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Adelina Comas-Herrera / Investigadora en Políticas de la Salud de la London School of Economics

'Las medidas tomadas en la primera ola para evitar que la Covid-19 entrase en las residencias no funcionaron'

Para Adelina Comas-Herrera, la demencia no es una cuestión ajena, pues es el centro de su carrera investigadora en la London School of Economics. Cuando comenzó la pandemia, empezó a buscar contenidos para LTCcovid.org, una iniciativa que tiene por objetivo compartir evidencia y recursos para mitigar el impacto de la Covid-19 en las residencias

16-11-2020

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Pregunta.- ¿Qué análisis general hace después de semanas recogiendo los datos sobre el impacto de la Covid-19 en las residencias?

Respuesta.- Parece ser que el principal determinante de que hubiera muchas muertes de personas que viven en residencias durante la primera ola era la cantidad de infección que había fuera de ellas. Es decir, donde hubo mucha mortalidad en la población general es donde encontramos, también, más fallecimientos en residencias. Y este parece ser un factor importante y nos dice, además, que las medidas que adoptamos para evitar que el virus entrase en las residencias no funcionaron en la primera ola. Tenemos la esperanza de que en esta segunda estemos mejor preparados, aunque parece que no estamos controlando las infecciones fuera de las residencias. Lo que estamos viendo es que las muertes entre usuarios de residencias están volviendo a subir, pero cada país lo vive de una forma distinta.

P.- ¿Qué estrategias de otros países considera mejores para abordar la pandemia?

R.- Hemos visto que los que han funcionado bien son los países que tienen un buen sistema de rastreo de contactos, que tenían mucha capacidad para identificar los casos iniciales y sus contactos. Tenían, también, medidas fuertes para aislar a las personas infectadas. Donde esto se ha hecho bien, se tenía capacidad para hacer test –y para hacerlos donde hacía falta–, tanto en las residencias como fuera de ellas. Y en los centros residenciales, hemos visto diferencias grandes en países que tuvieron experiencia con SARS (en Asia) y los demás. En estos países, en cuanto se detectaba un caso en una residencia, se aislaba fuera de ella. Ni siquiera trataban de aislarlas dentro, lo cual, por cierto, es muy difícil, porque tiene muchas implicaciones para el resto de usuarios, y requiere mucha más demanda en el personal. En estos países también estaban preparados en lo que respecta a tener stock de equipos de protección individual (EPI), y el personal estaba familiarizado con su uso, pues ya tuvo esa experiencia. También, países como Finlandia o Dinamarca han ido evolucionando hacia modelos residenciales más pequeños, en los que los centros son más pequeños, casi unidades familiares con su propio salón, su propia cocina... y en ellos, ha sido muy fácil contener las infecciones. Pero hay poca evidencia. Estamos tratando de entenderlo bien, aunque vemos que un factor de riesgo para que haya mucha mortalidad en las residencias es el tamaño, la cantidad de personal y si este personal trabaja en más de un centro. En este sentido, es importante pensar en los modelos residenciales, e impulsar acciones que protejan a los mayores de enfermedades infecciosas.

P.- En el transcurso de la pandemia, se ha hablado de que las residencias son 'las grandes olvidadas'. ¿Qué podemos hacer para 'acordarnos' más de ellas?

R.- Lo primero, tener en cuenta que las personas que viven en residencias siguen siendo ciudadanos de pleno derecho. No podemos tratarlos como si fueran personas que no pueden decidir sobre sí mismas. Esto significa que no podemos decirles, por ejemplo, que no van a ver a sus familiares durante cuatro o cinco meses. También deben tener unas expectativas de vivienda digna. Y eso, para mí, es lo principal, y nos lleva a pensar en modelos diferentes. Por eso creo que es interesante ver modelos como el de Dinamarca, en el que cuando una persona se va a vivir a una residencia, es como si se fuera a vivir a otro piso en calidad de inquilino. Es decir, tienen derecho a decidir cómo está decorado, entre otras cosas. Este tipo de derechos no se tienen en las residencias. Y por otro lado, de la primera ola nos llevamos un mea culpa en el sentido de que sabíamos que los mayores y las personas con enfermedades crónicas eran más vulnerables y, aún así, costó convencer para que se pusieran recursos en las residencias, que fue donde el virus se volvió letal

P.- Este debate sobre un replanteamiento del modelo de residencia, ¿se da solo en España?

