sufriendo el terror. ETA, Grapo... hasta llegar al 11 de marzo de 2004, cuando el terrorismo –‘mal llamado entonces’– islamista irrumpió en Madrid provocando el atentado con mayor número de víctimas en Europa de las últimas décadas: 192 personas murieron y otras 1.849 resultaron heridas. Esta sangría dejó tras de sí una estela de muchas pérdidas, mucho dolor y mucha inseguridad.
La Asociación de Ayuda a las Víctimas del 11-M publicó, en 2009, un “Manual de Intervención Psicológica y Social en Víctimas de Terrorismo: 11 M”, elaborado por la trabajadora social Ana Zapardiel Fernández y la psicóloga Syra Balanzat Alonso. Este trabajo parte de documentar las primeras horas del terrible suceso. Desde “la profesionalidad en el trabajo con víctimas de un atentado”, diversos expertos de la rama de la Psicología y el Trabajo Social ponen en común sus puntos de vista en este documento que pretende servir de guía ante situaciones análogas. En el texto explican la diferencia con otro tipo de desastres y señalan que en un atentado no hay una fase de pre-impacto –como  puede pasar ante la llegada de un huracán, por ejemplo–, simplemente sobreviene. Por eso, llega el impacto dominado por el miedo y “la conducta altruista en forma epopéyica de salvarse y salvar”. El post impacto, semanas después del desastre, llega con la evaluación del daño, hasta llegar a la fase del remedio y la recuperación que hace referencia a la “luna de miel y desilusión”, respectivamente. El primero es la necesidad de compartir la experiencia; y la desilusión aparece cuando el apoyo organizado se volatiliza y el damnificado se enfrenta con la realidad, y los cambios en su vida se hacen patentes. Este hecho es el que, sin duda, todos los expertos coinciden en destacar que en personas mayores, tanto víctimas directas de un atentado, como familiares, es más dificil de superar. En su caso, la fase post impacto puede continuar durante el resto de su vida.
El psicoanalista y psiquiatra Moty Benyakar señala que “por cada damnificado físico en un desastre, por lo menos habrá tres personas que pueden tener consecuencias en su salud mental”. Este dato es muy relevante y es el eje vertebrador de la lucha de Roberto Manrique, excoordinador del SIOVT (Servicio de Información y Orientación a Víctimas del Terrorismo del Departamento de Justicia de la Generalitat de Catalunya) y víctima de atentado en Hipercor. Esta acción terrorista fue perpetrada por ETA el 19 de junio de 1987, que colocó un potente explosivo en el centro comercial en Barcelona y causó la muerte de 21 personas y 45 heridos de diversa gravedad.
Muchos, como han confesado a lo largo de estos 30 años, siguen sufriendo graves secuelas psicológicas. Pero hay otros afectados con igual o mayor dolor: los que perdieron a familiares directos –hijos, cónyuges o hermanos­–, pero que al no ser víctimas directas, la ley no les reconoce como víctimas del terrorismo. Esta es su lucha, la de Roberto Manrique. Hacer entender a la Administración el dolor que aparece en el post impacto. Cuando la realidad se queda sin el velo que la disimula, sin el maquillaje de los focos, esta puede ser tan cruda para quien está presente en el atentado como para quien sufre la ausencia de sus consecuencias. No hay derechos para el entorno afectado. Eso sí, como bálsamo, podríamos decir que, en materia de apoyo a las víctimas, y sin ahondar en los derechos reconocidos, “cualquier tiempo pasado fue peor”. Grosso modo, las solicitudes para obtener el reconocimiento del derecho a la indemnización por los daños deben cursarse en el plazo máximo de un año desde que se produjeron los daños. En los casos de daños psicológicos, el plazo de un año empieza a contar desde el momento en el que hay un diagnóstico acreditativo de la causalidad de la secuela. Esto es lo que dice la ley en líneas generales. Y, como matiza Roberto Manrique en su blog “El Trastero Azul”, “en cuanto a la realidad jurídica hay que recordar que una cosa es lo que marca la legislación y otra muy distinta lo que realmente ofrece la Administración”.