R.- No, en muchos otros países europeos, de Norteamérica, Australia... Todavía tenemos estas macrorresidencias y modelos que consisten un poco en “almacenar personas”. Y por supuesto que puede ser más barato dar servicios de este modo. Lo ideal sería que, cuando decides que el sitio en el que vives ya no es adecuado para ti, puedas trasladarte a un lugar donde puedas vivir de la forma más autónoma posible, dando respuesta a los cambios en las necesidades. Pero para que esa oferta sea atractiva, hay que diseñarla bien.

P.- El modelo español tiene carácter público-privado. ¿Hay evidencia de cómo influyó este aspecto durante la pandemia?

R.- A nivel internacional, hemos visto que si una residencia es pública o privada no pareció afectar al nivel de infecciones y muertes. En lo que hay que fijarse es en el tamaño de las residencias, así como en el personal. Un problema importante sobre la cuestión pública y privada es que la sanidad es pública, pero a veces, las personas que viven en residencias no tienen el mismo acceso a la asistencia sanitaria que una persona que vive fuera, cuando siguen siendo ciudadanos de pleno derecho. Sobre este aspecto, también hay un debate, y es si las residencias deben depender de los departamentos de salud o de los de derechos o asuntos sociales. Y para esto, creo que no hay una sola opción. Lo ideal sería una atención integrada que combine los dos aspectos.

P.- Y esto último, ¿lo tiene el modelo nórdico?

R.- Un país interesante, ahora mismo, es Dinamarca. Tiene un sistema local que integra la salud primaria y los servicios sociales, y es en este contexto donde funcionan las “unidades 24 horas” –complejos de viviendas que incluyen cuidados, como el cohousing– para dar respuesta integrada a las personas que necesitan cuidados. Los mayores daneses viven en instalaciones en las que, cuantas más necesidades tienen y estas vayan cambiando, más atención van recibiendo.

P.- ¿Qué le parecen las propuestas de sanitarización de las residencias?

R.- Recientemente, Israel ha incorporado “camas covid” en las residencias grandes, con todo el equipo sanitario que requiere. Supongo que en España había muchas residencias con poca atención sanitaria, y se ha visto que era necesario tenerla. A largo plazo, el nivel de sanitarización ideal dependerá de la población a la que tratas, porque no todas las residencias tienen el mismo perfil de usuario. Unas van a necesitar más atención sanitaria que otras, y por eso creo que es importante distinguir esas necesidades y dar una respuesta adecuada. Y, sobre todo, hace falta atención intermedia. Los lugares de atención intermedia pueden ser muy adecuados para personas que hayan estado mal a las que se les da el alta hospitalaria, pero aún necesitan atención. Este sería el modelo de skilled nursing facilities estadounidense: un centro donde pasas un tiempo, en el que te ayudan hasta que no necesites tanta asistencia.

P.- Y en cuanto al tamaño de las residencias, ¿cuántas personas cree que deben vivir en un centro?

R.- No tengo datos suficientes, pero diría que depende del tipo de residencia y su diseño.

P.- ¿Estamos a tiempo de paliar la situación que atraviesan las residencias?

R.- Sí. Pero lo importante es que las líneas de actuación deben estar dentro y fuera de ellas, y que para solucionar sus problemas no podemos dejar que la Covid-19 se vaya extendiendo entre la sociedad. Las personas que trabajan en las residencias también se pueden contagiar. Hay muchas cosas que hemos aprendido que podemos poner en práctica, pero también hemos aprendido que es muy difícil.

P.- ¿Qué tal ofrece España los datos sobre coronavirus y residencias?