CICATRICES PSICOLÓGICAS

En el manual antes mencionado se destaca el desarrollo de un programa de Intervención Psicológica en víctimas de terrorismo, ofrecido a todas aquellas víctimas y familiares directos del atentado que pertenecían a la Asociación de Ayuda a las Víctimas del 11-M y cuyas demandas implícitas o explícitas han denotado necesidad de atención e intervención psicológica grupal. El perfil de asistentes, 180 en total, tenían entre 40 y 60 años. De este trabajo se dedujo que “bajo el estrés agudo inicial que se produce tras el trauma (en el primer mes), así como bajo el estrés postraumático posterior (después de transcurrido el primer mes), también son frecuentes los sentimientos de indefensión e impotencia, las reacciones de ira, los sentimientos de hostilidad, de rabia, y las imágenes de agresión contra el agente que ha generado el daño”. Esto último es una proyección de la rabia que se extrapola a la situación sociopolítica del momento, “alimentando aún más la desconfianza y pérdida de seguridad en las instituciones”, devenida tras un atentado. Y más, cuando como en este caso y como dice José Manuel Rodríguez Uribes en ‘Las víctimas del terrorismo en España’, “las víctimas del terrorismo, de todo terrorismo, también del islamista o yihadista, merecen que las saquemos de una vez por todas del sucio regateo político, de un manoseo tan inmoral como contraproducente”. Pero esto es otro asunto...
En la guía se dice que el trastorno de estrés postraumático (TEPT), la consecuencia más habitual tras una experiencia de este tipo, en su etiología, se asimila a las demencias. En los atentados terroristas del 11 de marzo, casi la mitad de las personas implicadas directamente o que les supuso un coste emocional elevado, como la pérdida de familiares o amigos, han cronificado el TEPT (el 48,8%). Entre los que siguieron los acontecimientos desde los medios de comunicación, aún había momentos de pánico en el 36% seis meses después, y el TEPT se ha hecho crónico en un 26,6% en forma de algún tipo de trastorno de ansiedad.
Los resultados obtenidos en la evaluación de la ansiedad, depresión e ira, en varones y mujeres víctimas directas de los atentados del 11-M, “muestran valores elevados en las tres emociones y en ambos sexos, siendo difícil la comparación de uno sobre otro, en especial en la medida de la ansiedad”. Los familiares de los afectados por el atentado del 11-M manifiestan a medio y largo plazo las consecuencias que ocasiona el estrés “cuando es mantenido en el tiempo y el organismo llega a la fase de agotamiento (porcentaje elevado en ansiedad y depresión a nivel fisiológico y en la ansiedad ante la vida cotidiana)”.

LA PSICOLOGÍA DEL DUELO
Gestionar el dolor por una pérdida, personal o material, es vital para avanzar. Con este objetivo, Entremayores Formación desarrolla cursos vivenciales, también específicos para los mayores, en los que los participantes se enfrentan con sus miedos, con repasos de momentos dolorosos de su vida y con el control de los recuerdos. En el duelo es determinante aceptar los sentimientos, es decir, reconocer el dolor en sus formas: tristeza, rabia, frustración, agotamiento, sentimiento de culpa, ansiedad, etcétera. Pero es importante respetar el dolor de la persona. Los profesionales aconsejan, en términos generales, para afrontar este proceso: vivir el dolor en el interior de uno mismo; no tomar decisiones importantes durante el duelo; solucionar simbólicamente los asuntos pendientes que siempre tienen que ver con hacer y decir cosas que dije, o no dije, o que hice, o no hice; plantearse cumplir objetivos; no sentirse culpable; aceptar los sentimientos contradictorios como parte del proceso; expresar las emociones libremente; y, darse la oportunidad de volver a disfrutar.

PARA CONCLUIR
Hay una línea difusa que impide a veces abordar, desde los medios de comunicación, determinados asuntos tratando de informar y ejercer función pública sin que parezca amarillista. Tras un atentado se multiplican testimonios de lo más diverso. Y son necesarios, incluso terapéuticos. Pero las víctimas que en su día han pasado por un trance de este tipo ven necesario que los organismos públicos informen con mayor claridad y profusamente sobre plazos, ayudas y derechos.

>> "Asistencia a víctimas del terrorismo... ¿leyes o trampas?". Por Roberto Manrique
excoordinador del SIOVT y víctima del atentado de Hipercor


>> Entrevista con José Ramón Delgado, Unidad de Emergencias de Cruz Roja

>> Nivel 4 de amenaza terrorista desde 2015

>> Protocolo de actuación: 'escapar, esconderse y avisar'




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