R.- Yo sé que el Gobierno de España está trabajando para obtener una mejor visión de los datos, pero es un país en el que hay 17 sistemas de dependencia y, por tanto, 17 formas de recoger los datos. Es difícil ponerlos todos juntos y entender exactamente qué es lo que pasa, pero espero que mejore. Pero España tiene una cosa interesante, y que el Imserso publica el exceso de mortalidad entre usuarios de los servicios de dependencia (MoMo), que es muy importante para entender el impacto del coronavirus.

P.- Y, ¿qué se podría mejorar?

R.- Una cosa muy simple. Sabemos que no todas las personas que han muerto por Covid-19 tenían test positivo, por lo que se subestima el total nacional de muertes.

P.- ¿Hay algún país ejemplar recogiendo datos?

R.- Dinamarca. Tienen la ventaja de que, en la primera ola, pudieron controlar el virus muy bien desde el principio, y además, siempre tuvieron capacidad para hacer test. En Dinamarca se publica el número de test que hacen en residencias, y cuántos salen positivos. Por eso podemos comparar la evolución: al principio, se hacían menos test, por lo que la tasa de positivos era más alta. Este tipo de dato no se ofrece en otros países, por lo que es muy difícil hacer comparaciones.

P.- Según Alzheimer’s Disease International (ADI), al menos el 25% de las muertes por Covid-19 en varios países fueron de personas que padecían de demencia. ¿Qué lectura saca de este dato?

R.- En Inglaterra se publicaron datos en los que se analizaron las muertes en los domicilios, y se ha comprobado un exceso de mortalidad en personas con demencia del 75%. Por otro lado, hubo una disminución del 40% de muertes en el hospital de mujeres con demencia. Lo que sacamos de aquí es que las personas con demencia han ido menos al hospital. Ese 40%, de no ser por la pandemia, habría ido “a morir” al hospital, pero no lo hicieron. Por otro lado, la mayoría de personas que viven en residencias en muchos países, tienen demencia. Por tanto, cuando tienes mucha mortalidad en las residencias, buena parte de ellos serán de personas con esta enfermedad.

P.- Entonces, ¿cómo podemos atender mejor a las personas con demencia durante una pandemia como esta?

R.- Uno de los problemas que hay es que no tenemos sistemas de información para identificar a la población que está en mayor riesgo. En una situación de urgencia, esta carencia nos cogió por sorpresa. Los centros de Atención Primaria deberían saber quiénes de su zona padecen demencia, y hacer un seguimiento de su situación. Incluso llamar y preguntar cómo están, qué hacen, si hay deterioro en su salud física y mental... para identificarlos antes de que sea demasiado tarde.

P.- En España se han tomado muchas medidas sobre las visitas que pueden recibir los mayores en residencias. ¿Qué le parece?

R.- No hemos encontrado mucha evidencia de que los focos vinieran de visitantes. Esto, en gran parte, se debe a que las visitas se prohibieron rápidamente. Pero es muy importante reconocer el papel de los familiares como cuidadores informales no remunerados en las residencias. No solo por su valor emocional, sino en lo práctico, ya que a veces alivian la carga del personal encargándose de tareas básicas. También habría que preguntarse que, si confiamos en que el personal de residencias utilice EPI y siga los protocolos, ¿por qué no confiar en los familiares, que han mostrado dedicación durante mucho tiempo, para darles formación contra el contagio y proporcionarles EPI para que puedan continuar yendo a las residencias? Los familiares también tienen esa motivación de proteger a la persona que van a visitar.

P.- Hablando de familiares cuidadores. Quienes cuidan suelen ser las mujeres. ¿Cómo les está afectando la pandemia a ellas?

R.- Empieza a haber datos ahora, y todo indica que ha habido mucha sobrecarga. Están dando más horas de cuidados, tienen más carga financiera y muchos problemas de conciliación laboral. De hecho, se habla mucho de cómo se concilia con hijos, pero no tanto de las personas que se hacen cargo de otras que necesitan cuidados y que ya no pueden acceder a servicios como los que ofrecía el centro de día. También sabemos que los cuidadores profesionales han tenido peor acceso a test y a EPI en muchos países. Si hubiera una jerarquía, los hospitales estarían arriba, pues había acceso a todo. Luego, las residencias, y después, los profesionales de ayuda a domicilio.



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